¡Qué muerte tan buena!

 

 

Cuando, una vez por semana, acudía a la residencia, las chicas me ofrecían su sonrisa más profesional y su prisa. Las ejercían con simpatía, ambas cosas, pero no por ello, la celeridad con la que atravesaban pasillos y salas, dejaba de suponer un décalage, un contraste un tanto disidente, que no congeniaba para nada con la pesarosa lentitud de sus huéspedes.

No sea que un “abuelo” (que no un anciano; que tampoco un viejo, ni mucho menos un muerto viviente) las cazase al vuelo y les endosara su rollo inconexo y absurdo. Y para muestra un botón: Al irrumpir en el vestíbulo no tardé nada en verme abordado por la misma mujer de siempre, de andar desvaído, como una sonámbula, que se pasaba el día preguntando aquí y allá dónde estaba la dichosa puerta. Puerta que, dicho sea de paso, mantenían cerrada a cal y canto y que sólo daban paso franco mediante el oportuno mecanismo de apertura a distancia, no sea que a los abuelos y abuelas  les diera por fugarse y huir a otro planeta. Porque ahí fuera ya era otro mundo, a veces el pasado que se había ido, rápido como un suspiro.

Entras en lugares como éste y automáticamente cae sobre ti la losa del sentimiento de culpabilidad. Como si no fuera solamente tu madre la que has dejado tirada en un Mauthausen moderno y funcional, sino, también, a los ochenta residentes que esperan. Porque toda la residencia es una gran sala de espera. Quizás por eso, piqué la primera vez y le respondí a la pobre mujer: - ¿Y para qué quiere usted saber dónde está la puerta? - Es que tengo que ir a ver a mi mamá – me contestó ella, en tono de súplica llorona, estrujando un pañuelo lleno de mocos entre sus manos.

 

 

Mi madre siempre permanecía sentada en el pasillo que conectaba el vestíbulo de entrada con las habitaciones, la sala de ver la televisión y el comedor. Esa posición, digamos estratégica,  les permitía ver quien entraba, quien salía y quienes se entretenían en el vestíbulo de entrada, y así se distraían un poco más que los que preferían - o los que los enfermeros tenían buen cuidado de que permanecieran en - la sala de la televisión, que es donde estaban, en una mezcla heterogénea, los más impedidos, física o mentalmente. Tal era así que, si los observabas, te dabas perfecta cuenta de que unos ni siquiera miraban la pantalla gigante de la televisión, y otros miraban pero difícilmente podían oír nada, de lo que, en definitiva, resultaba un testimonio amargo de ese páramo sin apenas vida cuya estática estampa amedrentaba al más valiente. Las más animosas, sin embargo, se hallan en la sala de juegos, jugando a las cartas o al dominó.

La conversación con mi madre, giraba como una noria. Daba vueltas sobre sí misma,  interrumpida solamente por algún que otro sobresalto: “El jorobado de Notre Dame”, por ejemplo, un individuo contrahecho que cruzaba el pasillo encorvado y mirando de reojo sus propias zancadas. Aunque eso no era nada comparado con el momento en que mi señora madre me montó la bronca porque le habían robado su bastón. No lo decía explícitamente, pero la acusación iba dirigida hacia su compañera de habitación, con la que mantenía un odio fraternal y con la que se cruzó más insultos que palabrotas había soltado en toda su vida, ella siempre tan decente. Por eso, porque era muy decente, recatada y decorosa, en sus conversaciones –que, en realidad eran monólogos- siempre acababa apareciendo el tal Rubianes, “que es un maleducado y sólo sabe decir palabrotas y tacos uno tras otro”.  Lo del bastón trajo tela, ya que, aparte de recrudecer la animosidad con las residentes en general y con su vecina de cuarto en particular, se indignó nadie sabe cuánto a partir del momento en que le demostré, por una multitud de detalles, que el bastón que le habían prestado las arpías enfermeras era igualito, igualito que el que supuestamente había perdido.

 

 

 

 

 

La queja más airada era, sin embargo, frente al hecho de que el médico sólo acudiera una vez a la semana. Y a mí me producía una especie de perplejidad cercana al sarcasmo, ya que durante toda su vida se había resistido como gato panza arriba a verse las caras con un médico. “Un robo”, exclamaba siempre, “con lo cara que te sale la broma”. Ni que decir tiene que, durante aquellos años, la población de la residencia fue aumentando gradualmente, hasta que pusieron el cartel de “completo”.

Aunque en algunos casos no le faltaba razón. De pequeña la enviaron del pueblo a la ciudad para servir, que es lo tocaba a las chicas pobres. Una boca menos y un ingresillo más. Y, mientras, el varón trabajaba la tierra. Y se la quedaba. En una ocasión la abuela, como represalia a alguna barrabasada del hermano, lo amenazó con darle la mitad de las tierras a la hermana. El hombre agarró el hacha de cortar leña y le dijo a mi madre: no volverás entera a Barcelona. Y no la pilló de milagro.

 

 

 

 

Además de mi hijo mayor, de mi mujer, de su prima rica y demás infaustos personajes familiares, entraron en la lista negra Camilo José Cela (por soez y porque, “el muy bandarra, abandonó a su mujer para irse con una más joven”), la Pantoja (cuando se lió con el alcalde mafioso), y muchos otros. La penúltima en entrar en la lista fue Carmen Sevilla. Tras años de ser una acólita fiel de Cine de Barrio,  los sábados por la tarde, finalmente decidió que era una falsaria, con su empalagoso discurso adulatorio –que por otra parte entraba en franca confrontación con su método blacklister - y no tuvo ningún miramiento –ni remordimiento- en pasarse a Belén Esteban, que no dejaba títere con cabeza.

Y a pesar de que siempre sabía que esa relación amor-odio moriría con nosotros, caía en la tentación de la crueldad y le comentaba que otra semana Dios no se había acordado de sus ruegos y plegarias. Y eso venía a cuento de que una y otra vez, nos repetía, con ese estilo tan característico de vieja llorona, a mis hermanas y a mí, que cada noche le pedía a Dios que se la llevara con él, qué para lo que hacía aquí ya hora de irse. Deseaba, como todo bicho viviente, quedarse plácidamente dormida y no despertarse al día siguiente. Entonces, reincidiendo en mi ya mencionado sarcasmo, yo apostillaba, “sí, claro, y con una orquesta de violines”, y ella me miraba entonces sin decir palabra y me mostraba el cuchillo de sus pupilas, como si realmente el tiempo no hubiera pasado y yo fuera ese niño que la desafiaba pisando el suelo recién limpiado sin dignarme a pisar las hojas de “El Mundo Deportivo” esparcidas en el suelo y ella me castigaba con una semana sin salir a jugar a la calle.

Tras ella pasó, como una exhalación para su edad, la vecina de habitación, justo cuando daban las siete de la tarde y todos los inquilinos se dirigían, cada uno dentro de sus posibilidades físicas, a la sala comedor ya que era la hora de la cena. “A veces ni sé lo que he cenado”, me decía, mientras literalmente me empujaba para que me fuera, pues su incontinencia – pese a las compresas - la obligaba a acudir al lavabo no sólo con mucha frecuencia sino con la celeridad necesaria para no quedarse  en el camino.

“Son como niños” pensé entonces, los niños y los viejos se parecen tanto… Dan la lata y ya no podemos convencerlos de nada porque nuestro lenguaje no es el suyo, pero, sobre todo, porque su mundo ya no es el nuestro. Dice uno de los personajes de  Sergi Pàmies que “la força de segons quins records és devastadora” y eso le ocurría a mi madre cuando recordaba una y otra vez la imagen de su hermano persiguiéndola con el hacha de cortar leña y gritándole “No volverás viva a Barcelona”.  La miré apresurándose hacia su cuarto, como un personaje salido de las añoradas páginas del TBO, concretamente de la abuela de La familia Ulises. Como ella, le daba la vuelta a los nombres, y de esta manera el Alzheimer se convertía en el Eshsneider. Y a pesar de ello, presumía de su desastrada memoria y en su blacklister era muy fácil entrar pero prácticamente imposible salir.

 

 

 

 

En eso pensaba yo, alejándome pausadamente - muy lentamente - hacia la salida cuando un murmullo en la sala de la televisión llamó mi atención. La sala se llenó de internos y a duras penas conseguí que una anciana me contara que habían encontrado un abuelo muerto cómodamente sentado en su butaca, en primera fila ante el televisor. Apenas un rastro de saliva seca en la comisura de los labios. ¡Vete a saber el tiempo que llevaba allí! Exclamó. Y a continuación: ¡Qué muerte tan buena!

La carrera II – Tarragona

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Parking – Barcelona

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