Después de tanto tiempo ha de ser ahora que descubra que lo de Manuel Alexandre se llamaba trémolo
- Detalles
- Categoría: Días de libros, música, cine y vino
- Publicado en Miércoles, 27 Octubre 2010 06:03
- Escrito por J. M. García Ferrer
- Impactos: 208

He estado buscándolo como un poseso, hasta final y felizmente dar con él. No he desesperado, porque hace poco -¿uno, dos años?-, ordenando o buscando unos papeles, la casualidad me lo devolvió a la vista y al recuerdo. Ahora, raudo, lo he colocado en el scanner, y lo adjunto por aquí. Como más o menos se distinguirá, se trata de una pequeña dedicatoria, escrita en su día en un papelito alargado, ahora veo que componente de una libretita de notas, desgajado de ella por la línea de puntos de la izquierda. Tiene su pequeña historia, que me es querida.
No soy coleccionista de autógrafos. No suelo pedir dedicatorias a los autores de libros que podría en alguna ocasión tener al alcance. No soy fetichista. Pero este papelito, que recordaba aún más escueto, con sólo un “A Juan Manuel” en la dedicatoria, e incluso escrito en un soporte ocasional más irregular, es para mí uno de los más especiales “tesoros” que acumulo por carpetas, sobres y cajones donde se suele guardar lo que se quiere conservar, pero no se sabe cómo.
No viene datado, pero lo sitúo alrededor del cambio de la década de los 70 a los 80. Por aquellos tiempos, venía yo de imbuir en la cabeza de Pepe, un amigo, todo un tambaleante ideario (a)moral, que en lo cinematográfico se sostenía en dos patas bastante –o quizás no tanto- distantes. Una era entonces moderna y, a fin de cuentas, ahora resulta hasta bastante ortodoxa: Bresson, Franju, Flaherty, Dreyer, Vigo, Godard, Truffaut,... La otra estaba sólidamente anclada en el mundo de Rafael Azcona y, a su alrededor, por los vericuetos de una serie de característicos del cine español: Fernando Fernán Gómez, Luís Ciges, Manuel Alexandre...
Se fue Pepe a Madrid en busca de encauzar sus ideas y, de poder ser, recibir un salario al mismo tiempo, y, a la primera de cambio, en una taberna del Madrid de los Austrias, se encontró en la mesa vecina a Manuel Alexandre, a quien abordó para lograr este trofeo. En otra ocasión, estuvo departiendo en un bar con Luís Ciges, y, según me explicó, también le comentó que tenía un amigo en Barcelona que, admirado, le hablaba continuamente de sus escenas en una u otra película. Y Luís Ciges, como antes Manuel Alexandre, contentos de tener seguidores en Barcelona, entregados a la causa.
He estado fuera algunos días, pero me conecté un momento a la red, y ahí tenía un mensaje de correo que, por su título, me llamó enseguida la atención: “Se ha ido Manuel”. Era del Pepe de entonces, comentándome la noticia de la muerte de Alexandre, y lamentándola profundamente.
Al regresar, otro amigo me comenta también que se habían acordado mucho de mí al saber de la noticia. Será seguramente porque, de tanto en tanto, al verle a él y su pareja, yo imitaba la inconfundible voz de Manuel Alexandre y, como si se tratase de una escena de “La vida por delante” (Fernando Fernán Gómez, 1958), les decía algo así como “¡Pero qué envidia me daaaaais!” Descubro que él era también, desde luego, un forofo del actor, como demuestra lo que me explica de que le había puesto a su vaurien ahora robado, en homenaje, nada menos que el nombre de “Espera z___”. Era, claro, por el personaje que tan bien representó Manuel Alexandre en “Calabuch” (Luís Gª Berlanga, 1956), el del pescador que pasa todo el metraje pintando aplicadamente el nombre de su barca. Pero algo chirriaba en la visión de ese “Calabuch”: Manuel Alexandre no se dobló en esa película a sí mismo, y sin el acompañamiento de su peculiar voz, sus escenas quedan extrañamente alejadas...
Me han guardado algún ejemplar de la prensa de mi ausencia, y los he rastreado en busca de escritos y recuerdos sobre el actor. En El País, Manuel Vicent da un retrato muy convincente y real de él, en el Café Gijón, dibujando mujeres soñadas. Días antes, en su escrito de urgencia, Rosana Torres transfiere una frase feliz, traviesa, suya: “Lo que más me ha gustado a mí de siempre son las mujeres y los percebes”. Por último, Marcos Ordóñez, en ese mismo El País del 13 de octubre, hablando de sus greaters hits, incluye una frase suya impagable, también de “La vida por delante”, que dirige “el señorito triunfador y automovilizado” a la desgraciada pareja de la que vamos sabiendo todas sus cuitas económicas: “¡”Vedlos ahí, siempre andando, desdeñando la mecánica!” Pero además, hombre de gran conocimiento musical y teatral como es, Marcos me revela sobre todo que lo de esa voz tan temblorosa, la tan admirada y envidiada, la que lo hacía único, tiene un nombre en el ambiente: Manuel Alexandre ofrecía sus actuaciones a los directores, a su satisfacción, con o sin “trémolo”. Y yo, venga a imitarlo, y sin saberlo.
Hace poco volví a ver “El año de las luces” (Fernando Trueba, 1986). La película vale la pena sobre todo por las escenas en que aparece Manuel Alexandre encarnando a un viejo y bondadoso anarquista, con postura resignada pero soñadora, ganado en su día para la causa gracias al gran pensamiento y a la buena literatura francesa, de la que llega a recitar de memoria varias frases. Sabe mal dejar atrás películas con gente como ésta. Renunciar ya a todos los personajes que podría encarnar Manuel Alexandre, nunca prepotente y –según todos los indicios- agradabilísima persona, un auténtico trozo de pan. Se acabó la oportunidad de pescar su voz (con trémolo, si dejan escoger) por nuevas películas. Hay que fastidiarse.









