Y Lluís Permanyer introduce las vespasianas barcelonesas

Hace poco, nada menos que la exquisita Acantilado presentó “El miedo”, de Gabriel Chevalier (Lyon 1895 – 1969), un desesperado y personal alegato antibélico. Pero antes, Gabriel Chevalier era conocido por estos lares por su serie sobre “Clochemerle”.

Recuerdo que el primero de los libros centrados en el ficticio pueblo del Beaujolais se iniciaba con una regocijante escena que prefiguraba el estilo de toda la novela. En la plaza del pueblo tiene lugar el solemne acto oficial de la inauguración de un urinario público. Allí se mezclaban desde la burla a una pomposa y vacía autoridad hasta bondadosas cosillas subidas de tono en el terreno sexual. Y ambas explicaban sobradamente el éxito de la serie en un panorama editorial en el que no estábamos sobrados precisamente de ambas visiones.

Pero poca broma con las vespasianas. Fueron una de las piezas clave, definitorias de la modernidad que las fuerzas progresistas pretendían introducir en las ciudades. Junto a los poderosos puentes y otras estructuras de hierro, o a los soportes de esa novedad que constituían los anuncios para la naciente burguesía, prefiguraban el tipo de vida que se propugnaba, basado en el paseo, la relación social, la educación y la preservación sanitaria.

Gloriosas vespasianas de ese periodo del hierro aún se pueden disfrutar (a veces intentando no respirar profundamente) en alguna ciudad europea, y principalmente francesa. Pero Lluís Permanyer, en su visita comentada a la exposición de fotografías sobre las Ramblas del Palacio de la Virreina barcelonés, nos recordó esta semana la existencia de unas cuantas vespasianas, más modestas, por nuestras ciudades. Concretamente, se centró en una ubicada junto a un cuartel que existía adosado a las Atarazanas, y que era conocida, como más tarde unos sórdidos lavabos existentes en el subterráneo de la Plaza Cataluña, por ser nido de homosexuales que, más que ir a hacer ahí sus necesidades primarias, frecuentaban el sitio para exhibirse y –sobre todo- para observar el material que ahí se exhibía, alimentando sus necesidades más profundas.

 

Pero lo más divertido de lo explicado por Lluís Permanyer es el nombre que la sabiduría popular asignó a esos frecuentes visitantes de la vespasiana del final de las Ramblas. Decían que era una vespasiana para “hidráulicos contemplativos”.

Larga vida, en todo caso, una vez conveniente desinfectadas y aireadas, a las vespasianas supervivientes de entre esas joyas del trabajo del hierro del cambio de siglo, muestra de confianza en el progreso. 

 

 

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