Los chicos de Madison: es la locura, pero quizás de otro tipo
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- Categoría: Días de libros, música, cine y vino
- Publicado en Jueves, 21 Enero 2010 07:55
- Escrito por J.M. Gárcía Ferrer
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En el primer viaje a Nueva York, encontramos en Madison Avenue una cafetería que, sorprendidos negativamente viendo por ejemplo cómo y dónde comían los ejecutivos de Wall Street, dimos por un auténtico hallazgo: Limpia, agradable, con cosas para tomar con muy buen aspecto...
En un segundo viaje, estando por la zona del MET a la hora de comer, nos vino a la cabeza que sería un buen sitio para ir a tomar algo. Como no recordábamos exactamente por dónde caía, preguntamos a una señora del barrio (elegante, pero sin perro). Fue muy amable, indicándonos rápidamente dónde se encontraba, pero no se estuvo –eso sí, con sonrisa y cortesía- de decirnos que se trataba de un sitio muy caro, con lo que quizás no nos convenía...
Digo todo esto para explicar que estoy más o menos capacitado para entender por qué, cuando en Mad Men se ve a alguien con ambiciones laborales y crematísticas oír que otro trabaja en un despacho de Madison Av., da un respingo de admiración.
De lo que no me siento muy capacitado es para hablar largo y tendido sobre series de televisión americanas. Quizás sí de aquella (en el recuerdo) maravilla británica de “El prisionero” (que he visto que en Francia ha salido íntegra en DVD), o de la Emma Peel de “Los Vengadores”. Pero en los últimos tiempos debo confesarme reacio a entrar en la sobresaturación de series americanas, que invaden hasta el último rincón con su machacón mecanismo estandarizado. Ocasionalmente es verdad que he caído con agrado en series enormemente televisivas, como Seinfeld, Frasier o Doctor en Alaska, o que inicié la visión de otras con más elementos cinematográficos, como Expediente X, pero constituyen una franca minoría. Y no veía certero ese razonamiento por el que el buen cine norteamericano se había refugiado en las series de televisión. No todas las series que acaban con una música o cancioncilla agradable y pegadiza, mientras la cámara se aleja para que penetre la correspondiente moraleja, son respetables.

El primer consentimiento con la aseveración fue para mí, a lo largo de todo un año, atender a una reposición desde el principio, a capítulo doble por semana, de Los Soprano, y descubrir por qué gente con criterio y de confianza hablaba tan bien de una serie ambientada nada menos que en el mundo de las familias mafiosas de Jersey. Viendo sus mejores capítulos apreciaba que sus guionistas podían hacer lo que les diera la gana, y que lo de los gangsters no era sino un punto de partida, sobre el que verter su enorme poder de observación sobre un montón de cosas con las que cualquier mortal puede sentirse identificado.

Ahora ha sido al ver de golpe, a trompicones, casi con empacho, las dos primeras temporadas de Mad Men, disponible en unos DVDs carísimos, pero objeto de magnífico regalo navideño. Envueltos en mucho humo de cigarrillos y cigarros, inundados en todo tipo de alcohol, los episodios que muestran la irrupción de la publicidad en los primeros 60 (vía el ejemplo de una agencia de creativos de Madison Avenue) en una joven Norteamérica dispuesta a comerse el mundo, me han llegado a maravillar, en ocasiones hasta cinematográficamente (recuerdo ahora un travelling de los más penetrantes...).
Especialmente causa regocijo seguir la plausible la vida en una de esas oficinas que poco a poco,
pero victoriosamente, se iban consolidando e iban a salir a conquistar el mundo entero. Momentos álgidos en el ambiente: las luchas por pasar a un despacho propio, y olvidar la promiscuidad laboral de la oficina panorama o de los módulos compartidos; la irrupción de la fotocopiadora; etc. Es cierto que en casi todo el metraje, en cosas como éstas, se aprecia antes que nada la buena mano de los documentalistas de los guionistas, centrando, casi como en un manual, los grandes y pequeños hechos de la época, pero éste ha sido para mí uno de los atractivos de la serie: imaginar el trabajo de los hábiles guionistas y sus documentalistas; apreciar cómo se construye con ello un sólido guión, de la misma forma que admirar la contención de los actores, envueltos en sus trajes de anuncios de los sesenta...
Mad Men tiene también, como tantas otras series, su –extraordinaria- musiquilla de escena final de cada capítulo, que enlaza con sus títulos de crédito. Ahorra, no obstante, la típica redundante voz en off que te explica lo que acabas de ver y lo que querían hacerte sentir, y –aunque es verdad que disminuyendo a medida que avanzan los capítulos- prima la ausencia de músicas durante la sesión, si no es en sí un sonido diegético. Momento en que, por ejemplo, puedes gozar emocionado, en una reunión informal tirando a hippiosa, nada menos que del “Sketch of Spain”, de Miles Davis.








