Por suerte, el “¡to tieso!” aflora, glorioso, bajo el “Autobiografía sin vida” de Félix de Azúa

 

 

Tengo comprobado que las declaraciones de un cineasta sobre su película, de un pintor sobre sus lienzos, de un escritor sobre su libro, son peligrosísimas. A partir de ellas se produce un proceso de repetición hasta la saciedad de sus frases, sus conceptos, y parece desaparecer del mapa aquello que el espectador de la película o de la exposición o el lector hayan captado en una simple visión o lectura sin anteojeras.

Un caso bien reciente es el de la “Autobiografía sin vida” de Félix de Azúa (Mondadori, Barcelona 2010). Después de su encuentro con tan original título, Azúa se ha visto obligado a lanzar la línea de interpretación que se ha convertido en la hegemónica y, por lo que he ido viendo, la casi única de comentario sobre el libro en cuestión.

Dice la contraportada del libro (fuente única también -¡ay!- de tantas y tantas reseñas) que “prescinde del anecdotario biográfico para describir su fundamental experiencia estética, la carta de navegación de una memoria, un viaje espectral por los momentos más intensos del arte, la historia y la literatura”. Y sí que es verdad que habla de la impresión que le debió causar, a la chita callando, tanta presencia de crucifijos durante su infancia. O aún más que pasa revista a unos cuantos momentos clave del arte, como el paso del románico al gótico, y de éste al renacimiento, o la irrupción del “arte contemporáneo”. Pero yo diría que eso no quita para ocultar lo que, al menos yo, retendré del libro.

Justo al acabar su lectura, leía como Javier Cercas dejaba caer en un artículo para un colorín de esos de los diarios del fin de semana, que le habría gustado hacer un artículo “perfecto” sobre este libro de Azúa, que conceptuaba como “el artefacto más provocador y radical que he leído este año”. Por ahí voy.

Cercas dejaba sólo esa nota, en medio de otras sobre artículos que había deseado hacer, pero que no había hecho. Y es que escribir adecuadamente sobre éste o sobre cualquier otro libro “de pensamiento” de Félix de Azúa, tiene su miga, no es nada fácil. No tengo ninguna vergüenza en reconocer que a mí, personalmente, me sería imposible captar o aunque sólo sea seguir en su mayor parte la línea de lenguaje que emplea. Nunca he sido muy dotado para la lectura de la filosofía, por ejemplo, y creo que la lectura de libros como éste piden a gritos lectores formados con aprovechamiento en lo que antes se llamaba “Filosofía y Letras”. Pero de ahí a considerar, como quiere engañar Azúa, que su libro es su autobiografía estética, va un trecho enorme, que no seguiré, en espera que un lector más formado en la materia suelte lo que ha de soltar, con conocimiento de causa y herramientas para ello.

Falto del lenguaje adecuado, me limitaré a copiar alguna frase del libro, para ver si, al menos a partir de su lectura acotada, no estamos más cerca de considerar que nos presenta, al margen de lecturas insospechadas y extraordinarias de unas cuantas obras de arte, una mirada desengañada sobre la humanidad y su estupidez, con el progresivo triunfo de la apariencia sobre la realidad, la copia sobre el original, el artificio sobre la profundidad:

“(...) tratando de imponerse sobre nuestras vidas como las viejas fotos del nacimiento y la comunión se imponen sobre lo que hoy somos” (p. 17)

La pedantería de los entendidos sustituyó a la sabiduría de los maestros” (p.73, sobre el paso a la construcción a partir de cálculos, frente al valor supremo de la experiencia).

“(...) era, además, algo que pronto iba a pudrir la vida social europea: un intelectual, alguien que no dudaba de su derecho a asesinar por fantasía ideológica.” (p. 91)

De los cuerpos y de la sangre, nada. Sólo belleza y concepto. Había comenzado el arte comprometido” (p. 95)

La conciencia de la inutilidad del fin, cuando nos percatamos de que hemos vivido obsesionados por inmensas majaderías que nos han costado la vida” (p. 109)

Desde entonces el espectáculo de lo comercialmente artístico es asaz divertido, aunque tantas veces lo comercial coincide con lo humanitario y solidario, y entonces es de una corrección tediosa, desoladora. La insignificante moral de los sacristanes ha infectado las exposiciones...” (p. 128) 

 

 

 

 

 

Entre puya a diestro y siniestro, Azúa va pintando ese aire personal desengañado, hundido, dando a entender que ya nada merece su esfuerzo. Por suerte, de tanto en tanto, no puede evitar que se le aprecie por ahí abajo aún la pasión. Pasión descubierta ya sea en el exabrupto (como cuando habla –p.18- del “(...) Caudillo, cuyo porte físico era tan inadecuado como el crucifijo para la vida que deseábamos”) o en la admiración (sobre algunos nombres contados que cita, o como cuando –p.160- dice que “todavía a veces creo reconocer la voz viva de una palabra (hace no mucho, a la salida de Cádiz, tras solicitar una dirección, el gesto de ambos brazos alzándose en paralelo y la expresión: “¡to tieso!”)”. Que dure.

Información Adicional