La bomba de Can Lluís
- Detalles
- Categoría: Días de libros, música, cine y vino
- Publicado en Martes, 15 Marzo 2011 20:03
- Escrito por J.M. García Ferrer
- Impactos: 128

Hay ocasiones en que, a mitad operación, de repente, te dices que había valido la pena ponerte a leer un determinado libro, o haber ido a ver una cierta película. En mi caso, estas ocasiones llegan siempre porque el libro o la película ha obtenido un momento de esos que decía Marcel Ophuls que eran su principal objetivo a lograr con respecto a la gente que iba a ver sus films: “hacerlos sentir, hacerlos reír o llorar”.
No hace falta, para ello, que el libro esté maravillosamente bien escrito, o que la película goce de una puesta en escena exquisita. A mí me basta con que trasmita, a su manera, un cierto aire de realidad. Si lo narrado tiene, además, poder emotivo, todo está hecho.
En el caso que nos ocupa, la escena anotada para siempre en mi memoria tiene lugar en el último tercio de “La bomba del liceo”, la última película (2009) de Carles Balagué. Y no pasará nunca por las escuelas de cine debido a su realización, los alumnos de los ahora frecuentes cursos de realización de documentales creativos no la tendrán nunca como referente. Hablando en plata: a mí me ha gustado porque hace referencia a un sitio que conozco pero del que no conocía este aspecto y, desde luego, por lo que ha explicado el narrador del suceso al final, que me ha llegado a donde tiene que llegar.
¿Quién no conoce en Barcelona Can Lluís? Por los años setenta era, como otros ya desaparecidos, o como el aún existente y últimamente relanzado Agut de por Correos, uno de esos locales entrañables en los que se podía comer bien, a menudo en mesa corrida, a precios moderados.
Can Lluís es el protagonista de la escena. La cámara nos muestra un plano general del local (todo lo general que permite su escasa superficie) y otro plano de detalle: un pequeño círculo metálico en el suelo, que parece indicar que ha tenido que suplirse el pavimento original de la zona. Quien narra el asunto a la cámara es el actual dueño y gerente del restaurante de la calle de la Cera. Y, más o menos explica lo siguiente:
Son los años cuarenta. En una mesa para cuatro personas del local están, por un lado, dos hombres -uno mayor y otro más joven. Por el otro, en las sillas de enfrente, una mujer joven y su pequeña hija. Se disponen a comer cuando, desde la puerta de la calle, entra un confidente de la policía que señala a esa mesa, indicando que el joven es el que están buscando. La policía ata con unas manillas a los dos hombres. En ese momento, la joven se levanta de la mesa y se dirige hacia donde tiene colgado su abrigo, de donde saca una granada de mano, que hace estallar en el local. A continuación tiene lugar una ensalada de disparos de la policía y resultan muertos tanto la mujer como los dos hombres, y heridos los que llevaban entonces el restaurante, familiares directos de quien narra el suceso, que fallecen al día siguiente.
Pero hay más. Hará unos cinco años, una mujer le pregunta al dueño actual de Can Lluís si sigue teniendo el restaurante en la parte vieja de la ciudad, y si podría visitarlo. Él le enseña con detalle el local y ella, fijándose en la mesa de los hechos, se pone a llorar y echa a correr sin que la puedan detener: Era la criatura que allí mismo, de esa forma, perdió súbitamente a sus padres.
Can Lluís era el restaurante vecino a la última casa donde vivió Joaquín Jordá. Con él han sido las más repetidas visitas de la última década. Íbamos allí o, cuando estaba cerrado, al otro restaurante que los dueños tienen en la Ronda de Sant Pau, pero que no acaba de ser lo mismo. Él era un habitual del sitio. Hablamos de las experiencias de cada uno con local, pero nunca salió a relucir el asunto, que en boca de Jordá, narrador extraordinario, habría subyugado.
La próxima vez que vaya a Can Lluís, me fijaré disimuladamente en el suelo.








