Mecano número tres
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- Categoría: Relatos
- Publicado en Viernes, 21 Mayo 2010 05:06
- Escrito por cronopio
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Cuando la frase más inesperada de todas las posibles cayó sobre mí
como una lluvia de meteoritos,
como una tormenta de verano que te deja empapado hasta los huesos
muchas cosas cambiaron en mi vida.
No era solamente que “los Reyes Magos de Oriente” fuesen en realidad un montajeun tinglado en el que mis padres eran simples actores de reparto, es decir, ni siquiera los protagonistas, ya que el “complot”, vamos a llamarlo así, de la noche de reyes comenzó muy posiblemente en una tradición popular pero acabó en una especie de ritual o ceremonia de una organización tipo la mafia o la cosa nostra, “consorcio” en el que estaban involucrados desde el panadero de la esquina hasta el paje de los almacenes El Águila.
¡JO, qué palo!
¡Vaya cagada!
Porque a este desastre le sucedieron otros, en cascada:
También “El Capitán Trueno” pasó a ser un personaje de ficción.
Y el Capitán Nemo y su Nautilus.
Y el Rey Arturo y los Caballeros de la Tabla Redonda.
Y Roberto Alcázar y Pedrín.
Y Superman.Y el capitán Ahab y Moby-Dick
Luego, cuando fui a la “Uni” me enteré de un montón de cosas, que digerí de forma precipitada, debo confesarlo. Y también con un cierto resentimiento: no sólo los padres no eran los Reyes. Resulta que uno de los Reyes era Hegel, ¿Quién no conocía a Georg W. F. Hegel, el inventor de la dialéctica, el descubridor del materialismo histórico? En definitiva, el gran ciclista, el amo de la pista: todo lo racional es real y viceversa. Y los gregarios del gran ciclista eran nada menos que los hermanos Marx y Engels, los capitanes de la lucha de clases y los inspiradores de la revolución obrera y campesina de octubre. Dicho así ya sé que suena complicado, incluso enrevesado, pero os aseguro que a los 19 años uno es capaz de creérselo todo. Y más todavía cuando no tiene otra cosa mejor que hacer. Fue como si se abriera una puerta que parecía clausurada para siempre. Nunca volvió a cerrarse.
Yo no me llamaba Víctor, como el tal Lenin, ni en eso coincidíamos.

Ni lo conocía, ni falta que me hacía, al fin y al cabo estaba perdiendo la poca “inocencia” que me quedaba, ese fenómeno que los antropólogos y demás sabihondos habían definido como la etapa del conocimiento mágico, es decir, aquella que precede al científico y que reside, fundamentalmente, en explicar los fenómenos naturales a partir de causas sobrenaturales. Una pérdida que por sí sola explicaba mi melancolía.
Aunque había más. La experiencia – escribió Conrad - significa siempre algo desagradable y contrapuesto al encanto y la inocencia de las ilusiones. Los niños suelen crecer rodeados de adultos (los colegas no cuentan, son otras víctimas más), siempre dispuestos a proteger a sus vástagos de la peligrosa amenaza del conocimiento mágico, siempre obsesionados por instaurar en sus hijos -por vía oral, intravenosa o, simplemente, a martillazos- una precoz adicción al principio de realidad. En plena confusión por el curso de los tiempos, desmemoriados y preocupados por demasiados asuntos, los adultos...
¡Dios nos pille confesados! Que decía la monja en la clase de catecismo
perseveran en la falsa creencia de que la infancia es el mejor período de la vida y no son ni de lejos conscientes de que, catequizados en adalides de la educación y la higiene mental, se limitan a demostraciones empíricas tendentes a convertir los fantasmas en simples abrigos colgados de los percheros. Por supuesto, nunca leyeron a Boris Vian cuando dijo, certero: "Me hicieron creer, en primero de bachillerato, que mi único progreso debía consistir en pasar a segundo. Avanzaba por un pasillo sin principio ni fin, a remolque de unos imbéciles, precediendo a otros imbéciles. Envolvemos la vida con diplomas". Mi único “diploma”, de momento, era el onanismo y el amor carnal por la profesora de francés, a quien –si acertabas con la postura adecuada- se le veían las bragas cuando cruzaba las piernas con una elegancia no exenta de morbosidad.
Lo cierto es que de nada sirvieron las coartadas, tan bienintencionadas como banales, de mis padres. La magia empezaba a esfumarse por momentos y aquello era sólo el principio, tal como había predicho el amo de la pista. Cada puerta que se cerraba reducía todavía más el espacio de una fantasía basada en que la realidad era algo más que esa sucesión de actos, consecuencia cada uno del siguiente y, así sucesivamente, sin solución de continuidad pero, también, sin demasiadas esperanzas. Ante esto, y contra toda lógica fantástica, la actitud general - que primero me produjo una extrañeza y, posteriormente, sólo trajo un vacío inútil- estaba el truco de no hablar de las cosas, haciendo como si no existieran, como si nunca hubieran ocurrido. Al fin y al cabo, la magia de los Reyes Magos, como la del Príncipe Valiente era, muy al contrario que la experiencia cotidiana, y enmascarada, de los adultos, una magia blanca y, sobre todo, excitante. Suficientemente excitante como para no poder conciliar el sueño la víspera de cada seis de enero. Durante esa espera, que siempre me resultaba interminable, los sueños eran húmedos como la saliva y los pájaros, y sólo durante ese tiempo la tristeza no resultaba ensordecedora.
Entonces no lo sabía
no sabía tantas cosas que podría escribir toda una enciclopedia sólo con mis preguntas sin respuesta, pero en la breve crónica del tramo final hasta la deseada noche de reyes las respuestas podían esperar porque, precisamente, lo magnífico era la espera. Y en ese entretanto, entre pálpito y revelación, cumplimentaba mi carta a los reyes magos, y lo hacía con mi más depurado estilo, utilizando una hoja pautada, con las líneas coloreadas y un gran espacio entre línea y línea, preso de la emoción y, aún así, sin poder evitar pensamientos oscuros como el tan clásico y comprensible a la vez
de que la carta no se extraviara o de que simplemente el paje de turno no encontrara mi dirección…
Abrirme a la deliciosa expectativa de la impaciente espera. Era excitante, de eso no cabe duda alguna. Aunque deliciosa quizá no sea la mejor palabra -no quisiera engañar a nadie- para expresar ese estado de trastorno que ahora llamaríamos ansiedad. Y es que a veces la memoria es una formidable falsaria y acaba liándolo todo, hasta lo más sencillo. Aunque mi pregunta era real como la vida misma: ¿Cómo sería el Mecano que había pedido?
Porque el primero de la lista era el Mecano número tres.
Ahora sé que la magia, si es que todavía podemos llamarla así, siempre estuvo al lado de aquí, que la espera muchas veces fue sólo el pretexto para demorar el desencanto, o dicho de otra manera, para disfrutar del engaño. Ahora sé que algunas personas sólo pueden enamorase una vez y otras que nunca. Que hemos derrochado genio y figura para aceptar que tarde o temprano partiremos
nos marcharemos
para no volver jamás. Primero la especie humana, luego el Planeta Tierra y, finalmente, el astro sol. Todos al cenicero del universo, como una colilla sin apagar. Y que es ahora cuando percibo que todo el tiempo se ha vaciado de golpe. Pero sobre todo, o por eso mismo, que los secretos son tan necesarios en la vida porque sin ellos estaríamos a merced de la compasión los demás, y ya dijo Sartre, que en esto no erraba el hombre, que el infierno son los demás.
Tampoco es menos cierto que mientras saboreaba -con santa inocencia, todo hay que decirlo- esa sufrida sorpresa (y perplejidad) ante la manifiesta indiferencia de los adultos que seguían
con sus aburridas rutinas,
inmunes a los devastadores efectos de la noche más hermosa,
y es que la ignorancia lastra pero también defiende.
Sí, los adultos, siempre con prisas, haciendo y deshaciendo los quehaceres más insustanciales y laboriosos, sin tiempo para perder el tiempo, privilegio de los que llevábamos bata y éramos expertos en obedecer y ejercíamos de Peterpanismo sin saberlo, excusa perfecta, ésta, la de empezar a meditar en el método más eficaz para detener el tiempo, debatiéndose entre lo magnífico de la espera y lo maravilloso del instante. Imaginándose el fantástico coche de bomberos pero, sobre todo, la colosal grúa que nacería del Mecano número tres.
Y a pesar de todo lo dicho, en la fábula de Melchor y compañía lo maravilloso era el instante. Cuando, finalmente, incapaz de esperar más, despertaba a mis padres a las cuatro de la madrugada –en aquella casa 4 x 4 no hacía falta desplazarse demasiado para hacerse oír- y desoyendo las inútiles ordenes de que nos volviéramos a dormir, mi hermana y yo, orden absurda donde las haya, conseguíamos a regañadientes el permiso para levantarnos y, arrastrando a mi paciente hermana hasta el Abra-Cadabra del balcón. Allí, ¡Oh! ¡Maravilla! Cuidadosamente dispuestos, estaban el flamante coche de bomberos, el balón de reglamento, los soldados de goma de la segunda guerra mundial... Y, por supuesto, el Mecano número tres. Y esparcidos aquí y allá: los doblones de chocolate. La torna del “tesoro”. Y, más allá, el cielo, todavía oscuro, por donde se habían ido los Reyes del Mambo, los únicos, los auténticos. Y el rastro de botellas vacías: de agua potable para los camellos y de coñac para los viajeros. Nuestras manos trémulas mientras Emmanuel Kant sonreía desde la cueva de Platón.
Llegó un día en que el conocimiento científico, con su habituales malas artes, en este caso el chivatazo del amigo confidente, y por eso mismo, candidato a corrupto -, finalmente prevaleció. Visto con la perspectiva del tiempo parece una nadería, cosas de la infancia. Justo quienes lo tienen más claro son precisamente quienes construyen esos juegos de artificio que luego llaman literatura". El plasta de Roland Barthes, por ejemplo, mucho estructuralismo y análisis semiológico, pero nada de todo ello supuso obstáculo ninguno para que no nos diera la matraca con el rollo de que “En el fondo, no hay más país que el de la infancia." ¿En qué quedamos, amigo Roland? Pero, contrariamente a lo que se podía esperar, aquí no acabó todo.
Porque tontos tampoco éramos, como ya he dicho en alguna otra ocasión. No tardé demasiado en descubrir que mis sueños no habían hecho más que empezar. Que, como decían los profesores de física, la materia, los sueños no desaparecen sino que, muy al contrario, se transformaban en otros. Y fue entonces, como empujado por el destino, definitivamente oscuro, imprevisible e inescrutable, cuando me enamoré de la nueva maestra. Enamorarse a los veinte años está muy bien, nada que objetar sino todo lo contrario. Siempre, claro, que ese enamoramiento no se prolongue hasta el extremo de que conduzca al sujeto a dejarse vencer por la falsa idea de que “esta patología” a la larga deviene en una insensatez, un sinsentido que – falsa creencia por otra parte, si uno no lo evita- sólo cura el tiempo. El problema se complica, de hecho, si el sujeto no sabe que no hay amor feliz. Y el problema se agranda definitivamente cuando el sujeto pasa a ser objeto de: alguien que lleva el estigma de la derrota adosado a su mente como una mochila en la espalda de un boy scout, un sujeto cada vez más borroso que amenaza con convertirse en un enfermo crónico afectado por el síndrome de la supervivencia. De hecho hay quien afirma que sólo hay un verdadero amor en la vida y que suele ser el primero. Afirmaciones nada científicas, todas ellas, quede claro, a las que no hay que hacer demasiado caso. Sea como fuere, experimentar este nuevo abismo, más vertiginoso todavía que los anteriores, me demostró una vez más que el que el amo de la pista se había dado el gran castañazo. Y, descarao, empezó a invadirme el presentimiento de que este nuevo hallazgo no dejaría de traerme fatales consecuencias. Y aún así no me quedó otra opción que aceptar que me era imposible volver atrás. Porque un sueño puede serlo todo. Todo menos falso. Si no fuera así, ¿qué diablos hace esa manada de caballos aproximándose, veloces como pájaros, a la ventana que tengo a mi espalda?

Ilustración obtenida en el:
blog Mikel Agirregabiria
http://blog.agirregabiria.net/2007/03/moby-dick-o-la-ballena-blanca.html








