Y lo bien que se vive, con la Marsé, en El Carmel

 

Siempre que voy a la Biblioteca Juan Marsé, en el Carmel, me estoy un tiempecillo en su terraza. Utilizando el banco, una de las mesas del privilegiado bar (“No hay servicio en las terrazas”, avisa un letrero, invitando al autoservicio desde la barra), o amorrado a la barandilla, contemplo toda una abigarrada Barcelona que se esparce por valles del norte de la ciudad por mí poco explorados.

 

 

 

 

 

 

 

No es, realmente, la Barcelona de Marsé, que queda principalmente en la ladera opuesta, pero sí la de alguno de los autores de “novela barcelonina” que, en plan temático, acoge la biblioteca. David Castillo, uno de los seleccionadores iniciales del ingente fondo, comenta que ahí está éste, esperando a no se sabe quién, porque las personas –personajes- del barrio potentes lectores, que tenían a bien devorar las novelas descubiertas al castellano por la Editorial Bruguera de los 60 y 70, hace tiempo que dejaron de existir.

 

 

 

No sé si Marsé, degustador a su vez de buen cine, colaboró en la selección de D.V.Ds  de la biblioteca, pero he experimentado que ésta es una de las de mayor interés de la red. Total: Que recomiendo vivamente la visita a la Marsé, por sus vistas, su arquitectura, y su fondo. Además debo decir que, aunque sólo he intercambiado alguna frase suelta con los habituales del lugar (sector terraza), ya veo que, de vivir por ahí, no podría despegarme. Eso es barrio, como el marcado por los sones esparcidos desde algún bar próximo, y los demás, que intenten imitarlo.

 

Conviene, no obstante, conocer la orografía del Carmel, y aprovechar los relativamente recientes tramos de escaleras mecánicas y ascensores, que tanto han hecho subir el nivel de vida del distrito, para no caer en fatiga extrema, sobre todo si en la época de la visita aún perduran los calores. Hay calles cuyo nombre ya lo dice todo sobre la situación de sus casas, como esa de “Gran Vista”. No “bella”, sino “gran”, aunque actualmente edificios posteriores a la concesión del nombre han chafado algo el calificativo.

 

 

 

Claro que, bien mirado, quizás les han hecho un mal favor a los vecinos con la instalación de las escaleras mecánicas. Como las mujeres de Venecia que, a fuerza de subir y bajar puentes, es sabido que han logrado poseer los más sólidos tobillos del planeta, es evidente que las cuestas del Carmel, conjuntamente con lo aireado del lugar, han debido proporcionar una salud de hierro a sus habitantes. Ésta última vez, haciendo caso a la obra conceptual que entretiene la larga salida de la nueva estación de metro (la del agujero durante su construcción), que repite eso de “Pren-te 1 minut de sorpresa, pren-te 1 minut d’entusiasme, pren-te 1 minut de...(...), pren-te 1 canvi”, me he olvidado del recorrido en metro, y he llegado en el bus 24, que en días claros es todo un hallazgo. En el 24, después de soltar a la marabunta transformada en turistas en visita al parque Güell, he encontrado a una señora que, después de hablarme de su madre de 96 años, que estaba tan ricamente en el barrio, me ha dado la frase final de este escrito:

 

-“ ¡Y lo bien que se vive!”

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