Pascal Comelade: La banda que se debía inventar

Fue precursor en eso de ser abducido por Barcelona desde la Catalunya Nord. No venía en su caso a ver un partido del Barça, sino atraído por el rollo cultural, y sobre todo, por el alternativo musical. Ha explicado muchas veces cómo conoció a Enric Casasses, tras tocar (¡una mañana!) en las fiestas de Gràcia. Desde entonces, se ha convertido por aquí en el músico de referencia de, al principio, unos cuantos sonados, entre los que me cuento; después, en el proveedor de bandas sonoras para películas y carátulas musicales de televisión más atractivo del contorno; y, últimamente, en captador de una ya larga legión de gente a la que le engancha su música. Ahora, y a ver si es verdad, Les Inrockuptibles dicen que por fin le va a llegar el renombre que merece también en Francia, lo que quiere decir en París, sede de unos conciertos antes impensables. 

 

Con todo esto, venciendo las lógicas reticencias, uno se acerca a un territorio hostil como es el FNAC de l’Illa, nada menos que (y eso ya es el infierno en llamas) un sábado por la tarde, para intentar entrar a un anunciado concierto gratuito de Pascal Comelade. Llegando media hora antes, y pese a mis temores, el pequeño cubículo con sillas adaptado para la ocasión presenta aún mucho menos de media entrada y, de ésta, calculo que la mitad corresponde a personas sentadas ahí en un descanso de su paseo habitual del fin de semana por un centro comercial, a reponer fuerzas y, más tarde, a ver “qué ponen”.  

 

 

Echando cuentas, cuando empieza el concierto, yo diría que un 15 % saben qué han ido a ver, lo que, en parte, se nota en el desfile continuo de gente saliendo entre pieza y pieza. Pero eso al margen, es hilarante el contraste entre los músicos y su trabajo y, por ejemplo, ese par de damas del barrio, modernas ellas, que, muy puestas, cabecean el ritmillo de un foxtrot, para salir del espacio un poco después, cuando algo se distorsiona.  

 

La banda actual es magnífica. Salvo el bajo, todos sus componentes tienen unas amplias entradas que los va a convertir en unos calvorotas completos de aquí a poco. Quizás por eso enternecen mucho más y causan la claudicación del más refractario mediante su entusiasmo y emoción juvenil al sacar ritmo, tonadas y emociones de sus instrumentos, y no sólo de sus miniaturas de instrumentos, porque en ocasiones –con alguno de esos juguetes o con instrumentos ya para adultos- suenan como una banda de música progresista como pocas. Pascal sigue serio en el rincón con su piano, arrancando una tras otra pieza, sin dirigir ni su voz ni su mirada al público, ante quien parece excusarse al final con gestos por lo que han perpetrado. Pep Pascual, en el otro rincón, va sacando a sus variados, sorprendentes y divertidos instrumentos de viento acompañamientos adecuados para todas las melodías, hasta alcanzar el no va más soplando una cafetera por su pitorro, mientras utiliza su tapa como sordina, en la que es, quizás, la pieza más sentimental del repertorio. 

 

Aunque para piezas suaves bonitas, con su frenazo y vuelta a arrancar, y con regusto de aquel “Les amants d’un jour” que cantaba –rotura de un vaso incluida- Edith Piaff, quizás ninguna como “Sense el ressó d’un ring”:  http://www.youtube.com/watch?v=Gf0ggnUzpZQ

Algunas de sus piezas podrían pasar por música para cafés canallas de postguerra. Otras, provocan sonrisas cómplices de los espectadores al descubrir una melodía perdida, y hacen recuperar la fe perdida en el género humano. La banda de Pascal Comelade, si no existiera, sería la banda que, obligadamente, se debiera inventar. 

 

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