De persianas y ropa antigua

Al pasar por ahí, me acordé súbitamente de que tenía el encargo de comprar un cordel, con lo que pensé que esa era la mía.
Entré. La señora estaba hablando justo en la puerta con un vecino, que se despidió al ver al cliente, aplazando la finalización de la conversación a otro día.
- Quisiera un cordel
- ¿De qué tipo lo quiere? – me dice, señalando los cinco ovillos, ya antiguos también ellos, que están ensartados en una varilla de la ventana de cristal, arriba de todo.
- Pues éste mismo.

Viendo sus esfuerzos por alcanzar a dejar libre la varilla de su tope, me ofrezco a hacerlo yo.
- Pues si es tan amable... Si no, aviso a mi marido.
Mientras me hace el paquete, me lanzo, mirando hacia el otro extremo de la puerta, hacia la otra “vitrina”.
- ¿Ya no venden canicas?
- Sí, sí. Las tengo dentro.
- Pues siempre las tenían ahí... Las de barro, las de cristal...
- Sí que es verdad. Es que ahora, por la época de navidades, las cambiamos, pero ya volveremos a ponerlas ahí. ¿Qué es del barrio, Vd?
- De pequeño había vivido aquí. Ustedes arreglaban las persianas de casa, pero también nos guardaban las alfombras durante el verano...
Ya está. A partir de aquí me lo explica todo: Los del estanco y ellos son los únicos que sobreviven, y están muy viejos. La Manolita, que vendía medias, hace muchísimos años que ya no está. No tanto como el “Plats i olles” de la esquina con Septimania, pero vaya. También hace tiempo de la desaparición de la papelería. Ya no tenemos ninguno de los dos colmados. No: El alcalde de barrio no era el colchonero, que es verdad que se trasladó calle Zaragoza abajo cuando le tiraron la casa de la esquina. Sí, ese otro que dice también murió.
La sonrisa se torna en otra cosa cuando me explica la tragedia asociada a este último. Su hija, que había tenido dos hijos, se mató, tirándose desde un balcón. Es entonces cuando constato que los recuerdos nostálgicos de tiendas antiguas del barrio (que si las persianas de cuerda y canicas de la que hablo, que si la pesca salada de más abajo, que si los tebeos y cuentos infantiles de la papelería, que si la bata de los de la droguería,...) están asociados siempre a notas trágicas, guardadas por los mismos estantes en la cabeza. Y suicidios hay unos cuantos: el de la pollera de la esquina, en época pre-General Mitre, el del churrero, dando pie a mi contemplación compungida de las cañerías de su tienda cada vez que pasaba por ahí, pensando que a lo mejor se colgó de esa, o de la de más allá.
José Luís Guerín habló, rememorando a Gorki, del cine como “tren de sombras”. Más vale no rastrear las oscuridades que se encontrarían por la mollera, entre recuerdo y recuerdo.
- Pues hasta la próxima. A seguir.
- Bueno. Mientras aguantemos. Pero ya ve que somos muy viejos...
- No me irá a fallar ahora...

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