Maria Rodés, cuando ya

Viéndola y oyéndola con su grupillo en el Apolo 2 barcelonés, a donde ha ido a presentar su disco “Una forma de hablar”, entornas los ojos y dejas ir por un instante la mente, bien acunada por las musiquillas que van surgiendo desde la atiborrada plataforma, imaginándotela en un futuro próximo, cuando ya haya perdido su actual miedo escénico, su simpática falta de destreza para moverse por el escenario, para enfrentarse a los diferentes instrumentos electrónicos, para dirigirse al público sin ese sonsonete final de “y ya está” del que ella misma se arrepiente y burla.

Para entonces quizás haya olvidado ya ese conjunto de tejano y traje (tan protector él, tirando atrás cualquier eventual asomo erótico de la audiencia) que acarrea esta noche en la actuación. En esa época futura quizás vaya vestida de forma aún sencilla, pero elegante, sin ocultar ni su cuerpo ni todo lo que de forma inconsciente quiere ahora ocultar tan desafortunadamente. Pero tanto su rostro como sus canciones puede que se hayan entonces endurecido, y su suavidad actual, su verdad, pueden llegar a desaparecer. Con lo que no estoy muy seguro de que salga ganando, en ese caso, con el cambio.

Porque, tal como ahora resulta, la actuación de María Rodés, a la chita callando, obtiene unos enormes rendimientos, impensables repasando objetivamente la suma de sus elementos, y sería una lástima que se perdieran.

Y ni a la chita ni callando también, porque se da la circunstancia de que Maria canta, y da la impresión de que sus canciones (e incluso las que no son suyas) dicen un montón sobre ella. Introduce una canción de su último disco, “El escondite”, dando una descripción genérica, poco arriesgada por evidente, sobre todas las piezas que crea e interpreta: que son muy cortas, dice, y es verdad. Pero la letra explica en realidad algo más, en plan mentirosa coraza protectora: “Mis canciones son fugaces. Cualquier amago de sinceridad es fruto de casualidad...”.

Hasta música de paso de semana santa; toquecillos elementales pero resultones a lo Pascal Comelade; voz susurrante o aguda, pero siempre clara; dúos y sonidos repetidos por ese nuevo procedimiento técnico tan vistoso accionado por una palanquita del suelo, que graba y emite lo inmediatamente anterior; choques con los diferentes micrófonos; algún involuntario petardo o estallido electrónico (“Ho sento!”); o finales que sorprenden por lo bruscos que resultan. Todo ello y más se va sucediendo en su actuación, que va paulatinamente calando. De tanto en tanto, un avance rockero sorprende, dada la fragilidad del personaje. Y en ocasiones ella, al acabar la pieza, no sabiendo qué hacer con sus manos, llega a aplaudir también, como una más del público, arrastrada por la corriente.

Pero poco a poco va convenciendo mediante unos acordes de consecuencias perfectamente investigadas, que imagino que ensaya repantingada o bien encorvada sobre su guitarra en un sillón de su habitación. Y unas letras muy pensadas, escritas y re-escritas –para la imagen- en su escritorio: “A lo mejor será mejor enloquecer, y así perder cualquier razón”.

Canta en inglés, catalán, francés y –el idioma en que mejor, con más soltura, lo hace- en castellano. De repente, ella sola, acompañada de su guitarra, canta en inglés, con voz diferente, una preciosa versión de “Qué será, será”. He encontrado en Youtube una versión, posiblemente sin el duende que destiló de ella en la oscuridad del Apolo 2, pero para dar una idea puede servir:

 

http://www.youtube.com/watch?v=bjbSjVT655Y&feature=related

 

También, esta vez en catalán, se arranca con una canción de su acompañante al bajo y diversos instrumentos –un nombrado pero atípico ukalele, otros indescifrables-, que convenció como ninguna otra a Negro, quien fue conmigo a la sesión. Una canción ésta –y no podía ser de otro modo- que habla tanto o más que las suyas propias de esta cantante y compositora tan especial, que siempre se ofrece en profundidad, aunque amagando la jugada.

 

 

 

 

 

 

 

De tanto en tanto me recuerda a la que estoy convencido que debe ser su madre, cuando tenía dieciocho años. Ésta era la más callada y discreta de las hermanas, pero desde el fondo de la pista lanzaba un drive lleno de potencia. 

La foto de bcnconcerts, que no indica el nombre del fotógrafo, es de Nestor Noci.  

Información Adicional