cats gats

 

 

Cuando sueña se despierta de madrugada con una ola blanca en los pulmones. Se despertó, pues, ese día, a las cuatro de la madrugada. Despertarse lo hacía a menudo, en realidad la noche era para él una duermevela constante. El trayecto hasta el cuarto de baño se hacía largo, el inquilino ronroneaba de lo a gusto que se encontraba dentro, tan bien y calentito, y le urgía a volver al dormitorio para enredarse en sus dulces sueños que probablemente nada tenían que ver con este mundo.

 

 

 

Al levantarse, el primero en actuar fue su instinto. Lo empujó hasta el paquete de cigarrillos, no pudiendo evitar dirigir su mirada hacia el anaquel donde solía dejar las llaves, el billetero y el tabaco. No había tabaco. Era la época en que la mayoría de sus amigos, además de ser ingenieros de la NASA o miembros de la fiscalía del estado, habían dejado de fumar. No podía ser de otra manera. Había que joderse. Hacía tres días que había dejado de fumar, aunque ahora se hallara ante la disyuntiva de acabar diabético con tanto caramelo en la boca durante todo el santo día o con la mandíbula descoyuntada de tanto chicle. Quizás por eso mismo el despertar a partir de las cuatro solía ser el definitivo. Porque la ansiedad le pedía a voces su ración de veneno.

 

 

- Demasiado pronto para rendirse- se dijo.

 

Hablaba solo pero lo hacía como si alguien le escuchase, aparte del inquilino que llevaba dentro viviendo de gorra. Simulación que al principio le resultaba poco menos que ridícula pero que con el tiempo pasó a ser un hábito tan natural como abrocharse los cordones de los zapatos. Como combatir su natural tendencia al caos clasificando y ordenando: a la izquierda, la pequeña librería ordenada alfabéticamente y a la derecha la lámpara. La lámpara de cerámica con forma de cebolla gigante que había permanecido encendida toda la noche, desprendía una luz de estrellas y culebrillas. Ningún secreto a la vista, pues se trataba de las formas de los orificios con las que el artesano había tenido a bien dar rienda suelta a su creatividad. Pepsi reposaba dormido en una esquina de la cama.

 

Pepsi, el gato, le miraba con esa mezcla de placidez y curiosidad con la que los felinos suelen investigar a los humanos. Sobre todo, si sospechan que su amo no sólo se ha vuelto loco, sino que además esconde algo. Algo que le resultaba terriblemente familiar. Aún así, sobrado como iba de señorío y altivez, sólo movía su minúsculo esqueleto para lamerse las patas o cuando olfatease la renovación diaria de su pienso. En la mesita de noche, había un libro de C. Clark.

 

Decía C. Clark ayer mismo que "por cada hombre que jamás ha vivido, luce una estrella en ese Universo". En ese preciso momento, al despertarse, con unas migrañas de caballo, legañoso, sin afeitar, con los cabellos revueltos pero con una sonrisa de idiota feliz pintada en la cara, y todo gracias al sueño erótico que acababa de tener, una afirmación tan optimista, trascendente si se quiere, le pareció perfecta. Se rascó los sobacos mientras la cafetera empezaba a retemblar.

 

- Dichosa cafetera que cuando sube el café parece que vaya a producirse un terremoto. – exclamó voz en alto, sepultando la cursilada de C.Clark, mientras decidía una vez más que debía comprar cuanto antes un difusor ya que el artefacto no encajaba todo lo bien que debía en el soporte del fogón y cualquier día el frágil equilibrio podría provocarle un incidente doméstico. Pensado y hecho. Justo cuando la cafetera parecía a punto de salir volando y él intentaba agarrar su asa sin las correspondientes manoplas, la cafetera se desplomó hacia el lado inadecuado, es decir, el de su mano derecha que, instintivamente y por su cuenta y riesgo - puro reflejo - intentó evitar el estropicio y lo único que consiguió fue abrasar los cuatro dedos de su propietario. El dedo gordo se salvó de milagro.

 

Como en la empresa le habían obligado bajo amenaza de despido fulminante, a hacer un cursillo de socorrismo recordaba perfectamente que no debía perder tiempo en buscar pomadas, pastas dentífricas ni cosas parecidas, que tratándose de quemaduras el tiempo es oro- como en la vida, como en los sueños-, así que maldiciendo a rabiar se abalanzó hasta el grifo de la cocina y sometió su mano a una constante y reparadora ducha de agua fría. Acto seguido, metió la cabeza dentro del congelador y agarró la bolsa de hielo de caucho para las migrañas, aplicándosela a los dedos, percibiendo enseguida un creciente alivio. Pero como la dichosa bolsa no se acoplaba suficientemente de lo rígida que estaba recurrió entonces a la bolsa de los guisantes congelados. Y pensó, como el que piensa porque no tiene otra cosa mejor que hacer, que nunca debería faltar un paquete de guisantes en el congelador.

 

A regañadientes preparó otra cafetera, realizando cada movimiento con la misma cautela que si estuviera sobre un campo de minas. Ya en su escritorio, encendió por fin el Marlboro y saboreó ese primer cigarrillo del día. El sol asomaba por Oriente, con la parsimonia de costumbre, ofreciéndole una de sus metáforas preferidas: un preludio de violines y trompa en La menor entre nubes negras y un firmamento de lilas. Fue entonces cuando volvió a recordar la frase de C. Clark. Nadie más devoto de la literatura que él, nadie más respetuoso con la magia oculta de los libros. Todo ello no fue óbice, sin embargo, para que agarrara al bienaventurado C. Clark y lo arrojara por la ventana de su escritorio con toda la energía y mala leche de la que fue capaz extraer a esas horas de la mañana.

 

 

Empezaba a encontrarse mejor. Ya estaba percibiendo una cierta mejoría en su estado general, capacitado como estaba para, resueltos los problemas menores, concentrarse plenamente en el bienestar de su dedo gordo, (el único que se salvó de la quema, como ya sabemos) cuando el mismísimo Oscar Wilde…

 

 

 

 

 

Pero eso ocurrió más tarde. Bastante más tarde si hemos de ser precisos. Cuando se levantó de la cama y sintió esa sensación de asfixia, tristemente familiar. Como lo fueron las horribles arcadas  a continuación y la precipitada carrera hasta el baño, incapaz de retrasar un segundo más la vomitera. Un ejercicio siempre desagradable, no por conocido menos hiriente y humillante. Y no digamos cuando su boca se abrió como la vagina de una mujer en pleno parto, cuando empezó a notar el desagradable vello del animal reventándole la boca. Aunque en esta ocasión, el feroz gruñido que surgió de su interior, no fue menos monstruoso que el maullido de Pepsi, que a la vista del nuevo e inesperado competidor, incapaz de comprender, desventurado, desvalido animal, que se hallaba en un mundo irreal desde siempre, pobre intruso en un sueño, el de su amo, y que no era él el único espectador del fantasmagórico ritual, rodeado como estaba de tantos felinos, reunidos allí desde otro tiempo, incapaz de comprender en definitiva la necesidad de su amo de liberarse de un sueño que ya duraba demasiado, porque toda una vida siempre es demasiado.

cats gats

por Ferran. 26 de octubre, 2008

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Animals (Álbum)

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The cat was near / el gat estava a prop

Ferran Jordà Photography Photoblog  30 de October de 2008 

Black & White or Color?

Home, Animals, Snowed In  

Sometimes, color-world is black and white. And I think, the cat was near

De vegades, el mon de color és en blanc i negre. I crec, que el gat estava a prop.

http://www.bw-color.com/fotos-697-the-cat-was-near-el-gat-estava-a-prop.htm

 

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