Cuento Gótico

- ¿Quieres bajar la música? - Gritó Nuria a su hijo Oriol, ante las quejas de su hermana Silvia. Todo un carácter la tal Silvia. Lo cierto es que Oriol no era consciente del jaleo que estaba armando, encasquetado como estaba con sus auriculares que no evitaban para nada que el MP3 retumbara con las notas de “Cry for the moon” de su venerado grupo de rock-gótico EPICA.

Silvia, con sus 13 años, no podía entender por qué su hermano escuchaba aquella música, mezcla de gorgoritos clásicos y rollo siniestro, existiendo grupos tan guays como Tokio Hotel a los que ella, en su recién estrenada candidez, idolatraba. ¡Qué poco sabia de los sueños eróticos de su hermano con Simone Simona, la cantante de Épica! Cómo podía hacerse una idea de que, a través del puente de su música, Oriol se imaginaba que sus manos recorrían con ansiosa avidez la pálida piel de los senos de su querida Simone.

En realidad, el hecho de que a Oriol le hubiera dado por romper los tímpanos del respetable obedecía, en buena parte, a su particular modo de protesta ante la visita impuesta a una nueva iglesia. Esta vez se trataba de un templo situado en las afueras de Oporto, Portugal, país en el que su familia estaba pasando parte de sus vacaciones del verano de 2008.

La iglesia, templo o santuario dichoso era el de San Francisco. Si Dios no lo ha evitado debe seguir situado en la Rua Infante D. Enrique y fue construída al estilo gótico según cuentan los folletos divulgativos (sin ahorrar explicaciones al respecto) entre los siglos XIV y XV. Posteriormente, sigue detallando el prospecto, en el siglo XVIII, sufrió algunas modificaciones de influencia barroca. Y remata: uno de los pocos edificios medievales que se conservan en toda la ciudad y la única iglesia gótica.

Cuando la familia Sabater al completo llegó a la iglesia y todos al unísono bajaron del coche, como alma que lleva el diablo, metiéndose dentro sin encomendarse ni a la Santísima Trinidad, un Oriol indolente seguía escuchando su música, ahora sin problemas de volumen. Y cuando, finalmente se decidió a seguir la estela de la tropa y entró él también, apenas prestó atención al retablo del altar. “Estilo rococó”, le apuntó aviesamente Nuria, ignorante del poco interés artístico del asunto, que tenia su hermano.

Al cabo de un rato ya se hallaban descendiendo por una angosta escalera para acabar llegando a la cripta. Allí, como custodiándola, se encontraron con una inquietante figura femenina, que, enseguida, comprobaron estaba hecha  de cera.

En la cripta abundaban las capillas con los restos humanos de personajes de la edad media, nada más y nada menos. Personajes de la época en que se enterraban a los muertos en las iglesias. En la parte superior de cada capilla, sendas inscripciones informaban del currículo de los enterrados (su nombre, su fecha de nacimiento, y la fecha de su defunción), con la particularidad de que en el suelo varias zonas acristaladas permitían contemplar los osarios depositados en el sótano: calaveras, tibias, peronés y otros huesos que se amontonaban sin orden ni concierto.

Aquella visión fascinó a nuestro amigo Oriol. Sus ojos despertaron de golpe ante aquel espectáculo, digno de un cuento gótico. Y, por supuesto, aunque no las tenía todas consigo, no pudo evitar la tentación de asustar a su hermana mostrándole aquellas especies de “ventanas” situadas bajo sus pies, mientras le susurraba frases tenebrosas que a él mismo le aterrorizaban.

Oriol ya había oído hablar de una iglesia en Évora, la Iglesia de Säo Francisco, que contenía la “Capela dos Ossos”, construida con tibias y calaveras y vete a saber qué huesos más. Lo que desconocía por completo es que en otras iglesias de Portugal iba a encontrarse con  un espectáculo como éste. Eran las ocho de la tarde, la hora de cerrar la iglesia, y el vigilante invitaba amablemente a los visitantes a abandonar el recinto. Joan, Nuria y Silvia estaban en la zona del coro, mientras Oriol se mantenía ensimismado en la cripta. Fue, sin duda, éste el motivo de que todos abandonaron la iglesia, de que lo hicieran todos… menos Oriol.

 

De tal forma se sucedieron los hechos: el vigilante cerró la luz y, acto seguido, las puertas de la Iglesia y, sin pensárselo dos veces, se marchó rauda y velozmente a su casa, donde le esperaba un sabroso plato de lulas a la parrilla.

Con el apagón, Oriol cerró su MP3 y, tras unos instantes de expectación, acabó dándose cuenta de que no oía a nadie. Maldijo su walkman, cuyo efecto de aislamiento le había impedido seguir al grupo. Aún así, creía recordar dónde se hallaba la escalera y, a pesar de la oscuridad, se dirigió hacia ella. Un tropezón casi le hace perder el equilibrio, y fue entonces cuando se le ocurrió “la brillante idea” de  utilizar el móvil como linterna. De esta forma, ayudado por el atisbo de claridad que le facilitaba el móvil, pudo, con una relativa seguridad, subir la escalera que le conduciría hasta la planta principal de la iglesia. Con tanta peripecia, había olvidado por completo la mujer de cera.  Este olvido provocó que, una vez alcanzado el último escalón y al levantar su improvisada “linterna” para enfocar la iglesia, se diera un susto de muerte al encontrarse, cara a cara, con ella. Lo que sucedió a continuación parecía del todo inevitable: el grito producto del susto, el paso fatídico hacia atrás y, finalmente, Oriol cayendo escaleras abajo, dándose infinidad de golpes, el último justo en la cabeza. Una buena brecha. 

El espeso líquido se derramó por la frente hasta sus labios. No le gustó ese sabor dulzón, inequívoco, de la sangre, pero tampoco se trataba de si le gustaba o no, sino de la posibilidad de morir desangrado que era lo que más le inquietaba, ese fue el motivo del ataque de miedo que le hizo temblar. Estaba en ello cuando se dio cuenta que ya se había incorporado sin demasiados problemas, así que lo siguiente que hizo fue limpiarse la cara con su pañuelo. 

- ¿Dónde diablos está el móvil? – farfulló irritado, mientras se arrodillaba. Gateando y palpando buscaba el dichoso aparato con ansia, aunque sería mejor decir con desesperación. Cuando, finalmente, lo halló la alegría le duró sólo un instante: con el golpe había saltado la batería.

Oriol empezó a pensar seriamente que aquel no era su día de suerte pero, aún así, no desistió y siguió la búsqueda mientras un hilillo la sangre seguía manando de su frente. Su persistencia obtuvo sus frutos: finalmente halló la batería del móvil. Y a pesar de todo, y de lo alterado que estaba, consiguió encajarla en el móvil y lo encendió. Los segundos que tardó en ponerse en marcha se le hicieron eternos. El móvil le pidió el PIN y no pudiendo concretar si eran los nervios o el mareo producido por la perdida de sangre, lo cierto es que erró en dos ocasiones. Sabía perfectamente que si volvía a cagarla el móvil se bloquearía, por lo que tecleó con sumo cuidado los cuatro dígitos de su PIN y le dio al botón de Aceptar, cerrando casi los ojos ante un momento tan decisivo. ¡Acertó! Volvía a tener una débil aunque preciosa luz. El feliz desenlace bien merecía un momento de respiro.

Comprobó dónde estaba: al final de la escalera y justo delante de la primera capilla. Finalmente, llamó a sus padres, algo que había estado evitando hasta ese momento (reconocer que los pudiera necesitar) pero, para colmo, no pudo conectar con ellos por problemas de cobertura. Por otra parte, ¿qué podía esperar, si se hallaba en el sótano de una iglesia? Después de unos momentos de duda, levanto su móvil con la intención de hacer visibles las palabras escritas, esculpidas sería mejor decir, situadas encima de la capilla. Un grito de terror brotó de su boca y al punto la oscuridad se hizo completa. 

Ignorantes de las peripecias que estaba padeciendo su Oriol, y a muy poca distancia, sus padres y hermana permanecían junto al coche, Ya llevaban diez minutos cuando Joan le dijo a su esposa:

- Esto ya pasa de la raya. Estoy harto del comportamiento de Oriol en este viaje, la culpa es tuya por tenerlo demasiado consentido. ¿Dónde demonios se ha metido ahora?

Nuria le respondió:

- Tú, que no sabes comprender a un adolescente.

 

Transcurrieron diez minutos más y la pareja empezó a preguntarse si era normal que su hijo tardará tanto en recorrer la distancia que separaba la Iglesia del coche, de modo que bastó una mirada entre los dos para  que volvieran sobre sus pasos hasta la puerta de la iglesia, para comprobar lo que ya se temían: que estaba cerrada a cal y canto y ni rastro de Oriol.

-  ¿Cuándo salimos, dónde estaba tu hermano?

- Preguntó angustiada Nuria a su hija.

-  Creo que estaba todavía en la cripta, mamá -  respondió Silvia. 

-  ¡Dios mío! A ver si se ha quedado dentro de la iglesia… 

-  ¡Orioool! - Gritó Joan, repetidas veces, sin conseguir ninguna respuesta. 

-  Hemos de localizar al vigilante de la iglesia - sugirió Nuria.

-  Pero ¿dónde? -  respondió Joan. 

-  No tengo ni idea. 

-  Lo único que podemos hacer es ir a la comisaría más próxima, decidió Nuria por todos.

Tuvieron suerte, después de todo. El primer transeúnte con el que tropezaron parecía saber de todo, y por supuesto, les indicó con pelos y señales dónde se hallaba la ansiada comisaría.  Una vez allí, y cuando el agente de guardia consiguió que no hablaran todos a la vez y entendió el problema, realizó algunas llamadas telefónicas. En la última, localizó, por fin, al vigilante.

Y volvieron a la iglesia, y allí se encontraron todos, la familia de Oriol, el vigilante y los policías, con el comisario jefe al mando. El vigilante, con semblante de pocos amigos, enojado porque habían interrumpido su cena, abrió la iglesia y encendió la luz. 

¡ORIOOOL!!!,  ¡ORIOOOL!!! Volvió a gritar Joan, con el mismo nulo resultado.  Cada vez más preocupados, recorrieron la iglesia, el coro, el altar…Ni rastro de Oriol.

- ¡Vamos a la cripta! -rogó Nuria, cada vez más imperativa. Mientras se dirigía apresuradamente a las escaleras sin ocuparse de comprobar quienes le seguían, volvió a fijar por un momento su mirada en la figura de la mujer de cera. Lo hizo sin saber lo que le esperaba, aunque con la misma mezcla de miedo e intriga que cuando visitó por primera vez la iglesia. Al bajar por la escalera, un cuerpo inerte apareció, de pronto, justo al final del último escalón,  tendido en el suelo, rodeado de un charco de sangre.

- ¡Nooo!  El grito fue de Nuria al comprobar que el cuerpo era el de su hijo. Silvia giro la cabeza rompiendo a llorar y ocultando la cabeza contra el cuerpo de su padre que, atónito, no acertaba a reaccionar. Uno de los policías se inclinó sobre el cuerpo tendido, le tomó el pulso y una mueca de contrariedad en su cara hizo prever lo peor. Un hálito de esperanza les invadió, sin embargo, cuando el comisario se quitó las gafas y las puso delante de la boca y nariz del joven. El cristal de las gafas no se empañó, sencillamente porque Oriol no respiraba. Como ultima comprobación, abrió uno de sus parpados para comprobar que la pupila dilatada anunciaba la temida muerte. Fue entonces cuando Nuria, fuera de sí, se abalanzo sobre el vigilante culpándolo en su desesperación, de no haber comprobado que la iglesia había quedado vacía antes de cerrarla, lo que, dicho sea de paso, provocó en el sujeto un estado preocupante de estupor y desorientación.

Cuando, finalmente, entre tanto dolor, se instaló una tensa y falsa calma, mientras, se suponía, esperaban la ambulancia que se llevaría el cuerpo de Oriol y aún con la incredulidad de la  catástrofe dibujada en sus rostros, casi ni oyeron al comisario cuando comentó:  

- Parece evidente que cuando se apagó la luz, el chico intentó subir por la escalera para salir, tropezó y se cayó, dándose un golpe fatal en la cabeza.

 

Aunque la cosa no había hecho más que empezar, si es que se puede hablar en estos términos cuando un hijo acaba de morir, sean cuales sean las circunstancias que han provocado tan fatal desenlace. Lo cierto es que, al día siguiente, más tranquilos pero, a la vez, más abatidos y desconsolados, se encontraron con la siguiente sorpresa: ¡No podían repatriar el cuerpo de Oriol en el vuelo que habían contratado!

- El juez ha ordenado la autopsia del cadáver. Hay que esperar a mañana – rezongó el comisario, acostumbrado a dar las malas noticias como el que da una orden.

Después de una penosa y resignada espera en el hotel, recibieron por fin, al día siguiente, la llamada de comisaría. La voz del comisario sonó extraña y lejana al otro lado del hilo telefónico, mientras le decía a Joan, que es quien había cogido el teléfono:

- Ya pueden ustedes repatriar el cuerpo de su hijo.

- ¿Y el resultado de la autopsia? –preguntó Joan, sin acabar de salir de su ensimismamiento.

-  Ha resultado irrelevante.

El comisario colgó el teléfono. Su subordinado le pregunto:

- Así que ¿el chico murió del golpe?

- ¿Sabes lo que me dijo el forense? – Respondió el comisario- Que el chico murió de de un paro cardiaco y no del golpe.

- Eso es imposible.

- El forense me dijo que estaba completamente seguro

- Y ¿qué pudo provocar un paro cardiaco en un chico tan joven? Tuvo que ser una impresión muy fuerte. ¿ya sabe el juez todo esto?

- Ni hablar ¿sabes lo que nos complicaría la vida esto? Le sugerí amablemente al forense que en su informe obviara este extremo.

La policía nunca supo el motivo real del infarto en un muchacho tan joven. Nunca lo sabrían porque, con tanta prisa por dar carpetazo al incidente no se entretuvieron en leer la inscripción tallada sobre piedra, encima mismo de la capilla donde encontraron el cuerpo del chico. Si lo hubieran hecho, si hubieran dedicado un poco más de atención, hubieran podido leer: 

 

Oriol Sabater (10/06/1995-10/08/2008)

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