Un invento fantástico
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- Categoría: Relatos
- Publicado en Martes, 09 Marzo 2010 20:04
- Escrito por cronopio
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Era un barrio de casas pobres, es decir, casas de apenas cincuenta metros cuadrados, con aspecto de estar construidas con la única ingeniería de las manos y la provisión de la miseria. De adobe, yeso y tejados poco resistentes a la lluvia y con goteras permanentes, por mucho que rellenásemos las grietas entre loseta y loseta con ingentes cantidades de alquitrán. En su interior cabíamos toda la familia, además de una mínima porción de dignidad. Lesa dignidad para los vencidos por el nuevo régimen, aunque tanto o más importante era que el espacio alcanzara para el mueble cama destinado al segundo hijo (que resulta que fui yo). Una casa en la que el comedor tenía... ¡Seis puertas! Y en la que, en lugar de baño o plato de ducha, había un retrete al otro lado del celobert, es decir, del cielo abierto.
Se cocinaba con carbón y la nevera era un artilugio (por otra parte, un invento fantástico, sólo superado, más tarde, por la lavadora) que funcionaba con un simple trozo de hielo para refrescar los alimentos. Para lavar la ropa, sin embargo, mi madre tenía que llenar el cesto, echar la pastilla de jabón Lagarto y marcharse cuatro manzanas más allá, hasta la lavandería pública de la calle Freser. La lavandería no se llamaba lavandería, ni, por supuesto, bugaderia, sino safareig, y de ahí viene la proverbial expresión catalana – en franco proceso de extinción – de fer safreig (1). relacionada con la cháchara (cotilleo) que se llevaban las mujeres mientras hacían su colada.
Y si era de menester, de un solar que solo daba para una casa se hacían dos. La otra la ocupaba Manuela. Manuela enviudó demasiado pronto, demasiado para aquellos tiempos en los que las soledades se juntaban como puños. Además de los caídos por Dios o la República, los hombres morían más pronto todavía que ahora, hecho que favoreció, sin duda, que Manuela hiciera las funciones de mi inexistente abuela, y me preparara las torrillas de patatas más sabrosas que nunca haya probado, y todo eso hasta que la “prosperidad” de los años sesenta y la insistencia de la constructora de turno nos envió a un piso con baldosas como las de los anuncios de la tele. Manuela era una mujer diminuta, pequeñita, a veces “casposa”, pero de una vitalidad y energía inusitadas, jefa de la brigada de limpieza de una empresa cuyo nombre nunca supe. Enviudó demasiado joven –como ya he dicho-, aunque no por ello perdió su ánimo y su buen humor, ya que siempre hacía frente a las adversidades con un coraje envidiable y, además, como si todo esto no fuera suficiente, en algún rincón de su casa los Reyes Magos siempre dejaban olvidado para mí algún que otro regalo suplementario.
Luego todo ocurrió muy rápido, y más en esa etapa –la adolescencia- en la que somos excusablemente olvidadizos y especialmente desagradecidos con aquellos que nos limpiaron los mocos y las cacas y, además, nos restañaron las heridas. Cuando me rompí el brazo por tres sitios y me enyesaron hasta la cintura en plan Robocob, convencí a Manuela para que me acompañara a dar una vuelta a la manzana, empeñado en que TODO el mundo (el mundo a esa edad era tan pequeño y confinado al YO como nuestro pensamiento) pudiera comprobar y admirar al guerrero sin antifaz vencido, que no derrotado, mostrando sus heridas con patético orgullo. Manuela siempre daba por buenas mis demandas de socorro, aunque no dejaba de soltar algún que otro comentario jocoso al respecto.
Cuando llegó el individuo gris de la constructora, le hizo a mi padre una oferta que no pudo rechazar y Manuela tuvo que marcharse de casa. La pela es la pela, sentencio mi padre – fumando sus eternos Ideales-, cuando le hice la ingenua pregunta de que seria de Manuela. Bueno, marcharse, lo que se dice marcharse, nos marchamos todos, aunque nosotros regresáramos a los tres años. Manuela no. Ella se quedó en un pisito de la Meridiana, un poco más olvidada todavía. Y presumía, la pobre de lo poco que necesitaba para comer y de lo bien que se las arreglaba, sola como estaba. Y como yo era un cobarde (y a veces podría ser un perfecto miserable), puede que negociara conmigo mismo algún signo de agradecimiento y le dedicara un par de visitas. Entonces, cuando la visitaba, sacaba el pote de Nescafé y una caja de galletas y las depositaba, satisfecha, sobre la mesa. Pero, sobre todo, me ofrecía sus recuerdos convertidos en migajas. Y esas escasas veces no encontraba el momento de irme, de huir de aquello que ya era un recuerdo molesto.
En una de esas escasa visitas, recuerdo que me contó algo que consiguió estremecerme. “Cuando me pongo mal – me dijo-, cuando me siento enferma, entonces salgo a la calle y me voy a pasear a dónde sea, porque así, si me pasa algo, si me caigo y me quedo tirada en la calle, al menos alguien me recogerá y me llevará al hospital, mientras que si me quedo en casa me encontrarán muerta al cabo de un mes, como un pajarito disecado.” Y lo dijo sin pestañear siquiera, señalándome la caja de galletas, vamos, cómete otra, ¡Qué buen mozo que estás hecho!
Manuela fue durante muchos años la abuela que nunca tuve. Y ni siquiera fui a visitarla cuando se la llevaron a una residencia de ancianos en L’Hospitalet de Llobregat. Su vida fue un largo ejercicio de soledad. Aun así, todavía recuerdo cuando, de muy pequeño, me introducía subrepticiamente en su casa y gateaba tan despacio que parecía un caracol, para acabar trabándome entre sus piernas, dándole un susto de muerte. Pero Manuela por no ser, tampoco era rencorosa. Me hacía carantoñas y me preparaba siempre mi plato preferido: una tortilla de patatas. Cuando mi madre la visitaba – pocas veces, es cierto, hay cosas duras de tragar- me contaba que a veces la mirada se le quedaba sin tiempo, como rebuscando entre los estragos de su tullida memoria, y entonces preguntaba por mí: ¿Y el Arturete?








