Chao y Ramonet. París inconformista, mejor que rebelde, ¿no?
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- Categoría: Días de libros, música, cine y vino
- Publicado en Miércoles, 27 Enero 2010 21:16
- Escrito por J.M. García Ferrer
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Conociendo y frecuentando los temas de Ramón Chao desde la lectura de revistas de la transición (y desde su incursión en una “Guía secreta de París”, que he buscado ahora sin éxito por casa para revisarla: si se la presté a alguien hace tropecientos años, sería una buena acción para el inicio de año que me la devolviera...), y a Ignacio Ramonet de cuando escribía la página de cine de “Le Monde Diplomatique” (antes, pues, de ser una estrella altermundista), la decisión de compra y lectura de su conjunto “París Rebelde. Guía Política y turística de la ciudad” (Random House Mondadori - Debate, 2008) estaba cantada, y más después del buen regusto de la “Barcelona Rebelde” de Guillem Martínez, de la que saqué eso de “Pactarse encima” que rellena otro capítulo de esta sección de lo que dice la Morsa.
Primero las verdades (pues amarga la verdad, quiero echarla de la boca, que cantaba Paco Ibáñez leyendo a Quevedo):
No recuerdo ahora cómo era la “Guía secreta de París”, aunque sí que no visité la ciudad con ella en el bolsillo, si bien es verdad que pudiera haber sido porque no coincidió la lectura con ninguna visita, o porque sencillamente pensé que pesaría demasiado para acarrearla. El caso es que ésta de ahora, con su aparente impresión de guía con itinerarios, no es una guía turística. De intentar seguir con ella los itinerarios te pegarías unas pérdidas –los planos que contiene son muy esquemáticos y no corresponden- y unos cansancios, que sus frutos (muchas veces no ligados intensamente al terreno) no compensarían.
Viniendo de quienes viene, los lectores avisados ya se esperarían alguna determinada tendencia política en el libro. Pero no se trata de una guía política de París. Podría pasar por un diccionario biográfico ligerillo, en todo caso, pero pensar que esta colección de recensiones de variada gente no adocenada, mayormente de la comuna o de la época de la revolución francesa, con excursiones hasta la primera mitad del siglo XX, puede ser llamada guía política de la ciudad, sería contentarse con un listón muy bajo.
El “Barcelona Rebelde” era una historia de la ciudad y –por extensión- de Cataluña. Este “París Rebelde” es otra cosa. Ninguna de las dos constituye realmente una guía temática de la ciudad.
¿Qué queda, entonces? Por una parte cubrir con un aprobadillo justo las pretensiones de la multinacional editora, a la que, ya puestos, le pediría dos cosas: Una revisión a mejor de esas horrorosas cubiertas de la serie, y que le busquen un nombre más apropiado. No es que lo de “inconformista” sea la panacea, pero no he encontrado ahora mismo una alternativa razonable. En todo caso, eso de “rebelde” queda ahora, al margen de “demodé”, como para niños díscolos de escuela de pago, ¿no?Pero, por otra parte, y ahí voy, resulta que el libro en cuestión te regala una serie de curiosidades que bien valen por la función, por mucho que apreciando lo desigual del intento, y sintiendo un como general desinflamiento paulatino, como si hubieran conseguido llegar únicamente a dar fin y cubrir el empeño comprometido, que sin embargo iniciaron con muy buen pie.
Pongo por aquí alguna de las cosas que, para un servidor, fueron descubrimientos en la lectura del libro:
Que el “Vd” era la fórmula para “Tú y tus vasallos”. Y de ahí el apeo al tuteo durante la revolución.
Que el nombre original de París viene de su origen isleño: Parisii = barquichuela
Que una de las plazas más bonitas de París, la Place Vendôme, se llamaba “de las picas”, por una aplicación práctica que tuvo en tiempos revueltos.
Saber cuál era el punto desde el que Pizarro lograba la perspectiva de sus cuadros del Sena.
Situar el cuartel general de los nazis en el París ocupado, o
Ubicar dónde vivió un montón de gente, sin necesidad de patearse París con la cabeza alzada en busca de las correspondientes placas.
Conocer la certera autodescripción de Toulouse-Lautrec.
Llegar al origen de la palabra “bistrot”.
Saber que el tipo de ajusticiamiento era según la fechoría cometida.
Saber de la inquina al pastelero “Sacré-Coeur” vertida por los amigos de la comuna, compartida por motivos únicamente estéticos por un servidor.
Pas mal, a fin de cuentas.








