Sonny Rollins. Noble gallo herido peleón

 

Las perspectivas no eran buenas: En la parada de frutas y verdura del mercado, un antiguo amigo reencontrado me había aguado mi ilusión por la posesión de una entrada para el concierto de Sonny Rollins en el Auditori de Barcelona. Decía que le había ido a oír el año anterior, encontrándolo viejo, sin tocar con su fuerza de antes y –según él- rodeado de un grupo mediocre, para que nadie le hiciera sombra.

Luego, ya allí, con eso de tratarse de la inauguración del Festival de Jazz de Barcelona, desde un atril su director suelta alguna que otra palabra, bla, bla, bla, formal, y nos acrecienta los temores de que todo vaya sólo en plan honorífico oficial, con la excusa del 80 aniversario del saxofonista, y sin ninguna emoción musical que echarse al gaznate.

 

Para recibir una placa conmemorativa que a saber en qué parte de su casa colocará, aparece, renqueante, la figura de Sonny Rollins, vistiendo un amplio blusón rojo chillón. Desde las alturas hemos visto la mancha roja avanzando, y luego retrocediendo, moviéndose como si fuera un cangrejo. Si en los años 70 se le veía con el pelo rapado a lo indio Tomahawk, o bien con pañuelo, lazo o turbante recogiéndoselo, o con un peinado afro que le acababa de dar una imagen de fuerza, ahora su pelo blanco rizado le sale disparado desordenadamente por todos lados. Es, ciertamente, otra imagen.

 

 

Pero más tarde, acabadas todas estas historias protocolarias que tan poco se avienen con el jazz, ha entrado tras su grupo con el saxo ya colgado del cuello y ha arrancado a tocarlo, venga a expulsar aire tormentoso por él sin parar, y alzando de tanto en tanto su puño al aire, como para dejar claro que se trata del mismo Sonny Rollins percusivo de hace tantos años, cuando era una mancha discordante dentro de programas de festivales tirando a lo clasicón.

Era esperable entonces que la segunda pieza fuera suavecilla, para dejarle recuperar el fuelle perdido por el atronador inicio de actuación. Efectivamente, nos hemos dicho mientras arrancaba algo ritmo brasileño, o estilo calipso. Pero la cosa va complicándose, y dejando atrás la tranquilidad. Avanzando tambaleante, escorado profundamente ahora a derecha, luego a izquierda, llega hacia el que toca las congas, que ofrece el toque africano siempre tan presente en su historial musical, e inicia con él un diálogo sincopado que se repetirá durante toda la actuación, junto a algún que otro esporádico toque lírico vertido aquí o allá, mientras sigue el solo de algún otro componente del grupo. A continuación gira, y avanza hasta el frente del escenario del mismo modo, para doblar el tronco hacia delante, sobre sus rodillas, facilitando la expulsión de aire por el instrumento dos o tres veces, de forma profunda. Es en esos movimientos de un lado a otro de hombre maltrecho, producto posiblemente de algún problema con su cadera, mientras va sonando la música a trompicones, impulsada por el cacareo de su saxo, cuando me llega la intuición de estar presenciando la actuación de un poderoso gallo, herido, pero dispuesto noblemente a darlo todo en el empeño.

 

 

 

Su nobleza queda patente al final de su actuación. Se dirige al micro, y da las buenas noches a todos. Parece que va a marcharse tras una repetición de un trocito de la segunda pieza a modo de leit motiv pero, en realidad, lo que hace es una –larga- vuelta de tuerca adicional a la pieza, desgañitándose como si no tuviera esos ochenta años que celebra, y como si no cumpliera ya, tocando con una fuerza y generosidad inaudita, dos horas de concierto. ¿Quién decía que a Sonny Rollins se le había acabado ya definitivamente el fuelle?

Nada más falso que eso. Ahí está, luchando con fuerza, ofreciendo generosamente su música.

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