Pues vayamos a Villa Amalia con Isabelle Huppert

 

Tengo grabado en la frente el nombre de Benoît Jacquot desde los años 70, en que por la Filmoteca de la calle Mercaders pasaron “L’assasin musicien” (1976), que entonces me pareció una primera película sublime. Quizás no lo fuera tanto, y me dejase impresionar, porque una persona con tan buen olfato como José Luís Guarner se burlaba inmisericordemente de ella tras su pase por el Festival de Cannes o circunstancia parecida, comentando que estaban proliferando como setas tras la lluvia de otoño los imitadores de Robert Bresson (quien quizás presentara en el mismo festival “Le diable, probablement”, aunque no casen del todo los años: 1977).

 

Pero no podía recalificar o renovar la admiración por su realizador: nunca estrenaban por aquí las películas que Jacquot iba indudablemente haciendo, como sabía por la lectura apasionada de revistas francesas de cine. Hace poco, por el canal Arte pesqué un trozo de una versión filmada suya de una obra teatral de época, que no me dejó decantarme hacia un lado o hacia otro, y ahora se estrena esta “Villa Amalia” (2009), quizás aprovechando que llega el verano, y con él la temporada en que la gente deja de ir (aún más) a las salas de cine, con lo que puede colarse alguna película europea por el cartel.

 

Esta “Villa Amalia” no guarda nada del estilo recordado de aquella primera película de Jacquot, y puede pasar por un film de narración convencional, film “de guión”, en el que se notan mucho los planteamientos de guión, de historia, incluido alguno de ellos más que discutible. Pero aporta al menos dos o tres cosas que la hacen destacar y, en cualquier caso, resulta de mayor interés que el grueso de las películas americanas que nutren habitualmente la cartelera.

 

 

 

 

Por una parte, ya en Villa Amalia, con esas impresionantes vistas del mar desde su sencilla terraza delantera, y aunque los títulos de crédito hablen de un rodaje en Ischia, la isla vecina, es poderosísima la evocación de las vistas del mar de Capri desde el terrado de la Casa Malaparte en “Le Mepris” (J.L.Godard, 1963). La Casa Malaparte está a años luz arquitectónicamente de la sencilla Villa Amalia, pero ésta guarda, significativamente, el color y los desconchados que el modelo presentaba durante el rodaje de Godard.

 

Por otra, la ascensión que la protagonista hace entre las casas de un pueblo pesquero italiano evoca directamente a una escena similar de la Ingrid Bergman de “Stromboli” (Rossellini, 1950) que acaba escalando hasta la cumbre del volcán para tener una revelación que hace decir a Rossellini que, por su reverso, pero también por su anverso, Stromboli es “tierra de Dios”.

 

Pero antes, hasta llegar ahí, la película nos ha permitido viajar a través de Isabelle Huppert. Es uno de esos poderes que tiene el cine cuando se vale de una actriz como ella, con la que hemos convivido tanto. La protagonista que interpreta, ya madura, tiene un punto de inflexión. Decide parar y dar un giro enorme a su vida. Puesta a ello, antes revive etapas de su vida anterior. Y es ahí cuando el espectador, o al menos yo, revive con Isabelle Huppert, desde su rostro de mujer ya madura, su etapa de jovencita alocada saltando por la cama de Kris Kristoferson en “La puerta del cielo” (M. Cimino, 1980) o la ve en un Pialat fuerte como “Loulou” (1980), o haciendo de atípica prostituta en el “Sauve qui peut (la vie)” de Godard (1980).

 

 

 

 

 

La Ann de la película se va a Normandía, y nosotros vamos, si no con ella, sí con Isabelle Huppert, que, modesta empleadilla, acudía allí en su escapada con un niño bien en “La Dentelliere” (1977). Y así, como la Ann de la película se ha ido endureciendo, nos viene a la mente cómo Isabelle Huppert fue también endureciéndose con personajes de Chabrol (sobre todo “Un asunto de mujeres” –1988-, o “La ceremonia”  -1995-) para llegar a ese rostro y carácter seco de “La pianista” (M.Haneke, 2001), que casi deja chico al rostro y carácter de una pieza de la Ann de la película.

 

Es luego, al final, cuando ya olvidamos por fin los paralelismos personaje / intérprete que nos han llevado hasta ahí, y nos damos cuenta que Benoît Jacquot ha hecho “Villa Amalia”, quizás, tan sólo para rodar su escena final, con esa caricia inesperada incluida.

 

 

 

 

 

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