Al final del pesimismo

“Yo defiendo el encontrar, el hallar la felicidad inclusive a contrapelo y sin justificación intelectual. Esa felicidad que es La Felicidad sin derecho propio, esas felicidades de entrecasa, quizás las únicas, quizás las verdaderas. Habría, en todo caso, que permitirse un poco más crear las condiciones, barajar las cartas más seguido a ver si nos sale el siete de velos, y si no sale tanto peor, pero basta de rasgarse las vestiduras.

Renunciar, eso sí, al instante perfecto, a la mágica conjunción de astros meteorología y ambiente adecuado. Renunciar a la perfección imposible para solazarse en lo imperfecto y perecedero. Con plena conciencia, sin desabrocharse el cinturón del intelecto, sin engaños. Disfrutar este ahora que ya fue, irremediablemente. Hoy estamos vivos, my dear. Basta de airbag por miedo a los choques. Hasta las catástrofes contienen una dosis de felicidad. Al menos uno ve una buena explosión, un excelente derrumbe. Y que no sean sólo palabras.

Digamos que al final del pesimismo comienza una zona insospechada. Si mañana va a ser peor, entonces el hoy es rescatable.”

Esta amiga vive en uno de esos barrios nuevos que edificaron donde acaba el mapa de la ciudad, entre la nada y el no ser, incomunicado y falto de servicios. No se inundó porque están inundados hace meses. El agua de lluvia no sólo se renueva con diligencia, sino que la que está tiende a permanecer aquerenciada y feliz de su transmutación en barro.

Mi amiga volvía en colectivo cuando comenzó a llover con desesperación. Como es de suponer, no había llevado paraguas ni botas de goma. Transitaba a los tropezones la calle barro y pozo séptico, empapada, chorreando, hundida hasta la rodilla, cuando repentinamente se vio a sí misma y la dominó una sensación de irrealidad “esto no puede estar pasando”. En ese momento se cruzó con un vecino, también chorreando, también hundido en el barro fétido, y riendo a carcajadas, iluminada por la revelación, le dijo “–Disfrute el momento, don Tito, porque mañana vamos a estar peor”.

Es una anécdota curiosa, porque puede interpretarse fundamentalmente de dos maneras. Podemos decir que en Latinoamérica debemos aprender a disfrutar el sufrimiento, ya que todo tiende a empeorar y el pan que no queremos comer hoy lo añoraremos mañana, o podemos decir que la vida está compuesta por fugaces momentos, de los cuales hasta los más desagradables pueden ser trastocados en otra cosa, digamos una visión de la maravilla. En fin, disfrutemos, entonces, el hoy, en la medida de lo posible y de acuerdo a nuestra propia capacidad de ser felices. Aquí recuerdo el final de la película “El barón Munchausen” en la que al clásico “y vivieron felices”, oponen una frase más o menos así (cito de memoria) “todo el que tenía talento para ello fue feliz”. Me sacaría el sombrero si lo tuviera.

9 de julio de 1973

Parte 1 de “Ensayos”

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