Postalitas

Me abrió el camino un amigo.
- Como no puedo irme con alguna de las obras que me han gustado –me dijo-, siempre que voy a un museo me compro alguna postal. Nunca alcanzaré para obtener una de esas grandes obras, pero al menos tengo una colección de postales sobre ellas, que a eso sí que llego.
Desde entonces, no hay museo o galería que visite en los que, al salir, no mire si venden postales, y en los que me compre las que reproducen los cuadros que más me han impresionado. Antes también lo hacía, pero no de la forma sistemática y casi obcecada de ahora. La condición es clara: no se trata de hacerse con el cliché, con lo super-conocido, sino que se debe tratar de alguna postal que atraiga, que guste observar. Por lo que sea… El caso es que, de resultas de eso, poseo ya una colección nada despreciable, sobre todo de postales, o de cuadros de pintores bastante desconocidos, pero también, por ejemplo, postales de un porcentaje nada despreciable de los muchos auto-retratos que hizo Rembrandt.
Guardo las postales en ficheros (dos –ahora pidiendo ampliación-, para el tamaño standard; un tercero para las postales que se salen de madre). En teoría, clasificadas por artista (clasificación que, como todas las clasificaciones, tiene sus peros), lo propio sería revisarlas de vez en cuando, pero lo cierto es que la revisión casi sólo tiene lugar cuando te ves en el siempre engorroso proceso de colocar nuevas postalitas en su sitio.
De hecho, tuve una temporada fuerte previa, en eso de las postales, de adolescente. La idea de origen era potente: De cada sitio al que fuera me tenía que enviar a mí mismo una postal del lugar. Así, iba, por ejemplo, a Seva. No podía marchar del pueblo sin que encontrara y comprara una postal, fuera al estanco para comprar un sello, buscase un buzón y, antes de dejar atrás el pueblo, escribiera la postal y dejase depositado el mensaje en el buzón.
El mensaje, recuerdo, era siempre el mismo, ya entonces con un cierto ritintín de tener superada la forma y el mensaje. Más o menos algo así: “Desde este bonito pueblo, te envío muchos recuerdos, Juan Manuel”, y colocaba una raya por abajo como firma.
Pero la idea era, como digo, fuerte. Una especie de diario de movimientos. Acabé, claro, cansándome –y más familia y amigos- de tener que buscar sitios de venta de postales y sellos, y de encontrar los buzones. Pero también es verdad que era una forma nada despreciable de conocer a fondo los sitios y su funcionamiento. Se encontraban entonces aún postales “auténticas”, de esas de toda la vida, que se habían quedado, por desidia, en el fondo de un cajón, o acumulando polvo en un exhibidor. Ni que decir tiene que eran mis preferidas.
La idea original se tergiversó algo cuando gente allegada supo que yo hacía colección de postales (no sabían que eran ESE tipo de postales, de ESA forma, de ESE remitente) y empezaron a mandarme ellos también desde lugares entonces totalmente exóticos. Y ese exotismo era lo que compensaba la tergiversación de la idea. No estaba nada mal recibir postales de los puertos en los que recalaba mi tío segundo Fernando –a la sazón capitán de barco mercante-, por ejemplo…
Parece que las postales de vistas fueron objeto de una moda explosiva a inicios del siglo XX. Son esas que aún se encuentran en mercados de viejo, con el nombre de la ciudad y el emplazamiento en el propio anverso. Los surrealistas, por ejemplo, eran muy aficionados a comprárselas, enviárselas, etc.
De las otras postales, de las reproducciones de obras artísticas, yo diría que estamos ahora en un momento de bajón, y no sólo por la irrupción de todo lo digital. Cada vez las tiendas de los museos van adquiriendo más relevancia, pero cada vez, modernas cacharrerías llenas de regalos sofisticados, es más difícil encontrar en ellas lo que antes era casi su único producto: las postales de la colección. También, cuando existen, su precio sube hasta plantearte si realmente has de acabar comprando todas las que te gustan o debes comprar únicamente las dos o tres más relevantes.
Lo mismo pasa con las postalitas de vistas, de ciudades. Basta pensar en las de la misma Barcelona, la Costa Brava, etc. Parece que todas deban ser vistas espectaculares, de un tipismo que irradie, y a precios “de artista”. En cambio, he disfrutado recientemente en Oporto, viendo que las postales de vistas, y no digamos ya las de museos, olvidadas aún más que esos mismos museos que –sin visitantes casi- guardan esos tesoros, costaban diez, máximo 15 céntimos la unidad. Por ahí puedo incrementar sin problema mi colección.

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