Nunca querré saber su nombre

 
 
Llegué a la cafetería más tarde que de costumbre, de modo que la camarera ya estaba preparando las mesas para la comida.
 
 - Siempre lo mismo – dije yo, con el mismo apunte de jovialidad contenida de ayer, y de antes de ayer, mientras le hacía una seña, la misma siempre, indicando las mesas y sillas de la terraza donde todavía se podía fumar sin que te disparasen unos ojos de ciudadano convertido en inquisidor de paisano.
 
- Sí – respondió ella, afable - Cada día vuelta a empezar.
 Contenida porque la camarera no sólo me tenía robados los besos sino una mirada amable y algún comentario frugal, incluso cómplice, pero siempre fronterizo con ese atisbo de familiaridad, antesala de una intimidad que diera pie a cualquiera de las posibilidades a las que yo me aferraba inútilmente como el perro a un hueso.
 Situaciones como ésta llegaban a desconcertarme, debatiéndome en la duda si la distancia era una forma de profesionalidad o simplemente un decir no soy tan fácil como eso… Ya lo debería saber a estas alturas, pero la mayoría de las veces lo olvido: sin la trascendencia me secaría como una flor en el desierto y, sin embargo, sin la frugalidad de la costumbre me consumiría como la llama de una cerilla en la intensidad del momento.
Quizá por ello me fascinan las apariencias, porque en el curso del día a día, escabroso y tantas veces cruel, tirar de la vida puede llegar a ser un esfuerzo sobrecogedor, y en tales circunstancias tropezarte con un positivo compulsivo puede suponer el descabello. Dicen, como con los toros, que las personas hemos nacido para sufrir, que el instinto de supervivencia lo puede todo, pero los que lo dicen mienten como canallas. Quizá todo ello esplique mi afinidad con las apariencias. Engañan, que para eso van de maravilla, y al fin y al cabo es la única forma de que no te vengan con la matraca, entre otras cosas, insoportables la mayoría, de que la vida es maravillosa. Eso lo dicen los que ya están medio muertos, aunque también lo decían los gladiadores, voz en alto, saludar al emperador como si les encantase que otro viviera por ellos.
  
 
Mejor las personas vulgares y corrientes. Como ahora yo mismo. Como tú. Por eso cuando confluyo en una conjunción nada astral con una persona corriente del sexo femenino, me da un rebrote de glamour (con perdón) y me encandilo como un jovencito de esos que se arregla el flequillo a cada paso que da. De ahí procede, de las inevitables inclinaciones de mi sexo y edad, pero también de mi necesidad por el último cortejo, fascinación por lo nuevo, por los encuentros, por el azar de lo necesario en definitiva. Tampoco es que disponga de otras opciones mejores, dicho sea de paso.
 - Sí – respondió ella, afable - Cada día vuelta a empezar.
Y puestos a imaginar, en el que haya una camarera, cuyo nombre nunca llegaré a saber. Y si algunas veces, pocas, cazo su nombre al vuelo, prometo olvidarlo al instante. Me bastará su sonrisa de bienvenida, subyugante y sensual pero distante. La misma, dirán muchos, que ofrece al resto de clientes, aunque yo sepa que eso no será totalmente cierto. Cada sonrisa, siendo la misma, siempre se me asemeja diferente. Porque para que una sonrisa se despliegue en su reducida inmensidad, para que este anacronismo entre lo pequeño y lo grande mantenga su porción de seducción, siempre hacen falta dos: el que da y el que recibe.
Por eso mismo, soy consciente de que cuando intercambiemos los justos comentarios sobre el tiempo que hace o lo lleno que está el local esa mañana, estaremos tensando la cuerda de un violín que se rompería en mil pedazos si atravesáramos la delgada línea roja de una intimidad improbable o, simplemente, aprovechándome de mi ventajosa posición de cliente asiduo, mencionara su nombre. Tampoco, pese a lo dicho, puedo prometer que sólo al cabo de un cierto tiempo no empezaré a fijarme en el elegante movimiento de sus delgadas caderas, en la oculta belleza que irradiarán todos sus movimientos, en sus dulces y pausados ojos pardos, en su característica renuencia a decir una palabra más alta que la otra, en su sobrio vestuario de colores oscuros, en esos pantalones tan perfectamente ajustados, en esa camiseta a juego con sus negros y cortos cabellos. Aunque, en definitiva, lo que más me gustará de ella (ya lo sé, para qué engañarnos), lo que la hará más atractiva a mis ojos será esa aparente dureza en sus facciones, más rectas que curvas, y eso porque, como en las escasas mujeres verdaderamente hermosas que he conocido, la fuerza de los pómulos y la dura marca de su mentón se verán barridas invariablemente por la luminosidad de sus ojos y el naufragio de su sonrisa, ofreciéndome así el contraste más deseado. Fuego y agua.
Mientras ella trajine de aquí para allá, manejando sus silencios con la gracia y agilidad de una gacela yo seguiré mareando mi primer café del día, fumando y añorando el silencio del local. Y así, con tan buena y selecta compañía, ojearé mi libro de bolsillo y podré imaginarme lo que quiera, porque hay imágenes en los escondrijos de los libros que viven más nítidamente que muchos hombres y mujeres. Eso también es verdad, un poco de humildad entre tanto vocerío nunca va mal. No lo olvido nunca. Lo dijo Pessoa, otro buen hombre, por cierto, paseante y taciturno.
Primera Fotografía: Un cafetito para ustedes
Aurelio, artista visual
Nocturama-fotoblog, 29 de Julio de 2006
http://www.arte-redes.com/nocturama/

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