El “Guest” de José Luís Guerin: Las historias de los Don Nadie

Una primera sorpresa de este “Guest es que nada más iniciado, ya hay música no diegética, es decir: de la que no surge porque la acción la trae hasta la cámara, que la registra y la lleva hacia el espectador, sino porque alguien la ha puesto intencionadamente ahí, para acompañar unas imágenes. Mientras un avión cruza unas nubes que adquieren formas curiosas, suena un saxo. Hace unos años José Luís Guerin, enemigo de estas cosas, decía que quizás podría llegar a utilizar unas gotas de saxo en alguna de sus películas. Comentaba que desde su casa oía a alguien tocándolo, y supongo que tendría asociado su sonido a imágenes que debía estar repasando. Justo por aquel entonces, Paco Ibáñez hacía aparecer en un par de piezas de sus recitales a Gorka Benítez, quien les daba un aire lírico, pero profundo, muy apropiado. Las notas de saxo que aparecen en alguno de los desplazamientos de “Guest”, aunque suenan algo diluidas, son de Gorka Benítez. Pero bien mirado, en el fondo no es tanta sorpresa: En “Tren de sombras” ya tenía un papel Schönberg en plan música no diegética, y de tanto en tanto resuena en la cabeza, acompañando a imágenes obsesivas similares que en ocasiones surgen por ahí.

Una segunda sorpresa de “Guest”, la última película de José Luís Guerín, es que resulta muy diferente a lo que uno pueda elucubrar partiendo del conocimiento de que el título de la película corresponde a su papel de “invitado” a un montón de festivales de cine a los que había ido a proyectar sus películas. Con esta premisa, era fácil pensar que todo podría rodar hacia una mirada reflexiva sobre él mismo y su trabajo, con todo el oropel del cine y sus festivales de fondo. Un guiño inicial, rodando en su habitación de hotel a un par de guapas actrices francesas que le acompañan a la presentación en la Mostra de Venecia de “En la ciudad de Sylvia”, parecía confirmar esa deriva. Las chicas cantan a dúo el alegre tema de “Les demoiselles de Rochefort”, y uno se dispone a observar confortablemente, desde su butaca, la sucesión amable del bien vivir por la sofisticación de los festivales de todo el mundo. Nada más lejos de la realidad. Ni eso, ni una – también posible, dada la admiración de Guerin por ellas- recreación de las filmaciones íntimas de Alain Cavalier, captando con su pequeña cámara todo lo que le es próximo. “Guest” es lo opuesto: Una gozosa cesión de la palabra y la imagen a la gente más alejada de todo lo artificial que pueden llevar consigo los festivales de cine.

La dignidad de alguno de los desheredados que protagonizan muchas escenas de la película es quizás lo que más queda en la memoria días después de su visión. Esos vagabundos que saben narrar con una fuerza increíble la historia que se encuentra detrás de los relieves de la plaza, o esos vendedores callejeros huidos de la muerte de Sendero Luminoso, que te emocionan con el gesto de obsequiar en su chavola con unos chicles al cineasta, ellos que nada material tienen. También queda en la memoria, claro, en una línea de fuerza de la película que sospecho ha debido quedar reducida en el montaje, la curiosidad por todo un conjunto de artesanos de la pintura y la fotografía, como esa retratista ambulante latinoamericana, o ese noble anciano de Macao.

Por las plazas centrales de capitales latinoamericanas, la cámara graba a muchos charlatanes, ya no vendiendo ungüentos y cremas milagrosas, sino, desgraciadamente,  atemorizando en nombre de su religión. En esas ocasiones, muchas veces, en un segundo plano, o sólo en off, un vagabundo, un borracho o un loco se enfrenta a su discurso. Se diría que ellos son el último baluarte de la razón... Cuando aparece Jonas Mekas en el bareto neoyorkino lo hace, significativamente, ante una copa de vino, y más tarde, casi al final, Chantal Akerman, justo después de haber lanzado todos sus demonios por el ambiente, suelta unas cuantas lúcidas aseveraciones sobre el comportamiento a tener cuando se hace cine.

José Luís Guerin no puede olvidar en su película al cine que le ha aportado tantas cosas. Didáctico, pero únicamente para buscar la complicidad de un pintor, le explica a éste que los primeros cameramans de los Lumière llevaban a la espalda el trípode a la manera en que los pintores llevan su caballete. Igual que en “En construcción” tenía un papel importante la de “Tierra de faraones”, aquí la emisión televisiva de “Portrait of Jennie” lleva a la creación de imágenes que recuerdan sobremanera a las sombras moviéndose por la noche en la casa de “Tren de sombras”, intentando trasmitir cosas similares. O, por ejemplo, y aunque sea posiblemente sólo una asociación personal, los fantasmagóricos tranvías de dos pisos que se cruzan en Hong Kong, me llevaron al recuerdo la escena, tan diferente, pero que también habla de la hostilidad de la ciudad, del tranvía del “Amanecer” de Murnau. Hay en “Guest” muchas otras escenas que apelan al espectador de cine atento...

En el film, en varias ocasiones, hay sombras del cineasta, reflejos de su imagen. Pero son casi autoparódicos, apareciendo ahí sin ningún engolamiento, como los de un descuidado fotógrafo que involuntariamente deja la silueta de su propia sombra en el campo de su fotografía. En una ocasión, yo diría que hasta se burla de su peligroso papel: aparece la Biblia, y poco después señala en el cuadro, con el dedo investido de naturaleza divina, unos extensos paisajes. Aparecen también ironías sobre la eterna y ya pesadísima cuestión sobre si hay documental en la ficción, y ficción en los documentales. Son éstas unas de las pocas locuciones extraídas, de forma repetida, de entre las presentaciones y coloquios de los festivales a que ha ido invitado. Ni que decir tiene que ya está bien de hablar todo el rato de esto. Parece que, con la proliferación de documentales “de creación” de los últimos tiempos, quizás en una moda que lanzó precisamente su “En construcción”, a la gente no se le ocurra ya nada más adecuado, y se produce la reiteración, hasta la saciedad. Es hora de que la respuesta sobre si hay historias detrás del documental la den directamente los propios (buenos) documentales, como hace esplendorosamente, a raudales, este “Guest”. 

 

 

 

 

 

Guest” refleja también, en alguna de sus escenas, las dificultades de comunicación que arrastra un cometido como el que emprende Guerin. Alguna, en el ámbito hispano o de algún lenguaje cercano, se puede soslayar mediante una simple petición de aclaración, como la lanzada para saber qué componen los cacareados “solares” de La Habana, pero en ocasiones se trata de malentendidos irreparables, como la divertida confusión con los niños palestinos sobre cuándo sería visible por ellos su película, para poderse ver en la pantalla.

La pregunta que lanza en una escena a una fotógrafa sobre cuál es el secreto de un buen retrato queda sin contestación, pero la misma película da respuesta en unas cuantas ocasiones: la adolescente cubana soñando, encandilada, con el mundo estadounidense; el viejo enfermero cubano, el apenado padre colombiano que no ha ido a la boda de su hija por no tener un traje digno que ponerse; etc.

Vemos que el cuaderno de hojas blancas que aparece inicialmente tiene más tarde ya toda una serie de anotaciones, pero éstas ofrecen más bien sensación de caos, interrogantes, como si se preguntasen a sí mismas si se han ido llenando en la buena dirección. El cuaderno se ha rellenado con la vida de todos esos magníficos personajes. El cuidado ya proverbial de José Luís Guerin por la banda sonora de sus películas les ha dado vida no sólo visualmente, y el conjunto –páginas y sones- pasará ahora a manos del espectador. Esperemos que éste tenga una oportunidad bien amplia para su visión, escucha y ponderación. El primer asalto se dará en el Festival de Venecia, el próximo 2 de septiembre. A continuación el turno pasará a los Festivales de San Sebastián, Toronto, etc. Pero sería bueno que éstos no secuestraran eternamente de nuevo al realizador y a su film, y que este último llegase a otros ámbitos menos especializados.

La película arranca ante el Colleoni del Gianipolo veneciano, y finaliza de nuevo ahí, sin personajes narrando a la cámara. En una de las pocas escenas intermedias que tampoco presentan diálogos ni monólogos (al margen de los intersticios de nubes desde el avión o vegetales corridos vistos desde el tren), entre unas casas con miles de apartamentos de una populosa barriada me pareció oír un grito. Pero fue una impresión pasajera, quizás errónea, y que, en todo caso, quedaba ahí ahogada por otras impresiones reconfortantes: las de todos esos rostros, de todas esas personas íntegras que se han dejado interrogar por la cámara.

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