Josep Ramoneda y Gervasio Sánchez se preguntan sobre la distancia justa en el fotoperiodismo

Ha sido en el auditorio de Caja Madrid, en la plaza de Cataluña de Barcelona, este miércoles 9 de marzo. A Gervasio Sánchez se le nota nervioso, con aires de tener claro lo que debe hacer, pero como cansado de algo que debe ser ya un continuo sinfín. A Ramoneda, por su parte, se le ve un tanto abrumado, quizás por ser él ya casi el único que sigue planteándose en público las preguntas que se han de plantear, sin que nadie responda.

Y, aún dentro de esta atmósfera llena de desasosiego, asistiendo a esa charla con deslices, excesos y algún traspiés, uno sale de la extraña sala (que no deja ver a la mitad del público la otra mitad) con la sensación de que han dicho unas cuantas cosas para retener. Cosas no sólo sobre el fotoperiodismo, sino sobre el periodismo y los medios de comunicación en general. Recreo por aquí alguna de esas cosas.

 

Lo primero es la exteriorización, por parte de Ramoneda, de una reflexión asentada en la constatación: La imagen (fotografía, televisión) ofrece aún una sensación de veracidad que no ofrecen otros medios. ¡Yo lo he visto, ergo es verdad! Es la palabra todavía la que está asociada a la persuasión, el engaño. No en balde, hasta el momento, los últimos grandes genocidios han sido provocados por la radio. Y lanza una pregunta: ¿Habría sobrevenido el auge del nazismo sin la radio, mediante la que Hitler hipnotizaba a las masas? ¿Sería posible hoy en día, con las imágenes de la televisión? Gervasio está de acuerdo con la aseveración, y recuerda, reforzando la idea, que el genocidio se perpetró en Ruanda, en un breve espacio de tiempo, espoleado desde la radio.

 

Otra es la mención, quizás ya fatigada, de Gervasio Sánchez, en el sentido de que un periodista no debe comprometerse, que el periodismo es ya en sí compromiso. Y que si un periodista no es capaz de sentirse solidario, conmovido con la víctima (siempre la protagonista con la que hay que estar), nunca podrá ser un buen periodista. Como Libia acapara -no sabemos por cuánto tiempo- las primeras planas de los periódicos y las primeras noticias de la televisión, se lamenta de ciertos jóvenes corresponsales, muy inexpertos (aunque eso se cura) que acaban dando la impresión de que los protagonistas, finalmente, son ellos, y que la noticia es que ellos se encuentran precisamente allí, trasmitiendo la noticia. Una noticia, por otra parte, que hoy en día los periodistas deben buscar totalmente enmarcada en las instrucciones del medio para el que trabajan, y que luego verán completada, bajo el amparo de su nombre, en los periódicos o incluso en la televisión, con cosas que ellos nunca han trasmitido, impunemente.

 

 

Otro tema surge como un exabrupto, quizás ya por acumulación de pesadumbre. Un periodista señala estos días en la prensa que España ha dejado de vender armas a Libia. Gervasio Sánchez casi se sube por las paredes. La noticia que los periodistas nunca persiguen, dice, es la contraria: España vendía armas a Libia, cuando éste era un país que cumplía todas las condiciones auto-impuestas internacionalmente para el veto de la venta de armas a un estado. En los últimos años, en plena crisis, España ha triplicado la venta de armas por el mundo, mediante empresas con la financiación de todas las grandes instituciones financieras del país. Ésta es la noticia que nunca se publica.

 

Y, de fondo, siempre presente la cuestión de la distancia del fotógrafo delante de la desgracia, para que la foto siga trasmitiendo algo necesario, y no entre simple y llanamente en el morbo. Ramoneda ha iniciado la interesante cuestión mostrando sus dudas, que consigue que sean totalmente comprensibles por el auditorio. Habla de la famosa fotografía de la niña vietnamita huyendo desnuda quemada por el napalm. Posiblemente la foto abusó de la intimidad de la niña, pero esa imagen hizo mucho más por la finalización de la guerra que otras muchas cosas. Gervasio asiente, y llega entonces a exponer sus normas morales internas a la hora de hacer fotografías en un conflicto, y una de ellas es la principal: No publicar ninguna fotografía sin el consentimiento de las víctimas. Y cuenta el caso de la única foto que hizo sin tenerlo, a una víctima a la que luego ha visitado en varias ocasiones, y con la que continúa en contacto solidario: Era, comenta, la imagen que decía de forma inequívoca lo que quería trasmitir. 

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