Un cainesco retrato de Hemingway en la heideggeriana “El ser y más bien la nalga”

 

 

Después de los ditirámbicos saludos con que se recibióCuerpos Divinos”, la novela de Guillermo Cabrera Infante rescatada este año -cinco después de su muerte- de entre los papeles de sus cajones, su lectura transmite sucesivamente sentimientos de expectación, regocijo, cansancio y un cierto desencanto, similar al que hacen sentir con respecto a la revolución cubana las dos posdatas finales del libro.

Expectación porque, en esa -como acostumbrado- magnífica edición de Galaxia Gutemberg, en un inicio todo daba a entender que realmente te encontrabas ante una novela redonda, de lo mejor de su autor.

 

Regocijo tanto porque ciertas escenas de la primera parte llevan directamente a ello como porque todo el libro está trufado de esas divertidas acotaciones sobre el propio lenguaje, citas y juegos de palabras a los que Cabrera Infante fue siempre tan proclive. Baste, a este respecto, señalar, cuando habla de una clínica mental: “La clínica Galigarcía (a la que todos llamábamos El Gabinete del Doctor Galigarcía)” (pág. 117). O el diálogo comentado siguiente: “Debían habérmelo dicho para por lo menos saber a qué sabía sabiéndolo. Tantos saberes en una sola oración me marearon, pero no obstante pude entender su razonamiento” (pág. 264). O comentarios sobre las paradojas que encierran ciertas palabras, como “Un correligionario, que suena casi a un legionario que corre” (pág.426).

Cansancio porque, ya conocida y desaparecida a medio libro “Ella”, el único personaje no mencionado por su nombre -Miriam Gómez-, la novela da paso a una serie de aseveraciones y acciones reiteradas, unas cuantas –bastante relamidas, y que cuesta dar por sinceras- con apariencia de escritas únicamente para que las leyera “ella”, otras con repeticiones y material poco reseñable.

Cuando la fui a buscar, encontré finalmente la novela –no había forma de dar con ella- clasificada en el apartado de biografías y memorias. No sé si eso es aceptable, pero, en cualquier caso, es verdad que llega a ocasionar la cierta animadversión sobre el escritor que provoca, por regla general, la lectura de memorias, que siempre hacen pensar que el memorialista las ha hecho para justificarse, darse auto-bombo, quedar bien, etc., y el personaje que has seguido hasta entonces como un mito te decepciona hasta llegar incluso a caerte mal.

Y Cierto desencanto porque, desde mi punto de vista, no cumple las expectativas, y vuelve a plantear aquello de que una novela póstuma es, por definición, una novela a la que su autor le ponía aún objeciones, que quería retocar, cambiar en algún sentido. Hay fases del libro magníficas, pero otras totalmente insulsas (como lo del americano con dolor en el ano, aquí no disfrazado de literatura, sino “como fue” –pág. 412-), lo que es impensable en Cabrera Infante.

El libro es, sin embargo, y sin lugar a dudas, Cabrera Infante puro. Cuando dice, por ejemplo, que “Agradecí no encontrar pez espada por ninguna parte del menú: hubiera sido tautológico comer pescado en el mar” (`pág. 181). O cuando expresa ideas muy interesantes, como “Raúl tiraba fotos inútiles al océano: no hay nada más parecido a una ola que la siguiente” (pág. 182), o determinando que es el daiquiri “lo más expedito” (pág. 209). Expedito en un determinado sentido que todo el mundo imaginará. Porque, retirado de su narración lo ya explicado en otras novelas, “memorias” o escritos sobre cine suyos, el esqueleto de “Cuerpos Divinos”, si apartamos el cañamazo paralelo que traza la (cuestionable) participación en el derribo del gobierno de Batista por parte del autor, consiste en ser unas “memorias en que quiero celebrar a todas las mujeres que se cruzan en mi vida por ese tiempo” (pág. 285). Es pues un “El amante de las mujeres”, pero sin la emoción -¡ay!- de la película de François Truffaut (1977), en la que, además, en ninguna de sus escenas podía interpretarse que el personaje de Charles Denner era un grosero, o tenía comportamientos despreciables con alguna mujer. Y aquí la cosa no es tan clara...

Pero contiene el libro un relato extraordinario, de unas quince páginas (situado alrededor de la página 175), desgajable como historia independiente, y que es una auténtica obra maestra de observación. Caín (sin que aparezca este seudónimo por ningún lado), como periodista cinematográfico, es invitado junto a otros a una salida en el bote –un auténtico yate- de Hemingway, donde va a efectuarse el rodaje de escenas de una versión de “El viejo y el mar”. Son unas escenas en las que se debería pescar un pez espada, y es tras varios intentos infructuosos que vuelve a salir al mar ese día Hemingway, quien se muestra como un bebedor resistente y como un auténtico divo, dejando su impronta ante el pasaje. Sólo por este extraordinario, desmitificador y divertido relato ya vale la pena este último buceo en el mundillo del escritor que fabricó a Caín.

Me gustaría que constase que la fotografía de un Guillermo Cabrera Infante doblemente desdibujado (por su captación en un ya tardío 2003 –murió en 2005, tras largos periodos de depresión- y por un cierto desenfoque del documento original), es de Marta Pessarrodona.

 

 

 

 

¡Ah! Una cuestión final: La frase del título también surge de una escena narrada por el  libro (pág. 191): “Comenzó a hacer su clase de chistes cultos, parafraseando a Heidegger, por ejemplo, con aquello de ‘¿Por qué el ser y no más bien la nalga’?” Siendo malvados, también podríamos decir que justo esa frase puede servir como explicación apropiada del contenido de “Cuerpos Divinos”...

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