Hitler habría detestado la Ópera que muestra “La Danza”, de Frederick Wiseman

Y eso ya es una buena cosa. Es conocido el interés de Adolf Hitler por la arquitectura, en un momento en que la dominante era, sobre todo, tope apabullante.

De hecho, se cuenta que, invadido París por las tropas alemanas, en su primera visita Hitler quiso ver su obra preferida, la Ópera de Garnier. Como había estudiado sus planos a conciencia, se los sabía de memoria, y en todo momento era consciente, con antelación, de qué le iban a enseñar.

Pero no creo yo que le hubiera gustado la Ópera que muestra en su película Frederick Wiseman. Baste decir que la imagen prototípica del edificio, esa ornamentada fachada, dominada por una cubierta de cobre, no la enseña hasta el final, y un pelo de refilón. E igual pasa con la famosa escalera monumental, o con la fastuosa sala de butacas.

 

 

 

 

 

En vez de eso, Wiseman se dedica una y otra vez a enseñar las auténticas tripas del edificio: sus pasadizos de servicio o de circulación, sus escaleras secundarias, ascensores,... Incluso, en un momento, sube hasta el terrado, donde nos descubre nada menos que la explotación ¡de una colmena en plena actividad!

 

 

 

 

 

 

 

Y sí que enseña escenas de la representación teatral final, tanto en la misma Ópera de la Place de l’Opéra como, sobre todo, en la moderna Ópera de la Bastilla, pero, la verdad, viendo lo que se ve –unos vestuarios horrorosos, una danza contemporánea dudosilla, etc.-, en mi opinión hasta se lo podía haber ahorrado. Se concentra, eso sí, en el arduo trabajo de ensayo de todo tipo de danzarines, derrochando energía por diversas salas en las sesiones preparatorias en que un profesorado, que por lo general ya ha pasado largamente su época de bailarín, intenta corregir uno u otro movimiento a los más jóvenes bailarines, que ponen toda su voluntad y disposición en lograr una pieza perfecta. Pero no sólo es ese el trabajo de los miembros del ballet de la Ópera de Paris el que, repetidamente, ofrece la película de Wiseman. Con la misma intensidad nos ofrece reuniones o llamadas atendidas por la gerente del ballet, o, las más de las veces, gente que limpia suelos, pinta paredes o intenta reparar algo por uno de esos recovecos que van haciendo de interludio visual y sonoro entre las muestras de las sesiones de ballet o de la gestión del Centro.

Esas son las imágenes que restan en la retina: uno u otro plano fijo de un pasillo o una escalera de servicio con, en off, los ruidos de gente circulando, o en su trabajo. Cuando no la imagen de los subterráneos del que parece ser un gran barco, en travesía en medio del océano. Un océano que se ve constituido, en otras escenas con una luz increíble, por el magma de los tejados de París.

 

 

 

 

 

 

 

Basta con ver a esa bailarina que intenta, ella sola, sin la presencia de sus maestros o compañeros, sin ni siquiera el omnipresente acompañamiento de piano, ensayar con perseverancia unos pasos del ballet que se le resisten, para comprender que está extraordinariamente bien que “La Danza” (La danse – Le ballet de l’Opéra de Paris, Frederick Wiseman, 2009) pase por nuestras carteleras. Es, sin duda, una película a ver por toda persona que tenga vocación para ese tipo de baile. No creo que deba recomendarse, no obstante, a otro tipo de público más general (que puede agobiarse a la 22ª sesión de ensayos), si no se trata de aficionados al cine como yo que, por fin, pueden ver una película de Wiseman, y sacarlo de ese apartado rincón de los cineastas difíciles de digerir, adonde lecturas diversas sobre los temas de sus documentales (sobre estamentos judiciales o hospitalarios, por ejemplo), pero sin visión directa de sus films, lo habían confinado. 

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