A mi manera

Lo he intentado un montón de veces y nunca he conseguido adaptarme a las agendas convencionales. Por este motivo solía comprarme un cuaderno escolar en la Papelería donde Laura, una libretita de espiral, de las baratas, y así hasta que parientes y amigos, percatándose de que la usaba para anotar, tachar e, incluso para dibujar, hallaron el filón del regalo fácil. De esta forma me convertí en coleccionista de libretas. Y a la enésima pregunta de por qué no utilizaba una agenda “de las normales” respondía encogiendo los hombros y pensando: Porque... me gusta hacer las cosas a mi manera.

Pedí las vacaciones en la Oficina. El jefe me firmó el impreso que le entregué yo mismo a una de las secretarias del jefe de mi jefe y ésta se levantó y la dejó caer en una bandeja repleta de otras solicitudes, en la estantería de “distribución”. Así rezaba el papel escrito con Times New Roman y sujeto con pegamento. Su Top y falda a juego no llegó a deslumbrarme como otras veces, ya que no dejaba de mirar el dichoso papel disipándose entre tantos otros. En el ascensor todo el mundo se interrogaba con meritorio interés por las vacaciones. En ocasiones como ésta es cuando se me cruzaban los cables y me imaginaba las veinticuatro horas seguidas con Ana y los niños, y así un día tras otro... Entonces empezaba a agobiarme, a percibir la falta de oxígeno y procuraba realizar, disimuladamente, unos breves ejercicios de respiración. También trataba de imaginarse algo peor que las vacaciones. Y por más esfuerzos que hacía no se me ocurría nada. Rien. Nada de nada.

Nunca salgas de viaje con una persona que no amas, escribió Hemingway. Y no es que sea precisamente un devoto de Hemingway. Me gustó “El viejo y el mar” pero “Adiós a las armas” me dejó más bien indiferente. Sin embargo, estoy de acuerdo con su observación. Al fin y al cabo, un viaje significaba convivencia, y aunque abusara -en público- del argumento de que todo es relativo, en el fondo estaba convencido, dándole la vuelta a la frase del autor de "París era una fiesta", que quizás un viaje pueda conseguir que dejes de amar a la persona que quieres.

Le llevé los gatos a mi madre. Mifú. Uno de los gatos se llamaba Mifú. Las tres se pusieron de acuerdo, madre e hijas y yo me quedé con mi propuesta de “Sandokán” más tieso que un novio en el juzgado. Y, por si no esto no bastara, mi madre no estaba nada conforme con que al segundo gatito le hubiera puesto el nombre de “Cenicero”. Porque aquí sí que me jugué la vida, o lo que es lo mismo, el prestigio del hombre de la casa. Y no llegamos a las manos de puro milagro. Primero, argumenté y, luego, grité y aullé todo lo que dieron de sí mi estómago y mis cuerdas vocales y ellas acabaron cediendo al final, casi temerosas, como se cede ante un loco de atar o un tonto descontrolado. Lo que no evitó, desde luego, la inevitable semana de morros, en la que, como siempre, yo acababa con el rabo entre las piernas y un amargo sabor a derrota. Lógico, por otra parte, si convenimos en que no hay nadie que mantenga su paladar en buenas condiciones cuando es capaz de fumarse sesenta cigarrillos al día.

“Imagínate un cenicero de agua”, le conté a mi madre, en un alarde de cinismo vengativo, aprovechándome de su ostentosa sordera. Compré un cepillo de púas nuevo, dos cajas de pienso de los que tanto le gustaban a “Cenicero” y dos saquitos de arena para sus necesidades. Por supuesto, “Cenicero” era mi favorito y a Mifú lo puteaba todo lo que podía.

Todavía recordaba, meses atrás, cuando le propuse a Ana que nos iría muy bien a los dos una tarde libre a la semana. Para “respirar”, añadí, como si no hubiera hablado bastante claro. No había salido la última palabra de mi boca y ya era plenamente consciente de que la había cagado. Porque con el trabajo –proseguí a la desesperada- , el trabajo de casa, los gatitos, las niñas, las visitas a tus padres… Y aquí me paré, no fuera que, de pronto, se hundiera el suelo bajo mis pies: ¡Había mencionado las niñas después de los gatitos! Y todavía peor: había incluido a sus padres.

- ¿Y tú necesitas una tarde libre? ¿Necesitas una tarde para-ti-solo?

Me respondió Ana, con una de esas mirada inquisitivas que casi siempre conseguía fundirme les plomos. Traté de explicarle que a ella también le convenía un respiro, que le iría de fábula un tiempo libre, quizás esa cena con sus amigas que siempre postergaba, alguna visita de más a mamá tampoco le iría mal, tan descuidada la pobre, pero sobre todo, una tarde de compras con su hermana, con la que siempre andaba de confidencias y lamentaciones mutuas. Tardó unos segundos en contestar. Para mirarme a los ojos y decirme que no necesitaba a su hermana para ir de compras. Y, demasiado tarde, maldije mis palabras una a una, justo cuando recordé la manía que tienen las mujeres en querer convertir en real todo lo que imaginaron de niñas.

Y entonces recordé, no sin cierta ternura, debo confesarlo, aquel pobre tipo tartamudo y fatigado, cargado de bolsas (sí, buana), obligado a opinar constantemente sobre vestimenta femenina, y también de electrodomésticos, sillones, lámparas de pie y muebles auxiliares, concebidos y creados todos ellos por mentes calenturientas en establecimientos-trampa, donde sabías cómo y por donde entrabas pero no cómo, por donde –y en qué estado- salías. Intenté comparar esa tortura con las vacaciones y entre tanta opacidad y confusión se me volvieron a fundir los plomos. Y en pleno atasco mental, sucumbí con resignación a otra semana de morros y silencios, que ya no cortaban como cuchillos, porque los cuchillos estaban romos, al fin y al cabo –pensé- los sueños son como cantos rodados que se instalan bajo la piel, pero que sólo dejan manchas en los ojos.

Y todo, por “un pequeño detalle”, por un comentario, un pecado venial, digo yo, venialísimo, intrascendente, baladí… Una trivialidad capaz de arruinar la cotidianeidad de un individuo sin mayores pretensiones, sin ambiciones, sin atributos especiales que lo hagan merecedor de un trato tan especial.

Al día siguiente, tiré el móvil al contenedor de la esquina y me fui al Dry Martini, con unas bermudas del estilo de las que, sin duda, llevaría Monzó si alguna vez se le ocurriera hacer de turista. Precisamente cuando en el reloj daban las seis de la tarde y Ana, después de ir a recoger sus gafas a la óptica, de acudir a la cita con el agente de la Inmobiliaria - para ver una ganga de piso en l’Eixample -, de hacer una compra de urgencia en el Súper, de recoger a los niños a la salida del cole y dejarlos en casa de su madre… me esperaba impaciente en la puerta de El Corte Inglés, justo entonces - cuando daban las seis de la tarde - le pedí al camarero del Dry Martini un cóctel de champán, largo de champán y corto de vodka y en el instante en que miré el marcador electrónico, que ya se aproximaba al millón de Dry’s servidos desde su fundación y, mientras removía ligeramente el poso de azúcar para darle ese tono dulzón que tanto me gusta, empezó a sonar la canción de Sinatra, A mi manera.

 

 

 

 

 

Y exactamente en el momento en que empecé a ser consciente de lo que estaba haciendo percibí, como una señal difusa, la amenaza del terror nocturno, mi eterno compañero de viaje. Y, sin embargo, esta vez me gustó esa sensación. Este miedo no se parecía al otro. Este miedo tenía un sabor agridulce, como el cóctel, como esa sensación de libertad tan difícil de explicar. Tan difícil de explicar como el hecho de que su plenitud me embargara desde los pies a la cabeza. Tan difícil de explicar como el que me gusten tanto los ordenadores. No sé por qué motivo, pero congenio con ellos. Me gusta saber que cuando alguna cosa no funciona puedes apagar el ordenador y volverlo a encender. Es una solución mágica.

Fue justo entonces cuando llamé a casa desde una cabina y dejé un mensaje en el contestador, advirtiéndole a Ana que no me esperara despierta, que volvería tarde, si es que volvía.

My Way" es la versión inglesa de la canción francesa "Comme d'habitude", compuesta por Jacques Revaux, Claude François y Gilles Thibault. En 1968 Paul Anka adaptó la letra al inglés para Frank Sinatra. La canción apareció por primera vez cantada por Sinatra en el álbum My Way de 1969. Existen versiones españolas de Gypsy King, Julio Iglesias y Paul Anka.

 

 

 

 

 

 

 

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