¿Quién tendrá ahora el reloj de la confirmación del padre de Ingmar Bergman?

Me he pillado el pack de Wanda con tres DVD sobre el Ingmar Bergman último. Uno de los discos contiene esa extraordinaria miniatura con la que se despidió dando un do de pecho, “Sarabanda”. Pero he escogido ver en primer lugar “Bergman y Faro”, uno de los tres “documentales inéditos” que anuncia la contraportada.

Tenía ganas de ver la isla desnuda en que se refugiaba este hombre para pensar, y en muchas ocasiones realizar, sus películas, desde que rodó allí “Persona”. Luego Faro casi no aparece, pero es igual, porque quien aparece hablando es Bergman en 2004 (murió en 2007), y eso compensa todas las ausencias de imágenes que inicialmente buscaba.

De su vida en Faro explica, sí, unas pocas cosas. Una de ellas, nada más empezar, su rutina diaria, “para no ser vencido por el caos”. Aparece también su cine -primero establo, luego estudio cinematográfico, finalmente cine-, en el que celebraban cada año su cumpleaños con el pase de “El circo” de Chaplin, y donde se veía prácticamente una película diaria: estaba al tanto de todo lo que se estrenaba. Y su casa, una casa diseñada por su arquitecto, para el que él “dibujó y escribió todo lo que quería”. Por ello salió un enorme salón con ventanales dando al mar, que tiene como elemento primordial una chimenea que vio en una película rusa. Sentado en un mismo espacio de la enorme chimenea encendida, dice ver a través de las ventanas tormentas de nieve y el mar, o ponerse a meditar hasta que amanece en noches de insomnio.

Pero si se hace sobre todo interesante este documental, rodado, por lo demás, de una forma bastante burda, es por poder ver y oír hablar a Bergman sobre sus padres, sus hermanos, sus miedos, su última mujer, su carácter, sus demonios…

Las reflexiones que hace sobre la muerte son, en este sentido, esenciales. Una reacción en una operación que sufrió le redimió de sus temores durante mucho tiempo, pues llegó a pensar que solamente “eres una luz que se enciende y luego se apaga”, nada más. Pero la muerte de su mujer Ingrid le planteó un problema grave: No la volveré a ver más, pensó. Pero se dio cuenta que allí, en Faro, la presentía constantemente, lo que le hizo cambiar su forma de pensar: “(Ahora) doy por sentado que me voy a encontrar con Ingrid, y he eliminado por completo la pesadilla de no volver a verla”.

Por cosas como ésta, y por ver cómo enseña el reloj que le regalaron a su padre cuando, a los diez años, hizo la confirmación, merece la pena ver “Bergman y Faro”, donde el realizador, después de mencionar sus demonios menores (Orden, tranquilidad, Armonía), que dice exigía en todos sus rodajes y ensayos de obras de teatro, se auto excusa diciendo que, en el fondo, todo eso para su profesión, junto algo de alegría, iba muy bien.

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