El triángulo que forman las dos cervezas y la chica rubia

 

Y luego suenan “Las hojas muertas”, porque la chica rubia no es Aurora, y Aurora está ya dos recorridos de ferrocarril más allá, lejos de los fados, lejos incluso de la terrible vomitada final que, mira por dónde, sigue siempre a esos penetrantes fados.

Va leyendo, de tanto en tanto, con voz monocorde, pero sentida y clara, Ari -faldita verde abotonada por delante, medias negras con líneas más negras todavía que se entrecruzan formando rombos reforzados con un adorno floral, uñas de otro color verde a juego con el del pullover, relojito colgado a modo de collar, melena lacia-, haciendo chocar entre sí como fuelles y rebotar (ahora una, ahora otra) las piernas, al ritmo de una música desgranada por unos instrumentos que no son los que uno asocie en principio a los gustos de Cortázar. Pero seguro que él habría estado encantado, disfrutando oyendo a la banda (Hammond a su rollo: Dani Masgoumiery; Batería muy sólido dando el ambiente: David Subirana; Guitarra pensativa del que parece ser el líder conceptual: Dio Feito; y con Ari constituyendo “Ari & The 3 D’s”, diciendo todos, en la Casa Sagnier, “Julio Cortázar entre papeles inesperados”, en plan reunión de familia que no acaba de conocerse, y en la que ha caído del cielo inesperadamente un recital de la fracción familiar engagée culturalmente, melenas ellos –salvo un Subirana muy formal-, pose de ambiente existencialista rayuelero el conjunto.

Y de tanto en tanto oyes y aprecias frases evocadoras, deslavazadas, del buen Cortázar, marcando ambiente: Salvo el crepúsculo, si he de vivir sin ti, el aroma del pan, o ese mismo triángulo que forman las dos cervezas y la chica rubia. Y Ari está seria, pero hace repentinamente una mueca de sonrisa magnífica, contagiosa, para volver bruscamente a la seriedad, en medio de una sala extraña, de vecinos del barrio heterogéneos, si bien sin llegar a tratarse en absoluto del recital de piano de Berthe Trepat al que acude, dándole vueltas a la cabeza, Horacio Oliveira.

 

Viendo el libraco de los “Papeles inesperados” por el suelo del escenario, junto a la botella de agua, haciendo de pisapapeles ocasional de fotocopias de páginas de otros –hermosos- libros anteriores del escritor, me han entrado unas ganas locas de leer de nuevo a Cortázar en una habitación envuelta en música, música escogida, que suene sin parar. Y de ir anotando en una libretita frases básicas, como la acotación esa sobre el triángulo que forman las dos cervezas y la chica rubia.

 

 

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