Martí Boada nos acompaña al origen del halcón peregrino del Banco Atlántico

Llega con la boina calada, y no se la va a quitar en toda la mañana. Precisa que se trata en realidad de una boina vasca de gaucho, que tiene la misma forma que la chapela, pero que resulta bastante diferente.

Luego nos adentramos sólo un poquito –físicamente- por la Vall d’Olzinelles, pero en realidad y mentalmente, al menos para mí, visto en retrospectiva, ha sido como si nos adentrásemos en la selva tropical. Y eso que estábamos a sólo 50 Km de Barcelona. Se veía y oía de tanto en tanto la carretera de ahí al lado, y pasábamos junto a cosas aparentemente anodinas, del montón, hasta que Boada, que quería dar un ritmo tranquilo al paseo, se paraba ahí atrás, y nos hacía retroceder para ver con otros ojos a ese tronco medio podrido tirado por el suelo, esa roca al margen del camino, unas marcas del terreno, etc.

 

 

 

 

Total: que Jacinto Antón, al que leo esas crónicas de El País con tantos ecos de libros de aventuras, habría vuelto del paseo con material de sobras para varias crónicas. Yo, personalmente, he aprendido un montón, y ya puedo olvidarme de la referencia esa de los cursos de coprología en Tanzania, porque esto ha sido muy superior.

Por la parte sonora, lástima que tenga un desastroso oído musical, porque, si no, habría vuelto con unas cuantas tonadillas en los oídos bien registradas, correspondientes a todas las aves del lugar. Aún así, me ha quedado clarísima la diferencia entre lo que es el “canto” de un pájaro, que utiliza para dar un “aquí estoy yo” cara al apareamiento, y lo que es su “voz”, que suena constantemente como alarma, para avisar a los de su especie de que por ahí cerca rondan unos cuantos paseantes entrando por su mundo con intenciones confusas. Y que no se oyen cantos en invierno, pero sí voces...

Entre las voces de alarma (“Aquí están, aquí están,...”), correspondientes al Gaig (Arrendajo), queda constatada la leyenda de su intervención en la huida a Egipto, y del mal fario correspondiente de la Virgen María: Cansados, huyendo hacia Egipto del decreto de muerte a los primogénitos lanzado por Herodes, María y José se refugian por la noche, exhaustos, en una pequeña cavidad al borde del camino. Cuando se acercan los soldados, el arrendajo empieza su acusadora letanía (“aquí están, aquí están, aquí están,...”), poniendo de los nervios a María, que les lanza un mal fario en forma de verso, que no puedo reproducir entero, porque no lo he encontrado en San Google, y del que puedo poner tan sólo el trozo que recuerdo, a sabiendas que falta por lo menos un verso:

Gaig lleig,(...)Per molt que mengis, No engreixeràs mai!

Poca broma, si se atiene uno a la pinta actual del arrendajo, todo piel y huesos... 

Por la parte argumental, una serie de historias casi increíbles, como la de esas especies vegetales que son pirófilas, es decir, a las que les gusta el fuego, del que se sirven. Como es el caso del pino que, haciendo autocombustión en la canícula los hidrocarburos que contiene, provocando un incendio en el bosque, lanza los piñones en dirección contraria al avance del fuego. Los piñones podrán crecer entonces en una zona sin competencia alguna, limpiada previamente de otras especies.

Una de las cosas divertidas del paseo, que te ratifican del interés de todo eso en que estás participando, es que Martí Boada, gran oráculo en esto del Medio Ambiente, echa pestes, más que razonadas, de toda esa gente que, diciéndose activistas ecológicos, se niegan a tocar ni que sea de refilón lo que dicen que es el medio “natural”, y se oponen, por ejemplo, a cualquier tala de árbol. A toda esta gente dirige una serie de puyas al corazón de sus creencias, a base de datos concretos, probados: 

- Eso de no tocar una hoja, lejos de ser bueno, es la mar de pernicioso: Es necesario talar árboles en el bosque, lograr una gestión sostenible del excedente. Precisamente, una de las cosas que está haciendo daño por las reservas forestales es la falta de ese ejercicio, manteniendo una superpoblación vegetal que provoca el mal vivir del conjunto. 

- A más bosque, más agua, nos decimos imbuidos por la corriente esa de lo correcto que nos lanzan sin razonamientos, como una cantinela irrebatible, los medios de comunicación. Pues bien: No siempre, y justo al revés por estos lares. Está probado, al menos en este entorno mediterráneo, que un exceso de elementos en el bosque provoca una disminución consecuente del volumen de agua de la cuenca. Y esto ha pasado en los últimos tiempos en cuencas tan cercanas como la del Ebro, en la que la cabecera ha dejado ir mucha menos agua estos últimos años que los previos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

- Hay gente que cree contemplar un crimen si se tala un árbol, pensando que con eso se está asestando una puñalada mortal al bosque, sin darse cuenta que muchos de esos árboles los ha plantado la mano humana, sin que viniera a cuento, un par de generaciones antes. Por la Vall d’Olzinelles las tierras más bajas, con la apariencia actual de bosques, suelen corresponder a plantaciones de árboles para producir madera, una vez ya abandonada la idea de cosechar, por ejemplo, cereales. 

- La existencia de algún árbol “que no toca” en la zona se debe, en ocasiones, a cosas tan peregrinas como su precio de venta en el mercado, que hace al payés decantarse por la especie más barata. Dado ese origen tan azaroso, ¿por qué oponerse luego a la tala de un ejemplar de esos, como si  se estuviese cometiendo un crimen de lesa majestad? 

- Lejos de la idea dominante de que el bosque está en retroceso, la superficie de bosque está en realidad en continuo crecimiento. Parte de este crecimiento procede de plantaciones y otros terrenos cuya explotación ha sido abandonada. Un hito de la excursión es la visita a las apenas entrevistas ruinas de una casa de campo, en activo hará tan sólo unos 70 años: El bosque ha invadido casi todos sus restos, ocultándolos.

 

 

 

 

 

 

 

El consumo energético per cápita y año, dice Boada, se puede evaluar en unas cinco toneladas de bosque. Desde que aparecieron por las casas las bombonas de butano y otras fuentes de energía similares, toda la economía derivada del bosque se fue a freír espárragos. Desde entonces, y a la espera de ver cómo deriva la crisis del petróleo y de otras fuentes de energía, todas las políticas salvacionistas tienen un éxito más que discreto, cuando no cosechan sonoros fracasos. En el Parque del Montnegre y del Corredor, por ejemplo, existía una pareja de halcones peregrinos. Todos los esfuerzos para conservar ese rasgo de vida natural fracasaron. La misma política de preservación y de incitación de la visita al parque como reducto natural, el cambio de usos ante la muerte de la explotación agraria y ganadera, ha hecho que la pareja de halcones, viendo que se le acababa la tranquilidad y su fuente de suministro alimenticio, emigrara. El mazazo a los delicados exegetas de la vida natural, que no tienen en cuenta sus componentes económicas es enorme: La pareja fue a instalar sus reales en la cima del Banco Atlántico, en el cruce barcelonés de la calle Diagonal con Balmes. Boada explica de tal forma el razonamiento de rendimiento económico de los halcones que se hace evidente la ventaja del cambio de morada. Allá en lo alto del rascacielos tienen una visión magnífica, sin impedimentos, y les basta un sencillo vuelo horizontal para alcanzar –dice- su bistec, en forma de patosa y carnosa paloma...

Pero la impresión que más me ha quedado del paseo por el bosque es la de que sigue lleno de vida, hasta el punto que, en una visita al día siguiente, para enseñar a Teresa lo que había aprendido y podía más o menos recordar, entrando por el sot que conduce a la fuente de l’aranyó, urbanita perdido que es uno, y con muchas películas en la mollera, he llegado a sentir auténtico pánico de una hipotética envestida de jabalíes, como si se tratara de manada de búfalos, dejándonos harto destartalados. Tanto es así que he dado un buen respiro cuando he visto el precioso almez (lladoner) florido, signo inequívoco de regreso a la civilización.

Porque –eso me ha quedado claro, al apreciar todas las huellas en las que nos ha hecho reparar Martí Boada, cual explorador entrando en reserva india de película de John Ford conduciendo a unos cuantos inútiles productos de West Point- al menos la Vall d’Olzinelles está llena a rebosar de animales. Al margen de las numerosas aves ya citadas, que van lanzando sus alarmas ante nuestra pacífica invasión, hemos constatado la presencia de numerosos bichos de hasta considerable tamaño que no son nocturnos, pero que, pobres de ellos, se han visto obligados a vivir de noche por la amenazadora presencia de gente como nosotros. Boada señala las numerosas y muy marcadas pasadoras de animales que uno, en su ignorancia, había entendido como frecuentados caminos de humanos; las realmente visibles huellas de jabalíes por todos lados, medida su antigüedad por “rociadas”; las marcas en troncos caídos de pájaros carpinteros (el picot catalán, o pito verde, o negro,...) y, a lo bestia, en busca de las numerosas proteínas que suponen las larvas que están haciendo su trabajo de descomposición, las marcas de animales más grandes, como el tejón; las piñas roídas por unas ardillas que –al contrario de las de Regent Park- no se dejan ver por nada del mundo, porque hasta hace muy poco fueron objeto cinegético, como atestigua el famoso arròs amb esquirol; o incluso, de tanto en tanto, hemos sido inducidos a apercibir el fugaz aroma de un zorro.

Por último, hemos aprendido que visitar el bosque es también seguir una lección de historia, de historia humana, económica. Como dice Boada, el paisaje explica los cambios económicos. Y eso vale tanto por constatar lo que ha hecho el cambio energético con los bosques que tenían un uso integral (preciosa esa visión de esas supervivientes tinajas del siglo IX, para producir brea) como por llegar a saber cuál era el uso de la estepa borrera. No en valde, sin llegar a la clase práctica, hemos aprendido cómo se sacaban y colocaban en la mano las hojas, no viscosas, de esta planta, para su uso, mucho antes que Scotex o Colhogar cogieran prácticamente el monopolio del sector.

A Martí Boada me lo habían calificado, con un adjetivo de esos tan feos pero que han logrado una difusión enorme últimamente, de “mediático”. Vamos: que sale mucho en la tele y en los diarios. Quizás por mi interés a priori más bien bajo por las cosas de medio ambiente, pese a que practico una y otros, yo me mantenía sin saberlo... La reflexión que me hago al respecto es clara: si hay varios personajes mediáticos como éste, quizás no todo esté perdido...  

 

 

 

 

 

- Su pagina personal, pero con fotos sin –¡ay!- boina es ésta: http://www.martiboada.com/ 

- Las dos fotos suyas incluidas, visto que las referenciadas en su página personal tienen todos los derechos reservados, son una de jornal.cat y la otra, sacada en una sala del Institut d’Estudis Catalans, es de Pau Alegre, y procede de la web de la Societat Catalana de Geografia (http://scg.iec.cat/Scg9/Scg90/S98401.htm) 

- La fotografía del tronco caído, con las marcas del pájaro carpintero (derecha) y de otros animales ya de orden superior, como el tejón (izquierda), y la foto de las tinajas productoras de brea, son mías. 

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