Enriqueta al otro lado del espejo

Andaba divagando este cronopio, meditabundo y cabizbajo, aquejado de un leve ataque de esperanza, cuando, sin apenas darse cuenta, atravesó una de tantas fronteras que lo circundan.

Y lo que vio le gustó mucho. ¡Vaya! Que quedó absolutamente fascinado por un mundo mágico y sorprendente que nunca hubiera imaginado que pudiera existir.

Y este aprendiz de cronopio corrió dando saltitos, convertido en una torre de ajedrez con tablero cronopio (con lo fácil que hubiera sido siendo uno de los dos caballos) a investigar e indagar acerca de la identidad del autor de tan fantástico mundo. Preguntó allí y allá, sobornó a porteros y mercaderes, buscó en googel y hasta hizo señales de humo encendiendo una hoguera en la terraza de su casa.

El resultado fue inevitable. Los famas lo detuvieron y encerraron en un calabozo de queso. Pero como los famas eran malos y cenizos pero también un tanto perezosos, eligieron para su encierro un queso de gruyere, a las primeras de cambio se coló por uno de sus agujeros y, finalmente, cuando ya casi había desistido de su búsqueda se encontró, nada más y nada menos que con la novia de su peluquero. Su peluquero que, muy listo él, había huido cuál Ulises a la Mediterránea con un bajel repleto de esperanzas y de un buen montón de polizones.

De tal guisa, este aprendiz de cronopio se encontró con Enriqueta al otro lado del espejo... Jugando con un sinfín de criaturas indescriptibles, un montón de delicadas “miniaturas” componiendo un carnaval repleto de personajes tan maravillosos que parecían extraídos de la antigua comedia italiana: arlequines con trajes de cuadros o rombos, aristocráticas torres saludando cortésmente, simpáticas y divertidas torres yéndose de picos pardos fuera del tablero, volátiles danzarines sobre hermosas peanas, juguetones alienígenas con sus diminutos platillos volantes, nubes suspendidas en el sueño de un tren a toda marcha. Grandes ojos. Sí, en definitiva, ojos encendidos que le miraban desde el otro lado del espejo...

- Veo, veo... dijo entonces este aprendiz de cronopio.

- ¿Qué ves?- le respondió Enriqueta.

- Veo un carnaval dentro de una vitrina imaginaria, una naranja que cambia de mano. Veo a Lewis Carrol diciéndole a Enriqueta:

- Primero quiero que me digas en qué mano tienes la naranja.

- En la derecha -contestó Enriqueta.

- Ahora- dijo Carroll- fíjate en el espejo y dime en mano tiene la naranja la niña que ves en él.

- En la izquierda- dijo Enriqueta.

- ¿Y cómo se explica eso?- le preguntó Carroll. Enriqueta se quedó dudando, pero al fin dijo:

- Si yo estuviera al otro lado del espejo, ¿no es cierto que naranja seguiría estando en mi mano derecha?

¡Bravo, mi adorada Enriqueta! - exclamó Carroll - ¡Es la mejor respuesta que he recibido hasta el momento!

Y de la emoción este cronopio dejó de ser aprendiz y atravesó también el espejo para convertirse en un majestuoso alfil. Parecía un avión a chorro cruzando ¡ZAS! El tablero de un extremo a otro gritando ¡Jaca Mata! ¡Y no veas los relinchos del caballo que de jaca no tenía ni el nombre!

ENRIQUETA LLORCA Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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