Como “el temps de l’home és breu”, Carlos Pujol nos trasmite su Barcelona y sus vidas
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- Categoría: Días de libros, música, cine y vino
- Publicado en Domingo, 23 Enero 2011 18:52
- Escrito por J.M. García Ferrer
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Barcelona y sus vidas.
Carlos Pujol.
De la época ya muy lejana en que Martí Rom y yo más frecuentamos a Joan Perucho, porque estábamos preparando y dando a conocer un librillo y documental sobre él, me quedaron grabados una serie de nombres de escritores, que hasta entonces me eran totalmente desconocidos. Un encontronazo en un acto en la Universidad, en el Ateneo, o en la misma casa de Perucho, daba pie a constatar la inteligencia o sensibilidad del escritor en cuestión, y de allí a que su nombre quedase anotado, ya ratificado, como objeto de búsqueda futura para lecturas.
Fue así como, por ejemplo, no me son ajenos nombres tan diferentes como los del poeta Alex Susanna, el catedrático de Literatura Antonio Vilanova, el dietarista Andrés Trapiello,... o que hayan ido cayendo por casa una retahíla de libros de escritores que publicaban cosas en, por ejemplo, la Editorial Pamiela, de Pamplona (como Miguel Sánchez-Ostiz, o –y aquí iba- Carlos Pujol).
Me da la impresión de que Carlos Pujol (Barcelona, 1936) debe ser un hombre discreto. Así lo indicaría eso de haber publicado en una editorial de relativamente modesta distribución, él que ha sido durante tantos años jurado y secretario del Premio Planeta... Y la cosa, según parece, sigue igual: Ahora publica este Barcelona y sus vidas, en una pequeña editorial de Granada, regida, precisamente, por Andrés Trapiello.
He buscado y leído este libro, en que Carlos Pujol ha inventariado todos los conocimientos populares sobre Barcelona, con fruición. Pese a que rápidamente advierte que “no quiere ser una guía práctica, ni se adorna de carácter histórico, costumbrista o descriptivo”, soltando que “no sirve para nada, sólo para leerse” (página 9), rápidamente se descubre que la realidad va por otro lado. Al menos a mí me ha descubierto un montón de detalles, como que el cuadro Les demoiselles d’Avignon en un principio se llamaba El burdel filosófico (13); que el nombre de la calle Canuda proviene de la esposa de un tal Canut (15); que lo de “irse de picos pardos” proviene del “jubón de picos pardos que la ley obligaba a llevar a las prostitutas” (42); que tras 1714, para la construcción de la Ciudadela, “los propietarios de la zona no recibieron ninguna indemnización, y además tuvieron que encargarse del derribo de sus propias casas” (47); que el fotógrafo Napoleón se llamaba Fernández, y era gallego (62); que “San Severo estaba muy cerca de la catedral y de la Generalitat, única razón por la que se salvó del fuego en el ardiente verano del 36”, dejándonos la única iglesia barroca íntegra, tal como era, de la ciudad (83); que la calle de “la Republica Argentina empezó a existir cuando se demolió el claustro de los Josepets” (187) o que la preexistencia del bosque de La Fontana “ha perdurado en la onomástica, antes un teatro, ahora un cine de postín” (192).

Pero no es sólo a efectos prácticos, como trasmisora de detalles de la ciudad de Barcelona, que merece la pena la lectura del libro. Maravilla como te explica sensaciones que, una vez leídas en sus páginas, te resulta evidente que ya te rondaban por la cabeza sin que nunca lo hubieras expresado: Que las danzantes formas del cuadro mencionado de Picasso presentan “el rostro convertido en máscara de ídolo africano” (14); que el nombre de Vallcarca nos remite a la idea de un barrio alto, montañoso, mientras que su nombre proviene, contrariamente, del valle que queda a sus pies (185); que la plaza Rovira parece más plaza de lo que fue, aunque estemos aún inconsolables por el tranvía y el cine (190).
Se acaba el siglo (los artículos cortos, de un par de páginas, que constituyen todo el libro los debió escribir hace alrededor de unos 15 años), y da la impresión de que Carlos Pujol quiere preservar sensaciones de una ciudad que dejó de ser, pero que aún evocaba ciertas cosas, como que al llegar a la plaza Rovira, donde cambiaban el trole de catenaria, para dar la vuelta, “los tranviarios bebían en una fuente pública y liaban un pitillo de picadura” (189).
Pujol no quiere ponerse pesado recordando cosas ya borradas, y acaba muchos artículos disculpándose por el tiempo huido. Dice, entre otras cosas, que: “De esto ya no se acuerda nadie” (26); “es un trozo de ciudad perdida en el tiempo” (48); “casi lo único que se puede hacer con el ayer, imitaciones” (58); “los que hicieron Tuset Street han tomado la curva de la vejez y están en otras batallas, o en otras retiradas” (184);...
Aunque, en realidad, acaba muchos más de sus artículos con acotaciones nostálgicas levemente poéticas, como hacía Perucho, a su vez, en sus artículos. Sólo que en un tono más bajo, como no queriéndose dar de poeta.
Cuando llega hasta la falda del Tibidabo, se detiene a leer la inscripción del reloj de sol del Frare Blanc: “Quantum haec umbra progreditur tantum tua vita minuitur (Cuanto más crece tu sombra más mengua tu vida” (página 212).
Para qué buscar ahora cómo acabar esto de otra manera...
Barcelona y sus vidas.
Carlos Pujol.
Editorial Comares. La Veleta.
Granada, 2010








