Y con Xavier Monteys se armó Troya

http://www.youtube.com/watch?v=MYKBEqaEuXA 

Se ha producido la irrupción en la pantalla de una gloriosa escena de “Fellini-Roma”. Se trata de justo aquella en que una familia celebra algo, a base de pasta, en una osteria, otra gente toma el aperitivo en unas mesas convenientemente colocadas en la calzada, y un tranvía pasa justo a su lado. Justo la incluida, si bien convenientemente podada, dejando lo esencial del ambiente.

La escena se proyecta en el congreso “Cerdá Postmetrópolis, que tiene lugar en el CCCB. Y la ha colocado ahí Xavier Monteys justo en contraposición a la imagen de una renovada Avenida Roma, en la que se ha delimitado escrupulosamente, dentro de una construcción impecable, la franja de paso de peatones, la de bicicletas, la de ajardinamiento, la de sillas, etc. Un lugar, vaya, en el que será difícil que se produzca la explosión de vida de la escena de “Roma”, o aquella a la que tuve el gusto de asistir en Paleochora, la capital del sur de la isla de Creta, en la que, cuando caía el sol, desde las tabernas la gente iba sacando pacíficamente las sillas de enea a la calle principal, cortando el tráfico, para pasar a desarrollar una suculenta sesión de vida, disfrutando del fresquillo que, después del caluroso día, se agradece y disfruta un montón.

Se ha de decir que ese baño de humanidad, de ciudad viva, y de protesta por la frialdad de ciertas novedades que caracterizan la arquitectura actual, no estaba muy a juego con el tono de lo oído y visto en el congreso hasta el momento. La exposición de Monteys, tras una introducción exculpatoria por no estar a la altura del lenguaje, y representar sólo una mirada curiosa, lanzada desde la arquitectura, dejaba de lado los sustantivos altisonantes y confusos, las explicaciones casi metafísicas que son el magma que impregna un congreso de este tipo. Quizás ciertas prevenciones avanzadas por otros ponentes sobre prácticas urbanísticas bienintencionadas, pero que obtenían el resultado inverso, habían sonado previamente, pero su envoltorio “académico” las había alineado con lo que se intentaba evitar en la ciudad: la falta de vida.

Algo tan prosaico y directo no era el caldo de cultivo adecuado, y así se encargaron de expresarlo un par de intervenciones del público. A una primera intervención que señalaba el insostenible consumo de carbón y otros combustibles fósiles (más o menos sic) que suponían prácticas como las exhibidas por la escena de Fellini, siguió una intervención de una supongo personalidad del entorno (al menos su nombre era conocido por todos) que soltó una descalificación en toda la regla de la intervención de Monteys, diciendo que era una mirada muy antigua para el sXXI (ahora sí que sic riguroso), y aquello de que la modernidad que no se entiende es tarea habitual y muy fácil ridiculizarla. La autoridad, pues, está orgullosa del nivel de progreso alcanzado en este siglo XXI que, como se sabe, o se puede saber leyendo ese fósil que es ya la prensa, está que se sale.

Xavier Monteys intentó responder, pero le cogió algo. Quiero creer que se trató de un acto de contención para no saltar a la yugular del respetable, mientras se apuñalaba internamente por haber aceptado su participación en esa encerrona. Pero fue interpretado como acuse del golpe bajo, como autodescubrimiento de una postura indefendible, y se quedó callado con imagen de noqueado. El organizador de la sesión intentó salir al quite en su defensa, pero ésta fue tan enrevesada en palabras inextricables, que el hundimiento fue aún mayor. Por suerte, después de alguna otra intervención, antes de la despedida, Monteys cogió el micrófono. La pagó el pobre de los combustibles fósiles: Vino a decir que si alguien, en la escena de Fellini, veía combustibles fósiles, pues que se lo tenía que hacer mirar, porque él, la verdad, veía cosas muy diferentes.

Y aportó unas pocas ideas sencillas pero en línea con las grandes pretensiones de los tiempos, y que seguían su proclama de aprovechar los restos, y no dejarse llevar por una malentendida modernidad, ese mal de Barcelona que hace que no se mantengan apenas establecimientos antiguos, de esos con solera. Ahí va una idea de esas: Si se volvieran a poner los toldos que tenían los establecimientos de las grandes avenidas de Barcelona, se ahorraría un buen pico de energía, al tiempo que, si se cayera algo de la fachada del edificio, igual podría amortiguar o desviar el golpe y salvar alguna vida.

¿Alguien recuerda cómo capitaleaba Barcelona con sus cafés cubiertos de un buen toldo? Las imágenes de 1926 pueden dar una idea:

http://www.youtube.com/watch?v=lDEQnv_Xy7g 

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