Georges Brassens: A cuatro pasos de mi casa

 

 

Quien pase por Francia entre Italia y España, si en alguna ocasión le ha supuesto algo en su vida George Brassens, tiene una cita obligada, después de luchar al volante con el Mistral o con la Tramontana, en el Espace Georges Brassens de Sète. Su web da una idea bastante clara de lo que allí se puede encontrar:  

 

Eso de la cita obligada dependerá, claro, de cada uno. He comprobado estos días que a las nuevas generaciones el nombre de Georges Brassens no les dice absolutamente nada. Le cuesta hacerse a esa idea a uno que, como un servidor, tuvo en él su filósofo de cabecera, su mentor moral, precisamente él, que huía de todo proselitismo.  

 

Oír ahora cualquiera de sus canciones te recuerda lo firmes de las convicciones que asentaba y divulgaba: En “La non demande en mariage” veo que convencía de forma sencilla, a la vez que demoledora, sobre la incoherencia del matrimonio oficial: “No grabemos nuestros nombres al pie de un pergamino”, decía en la canción. En “Je me suis fait tout petit” reconocía, irónico, la conversión del desaprensivo a manos de una cría. Hay que volver a oír el homenaje a “Jeanne”. Y, bueno, si se debe sintetizar y poner aquí una sola canción ejemplar, posiblemente debamos quedarnos con esa que tan bien canta Paco Ibáñez en castellano, explicando una personalidad a la que “no le exalta la música militar”, y que constata que a la gente no le gusta que se quiera vivir fuera del rebaño, tener su propia fe, no seguir al abanderado: “La mauvaise réputation”. 

http://www.youtube.com/watch?v=6F2gh4YygWo 

 

Y, ante malos rollos, solo hay que recordar aquella otra canción que Paco Ibáñez también canta en castellano. La jubilosa “Tengo cita con Vd”.

 

Ya se sabe que Georges Brassens no era aquel personaje de una de sus canciones, que tenía en propiedad tumbas por todos los cementerios importantes de Europa, pero que se lamentaba por no tener ninguna en el cementerio de Montparnasse, tan cómodo, a cuatro pasos de su casa (“La ballade des cimentières”). Que, en realidad, él hizo una famosa “Súplica para ser enterrado en la playa de Sète”. Y causa ahora cierta emoción ver su tumba en el cementerio de Sète (no en el marino, el de Paul Valery, sino en el más grande del pueblo), justo a cuatro pasos de su “Espace Georges Brassens”. Al salir del modernísimo “Espace” sólo un problema: El riesgo evidente de captar en la fotografía un amenazante conjunto residencial, muy pulcro él, en absoluto cómplice del mundo de Brassens. 

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