La España particular de Edgar Neville

En el prólogo del libro surge una imagen poderosa, que define bastante la publicación: Es la de un orondo Edgar Neville, grande en todos los sentidos, que se ha desplazado a Londres para comprarse un cochazo con nervio, un Aston Martin, y regresa conduciéndolo a Madrid. No debió hacer una única vez el recorrido de Irún a Madrid –sobre todo ese- y es así entonces que, conduciendo su Aston Martin, durmiendo en buenos hoteles, y comiendo en los sitios que tenían fama de servir buenos manjares, y de tanto en tanto dándose el paseíllo de rigor por la ciudad o el pueblo de cada etapa, recopiló el suficiente conocimiento como para escribir a vuelapluma este librillo de consejos a la raza –poco abundante entonces o, mejor, muy restringida- de viajeros por España.

Al principio de su lectura tiene uno la impresión de haber encontrado una especie de “Castilla para viajeros y lectores en casa”, actualizado en 1957, que es cuando lo escribió. Pero pronto se diluye esa impresión, dando paso a otra, también agradable, de haber dado con los consejos de un amigote viajero, que han quedado impresos y más o menos ordenados. Como tal, contiene los tópicos que aparecen en una conversación superficial cuando alguien va o viene de un sitio determinado y -¡ay!- los consecuentes disparates. Por el libro, sin que ningún corrector levante una ceja, sale, por ejemplo, un San Feliu de Llobregat (por Guixols), se sitúa Port de la Selva al lado de Vidreras, se habla de la calle de San Fernando de Barcelona, o –en la misma ciudad- de los palacios de la calle Montesa (sic). Y los errores, soltados sin desparpajo, no están sólo cuando se habla de Cataluña. Por Extremadura, por ejemplo, aparece mencionado un palacio que en realidad fue convento, y así.

Es un libro raro, porque parece surgir de unos folios escritos para dar dos o tres orientaciones a unos amigos extranjeros que vengan por aquí, pero al tiempo, por lo que se lee, tenía voluntad de ser reeditado, y actualizados sus mínimos datos (básicamente sobre hoteles, restaurantes y el estado de las carreteras, con capítulos sobre vinos y flamenco) en sucesivas ediciones. Lo que sí está claro es el marrón con el que se ha encontrado el encargado por el editor para ir poniendo si aquel famoso restaurante u hotel de 1957 sigue existiendo. Las notas a pie de página dan fe de que ha consultado una guía de hoteles y restaurantes actualizada, pero poca cosa más, y de que no contaba personalmente con gran conocimiento sobre la historia local de la época. Un ejemplo: Neville habla, en Barcelona, del Parellada, y el pie de página explica que no se ha encontrado ningún restaurante de este nombre, aunque sí uno que se llama “Senyor Parellada”. Es decir, que el trabajo editorial, laudable por presentar esta rareza, y por el esfuerzo desarrollado en una edición cuidada, por otra parte echa bastante por tierra otra posible salida muy interesante para el libro, que sería servir de fondo histórico básico sobre los hitos turísticos de los años 50, quedando esa salida sólo parcialmente lograda.

Sirve también el libro para colorear un poco más el retrato de Edgar Neville, más allá de los dos o tres trazos que del eminente escritor y realizador cinematográfico (baste recordar sus radiantes “La torre de los siete jorobados” –recientemente editada en un pack-, o “El último caballo” –a ver si sucede otro tanto-) suelen pintarse en las pequeñas biografías, como su amistad con Chaplin, su lío con aquella actriz, etc.

Se confirma que Neville era un tripón de cuidado, de los que trazan viajes pensando en comer (“Bueno es antes de salir de Segovia telefonear a Sepúlveda, para que lo tengan preparado” –dice pensando en el lechazo-; siempre sugiere una visita a tal población donde, de pasada, “comerá admirablemente”; etc…). Y se confirma también que era un bon vivant en todos los aspectos del término (“sitio perfecto para pasar un fin de semana, o incluso varios días, si va uno bien acompañado”, dice, con la voz de la experiencia, sobre un sitio algo apartado).

Y, fundamentalmente, queda clara su faceta de aristócrata y ricachón que se ofrece todos los placeres, y presto a decir y hacer las mayores animaladas sin temer ser reprendido por nadie. En su paseo por Andalucía habla literalmente de la “aristocracia democrática sevillana”, despacha con una frase ciudades admirables, o comete y sugiere la animalada de ver Écija sin bajar del coche (o Carmona).

Demuestra ser, además, en esta faceta, un fardón incorregible, que de tan facha provoca la risa, un poco como hacía el famoso Tito B. Diagonal. Suya es esta frase en medio de un capítulo: “Se puede visitar si es uno amigo del dueño, el marqués de Quintanar, persona en extremo amable”. O en otro habla (¿qué tipo de país veía?) de una “cocina catalana a base de pescados y mariscos, en la cual las langostas y los langostinos son el ingrediente principal”. O deja claros, como de pasada, ahí sí fardón irremediable, unos pocos datos para que el lector calcule fácilmente que, con su coche, él obtenía “como un paseo” un promedio de 100 Km/h, en esas famosas endiabladas carreteras españolas de la época, que se convierten en otras de las protagonistas.

Pero hay que reconocer que, en medio de todo eso, dice unas cuantas frases magníficas sobre algún detalle de Castilla, o suelta sentencias de un lenguaje tan acertado como ésta, digna de las páginas gastronómicas de “La Codorniz”: “El bacalao en sí, sin adobo, sabe a viejo corsé”.

Edgar Neville. “Mi España particular”. Ed. Reino de Cordelia, 2011.

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