Paradise en la palangana

 

Este papel de diletante activo que me he asignado lleva, en busca de la correspondiente crónica para la “Morsa dice...”, a los sitios más inesperados.

 

En esta ocasión –a mí, que huyo de ellas como los gatos del agua- a una comedia musical, pero no a una comedia musical cualquiera, sino a una auténtica comedia musical americana, con todos sus aditamentos. Y lo sorprendente: que no sólo no he salido subiéndome por las paredes, sino que, al marchar, dejando que se desarrollase el correspondiente final feliz a su gusto, me he visto invadido de una rara placidez.

 

 

 

 

 

 

Para empezar, en el coche que nos lleva a Teresa y a mí al evento, surge un introito de lo más adecuado: En “La Ventana”, Gemma Nierga dedica una horilla a típicas canciones de amores destrozados (separaciones, divorcios, finales de pasión). Quien aporta el grueso de canciones tiene, por cierto, una teoría interesante sobre la canción esa de José Luís Perales que se llama “¿Y cómo es él?”. En esa notable interpretación, el hombre del que Perales quiere saber a qué dedica su tiempo libre no sería el nuevo amante de su mujer, sino el malvado que le roba a su hija para casarse con ella.

 

Ya conozco a quien nos roba a la princesa de la comedia musical. Va vestido para la ocasión con un traje (americana y pantalones) blanco. Para acentuar su aspecto mafioso se marca un baile nada más llegar, a modo de presentación e intimidación de oponentes, que no hacen sino doblegarse ante esa brava demostración de fuerza.

 

Ella, la que se nos escapa secuestrada, se ha mercado y viste una cosita de puntillitas, que le hace mantenerse erguida muy dignamente mientras sonríe condescendiente o ríe a mandíbula batiente viendo los esfuerzos gastados por su partenaire en éste o en otros lances similares. Pero en realidad se detecta que los dos van, de forma organizada, a la una. Parece que ambos se han dicho que, puestos a interpretar una comedia musical, pues a llevarla hasta sus últimas consecuencias, y se han confabulado para creérsela, dejándose llevar, e intentar salvaguardar y presentar como inocente y verdadero lo que no suele ser más que cliché.

 

Es verdad que es una opción válida, esa de dejarse llevar, y no alterarse ante detalles chirriantes, tipo sable cortando (aunque aquí casi aplastando, y moviendo toda la estructura hasta el límite del desastre) un pastel (¡pa qué cortarlo con un sable, con los utensilios tan buenos que hay para ello, y por qué hacerlo los protagonistas, pudiendo trocearlo a la perfección los extras contratados para ello!), o tipo entrega de ramos a asistentes (aunque al asignar destinatarios marcan una sorpresa diferencial interesante). Quizás yo habría hecho las inevitables fotografías al tuntún, en plan reportaje de paparazzi, o bien, puestos a hacer posar, hubiera evitado el fondo del arco románico de cartón piedra. Pero éstas son cuestiones menores. Se admira la postura de abandono hasta el fondo, y que con ella se pudiera disfrutar de parlamentos y réplicas emotivos, declaraciones de las estrellas que encabezan el reparto que además sonaron a sinceras. O disfrutar sin prejuicios de músicas escogidas o autorizadas por los mismos sin ningún complejo, contentos de haber reunido allí a una determinada serie de gente. Y se admira también hasta el pase del audiovisual de rigor, en este caso de un documentalista que –y ojalá todos fueran así- ha sabido observar muy bien, y enseñar a observar, las fotografías de la pareja. Valga un ejemplo, africano para más señas: en pleno desierto se aprecian las piernas y sandalias de ella... Siguiendo las correspondencias previas, todo el auditorio está esperando la aparición de su apuesto escudero. Y allí aparece en realidad su centurión, con vestimenta y aditamentos similares. La secuencia acaba con los pies del susodicho, que es aclamado, y casi vitoreado por un regocijado auditorio. Escena digna de Golfus de Roma (Zero Mostel sería él), “El gordo y el flaco”, alguna escena galante con Groucho Marx o, por qué no, hasta “Vacaciones en Roma”.

 

 

 

Total: que, como no podía ser de otra manera en una comedia musical americana, al final quedan casados.

 

Otro clarividente los situó a ambos, en una bella a la par que verosímil imagen (la estoy viendo, y queda claro que la única reacción posible es la enternecida sonrisa), en una palangana, dejando pasar a su aire al tiempo. Parece que ella ha conseguido, y a ver si sirve de precedente, que la palangana navegue un poco, en esta ocasión hasta Menorca, para allí tener tiempo, antes de dejarlo pasar, de mirar y ver que el tiempo también se puede aprovechar, incluso sin ordenador a cuestas. 

Y el resto del reparto, entre el que me encuentro, aparte de constatar la epifanía ya (mal) narrada, ha tenido ocasión de rodar muchos planos con los protagonistas, que aumentarán su caché, y alguna escena con otros actores con los que arrancaron su carrera, pero con los que sólo coinciden en esporádicos rodajes, lo que les da también por muy satisfechos. 

Segunda fotografía: Maite García

Primera y tercera fotografía: Javier García

  

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