Alain Cavalier: Le je filmé (y un poco Irene Tunc)
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- Categoría: Días de libros, música, cine y vino
- Publicado en Martes, 01 Febrero 2011 13:41
- Escrito por J.M. García Ferrer
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Alain Cavalier, como buen maestro en esto de la narración cinematográfica, la esconde hasta cerca del final. Es lo mismo que hacía Joaquín Jordá con Jacinto Esteva en El encargo del cazador (1990), aunque allí Jordá escondía al monstruo, al brillante hombre hundido, hecho unos zorros, mientras que en Irene (2009) Cavalier va creando también expectativas, pero en este caso para que finalmente el espectador, ya más inquieto que ansioso, pueda verificar la real existencia de la diosa.
Y realmente su mujer, Irene, la que da pie a la película, el objetivo de este diario íntimo filmado, uno más de los de los últimos tiempos del casi octogenario Cavalier, pero quizás el más próximo de todos ellos, aparece entonces a los ojos de un espectador corriente, estilo un servidor, como esplendorosa. Es una radiante aparición. Sobre todo si este corriente espectador, como es el caso, desconocía previamente absolutamente todo del personaje.

Hasta entonces, Alain Cavalier, el cineasta francés que abandonó el cinema más comercial para refugiarse en un cine más directo, más limpio (como la Thérèse –1986- que se estrena ahora en nuestras carteleras), hasta llegar a la máxima austeridad que supone su cine último, en el que con su pequeña cámara, va haciendo peliculita tras peliculita, entrando de lleno dentro de la tradición del “Je filmé”, ese tipo de diario filmado, de Jonas Mekas a Joseph Morder, que apenas ha llegado hasta nosotros; hasta entonces, digo, Alain Cavalier ha lamentado varias veces la desaparición de Irene, la mujer de su vida, nos ha reconstruido obsesivamente y con cierto regusto de remordimiento las escenas finales en que la vio con vida, ha hablado y mostrado los sitios por donde había estado con ella... Siempre filmando el detalle, el primer plano que busca el significado ahora hurtado, mientras, como en todos sus diarios filmados, se extasía de tanto en tanto con ciertas formas que parecen recordarle algo, con el ruido de una ventana al abrirse, con el panorama a que da paso ésta, con la fotografía que tiene delante de su escritorio y que mira y remira. Y leyendo, mientras los filma, sus diarios escritos con letra clara los tres años últimos de vida de su Irene, de 1970 a 1972.
Un amigo con el que he ido a ver la película ha salido echando pestes. Ha encontrado tremendamente ególatra a Cavalier, que –dice- sólo hace que hablar de sí mismo, sin dar a entender absolutamente nada sobre su amor por su mujer. Cuando, inicialmente, iba siguiendo con la mente abierta el relato del cineasta, ha quedado noqueado por la imagen que nos ofrece de sopetón, no muy reconfortante, de su propio pie inflado, atacado de gota. Eso ya le ha arrojado fuera de la película.
Otro amigo, bastante deudor de este cine del pequeño gesto cotidiano revelador, de la confesión cinematográfica, a la vez que ahora recuerdo que hace bastantes años también un entusiasta de los diarios adolescentes, ha quedado un tanto descolocado por la falta de pudor que muestra Cavalier en varias escenas, como esa inicial en que muestra, aparentemente de forma gratuita, el cadáver de su madre en su ataúd.Posiblemente tengan razón los dos, pero, qué se le va a hacer: los diarios, si no se las dan de artísticos, perdiendo entonces su interés básico, tienen estas cosas de lo íntimo, de lo incorrecto, hasta de lo rastrero. Independientemente que, además de diario filmado, se trata de una película perfectamente organizada, con su carga de intriga retardando la presentación de la imagen de Irene, o con su carácter cíclico, que hace ver que la secuencia inicial en que se veía el cadáver de su madre era esencial para entender la final del largometraje.
Y, debo confesarlo, a mí me pierden esos fragmentos de realidad, de confesión íntima, en que el cineasta capta una imagen y la trasmite con su pequeña cámara, o esos otros en que, con su voz en off, o rebotada como su oscurecida imagen del espejo, aclara el valor para él de lo que filma.

Y llega el momento en que aparecen finalmente las fotos de Irene. Primero entre su familia. Según explica, se trataba de una familia rural, de pocos recursos, sorprendida por la explosión en el mundo de su hija que, de una belleza resplandeciente, conquista el título de Miss Francia. Luego otras –pocas- fotos suyas, y el reflejo de su mirada en la mirada de algún cuadro. Y saber que Irene, en realidad, era la película que Alain Cavalier quería hacer con su mujer en la época, más allá de una relación que se descubre en cierta forma distante, encallada en ciertos traumas de ella que le atormentaban, cercana al divorcio, inmersa, incluso, en algo inconfesable que parece que el cineasta explica o da a entender, pero que personalmente se me ha quedado en algún recóndito rincón de lo más oscuro de mis entendederas.
Al llegar a casa he buscado en Internet quién era Irene Tunc y, aunque me gustaría, para corroborarlo, verla en multitud de películas que hizo en Italia y Francia, antes del accidente que acabó con su vida en 1972, con lo que he encontrado ya veo de forma evidente que había una nueva presencia radiante, que desconocía, por el universo del cine.
Supongo que la película pasará a estar en la colección del Xcèntric del CCCB, con lo que creo que se podrán solicitar allí los pases personales que se deseen. Yo, pese a que con este papelito pueda haber asustado a un eventual lector que estuviera en un principio interesado en la película, recomiendo enormemente su visión. Luego podemos hablar.








