El primer Antonioni, en Gente del Po y otras, provoca la realidad

Me hicieron notar que en Las Hurdes, tierra sin pan (Luís Buñuel, 1932), poco antes de que la cabra hispánica cayera riscos abajo, se podía apreciar un humillo blanco por un extremo de la pantalla. Se trataba de humo de la pistola que el mismo Buñuel había disparado para lograr el efecto que andaba buscando.
Valga ese ejemplo, referido a una de las obras maestras del documental, para poner en entredicho todo ese discurso de los que creen que el documental consiste en poner una cámara delante “del tema” para que recoja “la realidad”: “La realidad” hay que buscarla y, llegado el caso, forzarla.
Eso parece que lo tenía claro Michelangelo Antonioni en el que fue su extraordinario arranque detrás de la cámara, el corto Gente del Po (1943), que la Filmoteca de la Generalitat de Catalunya presentó el otro día dentro de un encomiable ciclo dedicado a toda la obra documental de Antonioni.
Sí que planta la cámara en un recodo del río cuando pasa una barcaza que quiere filmar. Pero también, por ejemplo, hace ir al chico de la bicicleta hacia el remonte del terreno que bordea el río para intentar evitar sus peligrosas crecidas y, pasando a otro plano más en corto, muestra cómo se acerca en la bicicleta hasta, completando el cuadro, quedar junto a la chica que, fotogénica, espera sentada presentando su silueta frente al agua del Po. No hay escenas más planificadas que ésta en las películas de ficción...
En otro documental de la sesión inaugural, Netteza urbana (1948), vemos cómo una chica, desde el balcón, deja caer una bolsa repleta de basura para que abajo la recoja uno de nuestros protagonistas, los barrenderos de Roma, a los que seguimos todo un día para descubrir sus tareas. Pero se da la casualidad –que evidentemente no puede ser tal- que la escena la contemplamos desde nada más y nada menos que el balcón vecino, de difícil acceso para un extraño que va sólo a robar imágenes de “la realidad”, sin perturbarla.
En este último documental (después de hacernos constatar que la miseria de la postguerra italiana no distaba tanto de la española, y que los tranvías del arrabal romano recuerdan soberanamente a los del Largo viaje hacia la ira -Llorenç Soler, 1969-, en aquellas que han quedado como imágenes prototípicas de la inmigración a Barcelona de los años 60), aparecen monjas con tocas de esas de danza majestuosa que tanto gustaban a Joaquín Jordá, que las recordaba de las de Les yeux sans visage (Georges Franju, 1960), y también, para acabar, en él hay una aproximación a un cartel de un film de nombre concluyente: A cada uno su destino.
Más adelante, los documentales de Antonioni, como sus films de ficción, cambian de estilo, ya sin dejar esa impronta de algo filmado porque se sabe a punto de desaparecer. Yo me quedo en la retina, no obstante, ese maravilloso, irrepetible, Gente del Po inicial, igual como, de la última parte de su obra de ficción, una serie de escenas muy bellas, con las bellísimas actrices a las que engatusaba: Inés Sastre, Irene Jacob, Fanny Ardant,... a las que, como en sus primeros documentales, también les hacía estar y moverse por ahí, justo para captar “la realidad”.

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