La extraña habilidad de Werner Herzog para encontrar y contar historias fantásticas
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- Categoría: Días de libros, música, cine y vino
- Publicado en Martes, 16 Marzo 2010 06:31
- Escrito por J.M. Garcia Ferrer
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Están pasando por la Filmoteca de la Generalitat, dentro de un gran ciclo sobre toda su obra, los documentales que Werner Herzog realizó sobre los años 90. No se habían visto –que yo sepa- demasiado por aquí, y están descubriendo un Herzog interesantísimo, sin las extravagancias y excesos de muchas de sus películas.
La serie sigue, pero por el momento ya están en las alforjas la historia de un periodista que siguió la surrealista coronación de Bokasa como emperador de la República Centroafricana y fue tomado y tratado allí como espía (Ecos de un reino oscuro, 1990); la de la inaudita captura y escapatoria de un elocuente piloto alemán de los marines americanos en la guerra del Vietnam (El pequeño Dieter necesita volar, 1997); y la de la inexplicable supervivencia tras una larga caminata y natación por la selva peruana de una joven alemana víctima de un accidente aéreo (Alas de esperanza, 1999).
Las tres están rodadas bastantes años después, con lo que el contacto con los protagonistas tiene lugar con mucho tiempo transcurrido por el medio, dando pie a demostrar cómo las historias cruciales quedan recogidas, vívidas, en la memoria, a la vez que dando pie a un interesante análisis de las consecuencias del paso del tiempo. En las tres, la imagen del personaje actual nunca te llevaría a pensar que ha sido el personaje de aquella entereza que le ha llevado a una tal hazaña. Una demostración de que detrás de la máscara de cualquier persona, frente a cualquier prejuicio descalificador por su imagen, voz o lo que sea, se debería siempre pensar que puede haber un ser extraordinario, es decir: más allá de lo ordinario.
Y allí está Herzog, apareciendo explicando él mismo en off o delante de la cámara, pero únicamente para clarificar y hacer mesurar bien el discurso, lo extraordinario y fantástico de la hazaña.
Uno sale asombrado y a la vez maravillado del poder que se esconde tras apariencias a veces insignificantes. Esta sensación reconfortante, junto a la oportunidad de conocer de cerca historias de esas a explicar u oír de forma magnética en conversaciones de sobremesa, tras una buena cena, es el mérito de este cineasta peculiar, sin igual.
Ahora mismo quedan por pasar, por ejemplo, El diamante blanco (2004), sobre un estrambótico cineasta en vuelo mortal sobre la selva de la Guayana; una rara historia intergaláctica (La salvaje y azul lejanía, 2005) y la en su momento estrenada exploración de la Antártida (Encuentros en el fin del mundo, 2007). Son historias que, contadas por otro, debo reconocer que no me impulsarían a gran curiosidad, esperando de ellas anodinas imágenes para pobres relatos. Pero pudiendo tratarse de Herzogs como los anteriores, ya saben a quien encontrar ahí pegado, en la Filmoteca, por poco que pueda...









