La paranoia geodésica de Mr. Mechain
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- Categoría: Días de libros, música, cine y vino
- Publicado en Martes, 25 Mayo 2010 06:00
- Escrito por J.M. García Ferrer
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En plan diletante desatado, esta semana he asistido –previo pago de la correspondiente cuota- a un curso de historia de la cartografía de Barcelona. Como me dijo uno de sus organizadores: “Alguna de sus ponencias te puede resultar aburrida, pero, como compensación, verás unos cuantos mapas inolvidables”. Y así ha sido. Un ápice de lucha contra las cabezadas durante alguna calurosa sobremesa, ciertos recuerdos de mi formación matemática juvenil, unos cuantos mapas en verdad espectaculares... y muchas historias asombrosas.
Quiero destacar una de esas historias, que ya me quedará de forma imborrable en la mollera, seguramente debido a un efecto semejante al de la identificación, efecto éste básico, siempre importante de provocar cuando se procede a desarrollar una narración. La explicó, en un ex - curso, Joan Capdevila, Ingeniero del Estado que trabaja en el Instituto Geográfico Nacional, y corresponde a las vicisitudes de uno de los artífices de la medición del meridiano terrestre Dunkerque – Barcelona, por allá finales del s. XVIII, Pierre François Méchain.
Lo de la medición del meridiano terrestre sonará a muchos. Fue una operación lanzada para el establecimiento preciso de una unidad de medida, el metro, que se acababa de definir previamente como la diezmillonésima parte del cuadrante de un meridiano.
Capdevila explica las razones de la elección del meridiano que pasa entre Dunkerque y Barcelona, no exenta de discusión con, por ejemplo, los británicos. Hay que reconocer que ese es un tramo terrestre de meridiano de los más largos de Europa occidental, al extenderse desde el Mar del Norte hasta el Mediterráneo, y ya se sabe que cuanto más largo sea el tramo escogido, la medición resultará más precisa. Pero, en realidad, la razón principal no es otra que ese meridiano es precisamente el que pasa por París, y París está entonces en el centro del mundo científico y político. De hecho, el proyecto no deja de ser uno más de los proyectos ilustrados de un siglo que cuenta con otros de la envergadura de nada menos que la Enciclopedia.
El recorrido escogido, sigue explicando Joan Capdevila, se divide para su medición en dos tramos desiguales en longitud, pero compensados por lo que previamente se cree dificultad también desigual. De Dunkerque a Rodez las operaciones se encargan a Jean Baptiste Delambre, mientras que para el tramo considerado más difícil, de Rodez a Barcelona, se nombra a Pierre François Méchain. Méchain era un prestigioso astrónomo, de la máxima competencia científica en el tema, que se dota para su cometido de los aparatos más avanzados de la época, con los que viaja a su área de estudio.
En Barcelona, Méchain se aloja para el que resultará ser un largo periodo de su vida, en la Fontana de Oro. Era ésta una sólida y famosa casa, situada en la calle de Escudellers, en el centro de la ciudad, dotada de un terrado que será uno de los protagonistas de la actividad científica. Porque Capdevila explica al auditorio los fundamentos de los cálculos geodésicos, que no son más que unas triangulaciones sucesivas por las que ir calculando distancias a partir del conocimiento de dos ángulos y la longitud del lado del triángulo comprendido entre ambos. El proceso es reiterativo: los datos calculados del primer triángulo sirven a su vez de base para el cálculo completo de otro triángulo trazado, y así sucesivamente. Y, para llegar a una imprescindible comprobación de la bondad de las mediciones y cálculos sucesivos efectuados, toda una serie de triangulaciones debe acabar con el cálculo del lado del triángulo inicial que sirvió de base conocida. La diferencia entre la longitud calculada y la inicialmente conocida debe ser mínima para seguir confiando en todo el sistema, y continuar lanzando nuevas triangulaciones.
Pues bien: En Barcelona, la distancia entre el terrado de la Fontana de Oro y la torre del castillo de Montjuic se la debió recorrer Méchain tropecientas veces, porque la escogió como base principal de sus reiteradas mediciones y cálculos. Unos cálculos que eran en la época muy laboriosos, lo que le permitía alternar largos periodos de toma de datos a partir de mediciones en el terreno –cuando las en ocasiones tensas condiciones políticas del momento (hasta llegar a la máxima tensión de una guerra entre Francia y España) lo permitían- con unos periodos aún más largos de cálculos recluido en su hospedaje –cuando la prudencia lo confinaba ahí-.

Hubo un momento clave de éstos de cálculos en que a Méchain se le cayó el mundo encima. No le cuadraron los cálculos, y descubrió que había un error para él significativo en todo el montaje. Esto le afectó notoriamente, si bien no comunicó el hecho a nadie, sino que se encerró a repetir sus cálculos una y mil veces.
Es aquí donde se me dispararon los mecanismos de identificación. No sé si es una cosa general o debo hablar sólo por mi boca: ¿No os ha pasado de tanto en tanto, haciendo un determinado trabajo con unos calculillos por el medio, que un sudor frío os recorra el cuerpo, al entender que todo el engranaje constructivo no lleva al resultado esperado, y que empecéis, de forma demasiado atolondrada para llegar a un buen fin, a rehacer aceleradamente toda la operación, volviendo entonces ineludiblemente a confirmar la existencia de un error, y a constatar que queda menos tiempo para deshacer el entuerto? Si no es el caso, correr un estúpido velo. Si sí, pasar a compartir conmigo el angustioso estado paranoico que consumió a Pierre François Méchain hasta el fin de sus días.
Según cuenta Capdevila, que dice poder reproducir los hechos gracias a la documentación personal del sabio que, pasado mucho tiempo, se hizo pública, Méchain ocultó el tema, y dejó pensar a quienes le reclamaban resultados desde París, mediante el silencio, que las autoridades españolas estaban entorpeciendo su trabajo, mientras que en realidad se dedicaba febrilmente a reemprender todas las operaciones en busca de la superación del error cometido. La angustia de no poder presentar resultados válidos le llevó finalmente, cuando su mujer, asustada por el silencio, pedía desde París que se iniciara el rescate del científico, a su huida por barco a Génova, donde parte de su cuerpo fue fulminado por un rayo en la tormenta que recibió a su nave. Mientras tanto, y sin disponer aún de los cálculos, el metro ya había sido presentado en sociedad. Y aparentemente no le fue mal a Méchain en su regreso final, agotado, a la capital francesa. Le nombraron director del Observatorio de París, lo que era un cargo de importancia. Pero él no estaba tranquilo, y su conciencia le iba minando por dentro, recalculando ad infinitum, en ese penoso estado de vigilia que marca las noches en estas circunstancias, los procesos de medición de la misión. Hasta que, finalmente, abandonó su cargo en el Observatorio de París, para volver a España, donde reemprender las mediciones, esta vez alargando las triangulaciones hasta las Islas Baleares.
Pero es difícil de vencer la paranoia del geodesta. Mientras se encontraba en la provincia de Castellón, intentando tomar contacto visual con las islas, cogió el paludismo, que le llevó en poco tiempo a la muerte. Cobra significado ese deseo que se dice en estos casos de “descanse en paz”. A ver si fue verdad para el pobre Méchain, corroído por dentro por la duda y el error.








