Los “basterds” de Tarantino 2.- Ajuste de cuentas por el cine

 

 

 

Va de historia personal.  

Yo no quería hacer el servicio militar, pero la verdad es que nunca tuve el valor de evitarlo de la forma en que lo que hicieron Pepe Beúnza y sus compañeros. Ellos, como ahora empiezan a reflejar los periódicos, con su valiente objeción de conciencia, ayudaron un montón a que el servicio militar ya no fuera una carga ineludible para generaciones posteriores. Yo, por mi parte, sólo puedo enorgullecerme de no haber aceptado una propuesta de ir voluntario, con grandes posibilidades de un destino placentero. ¡Cómo iba a permitir que mi historial reflejara que había ido a la mili de forma voluntaria! Claro que sí que pasé a ser un CAOC (“Caballero aspirante a oficial de complemento”), lo que también tiene delito...

 

Pues bien: Heme ahí, en la última etapa del servicio militar. Yo, llevando en la cabeza una idea fija: Montar un cine-club, que dejase caer alguna que otra película que pensaba que no podía sino estallar y hacer daño en ese medio. Sabiendo que el pase de ciertas películas directamente antibélicas no sería nunca autorizado, tenía mi obsesión centrada en una película aparentemente “blanca”. Se trataba de “El Carnicero” (“Le Boucher”. Claude Chabrol, 1970). Y todo sólo porque en la misma el protagonista decía que le gustaba estar donde estaba porque tenía las cosas de las que no se disponía en el ejército: libertad, lógica... Santa inocencia, imbuido en aquello de que la primera revolución empieza en la cabeza de uno mismo, tenía fe en que, tan pronto como hubieran oído esa frase, justicia poética, los soldados que habrían ido a matar el tiempo esa tarde en el cine del cuartel, iban a convertirse en el principio del fin para la institución.

 

No hizo falta que organizara un cine-club. Justo al llegar al cuartel vi que ya existía uno, y que –casualidades de la vida- proyectaba nada menos que “El carnicero”. Los soldados que la vieron salieron, no obstante, con cara de no haber asimilado esa levadura tan revolucionaria que yo adjudicaba a la película, y siguieron cumpliendo su tiempo de mili.

 

 

Ahora, la visión de los “Malditos Bastardos”, de Tarantino, me ha recordado esos deseos de generar justicia el cine mediante. Tarantino no hace ascos al militarismo, o, por lo menos, parece que disfruta con las armas y cosillas de esas. Pero monta una fábula en la que el cine es el agente justiciero contra “el mal”, personificado éste en el nazismo. ¡Y a fe mía que realmente el cine tiene un papel principal en el ajuste de cuentas que narra la película!

 

El cine, los guiños sobre cosas de cine, las citas cinematográficas, inundan, por otro lado, la película. Al poco de comenzar ésta, un tirador de entre los personajes dice que le llaman “El sargento York” (por la peli de H. Hawks de 1941, desde luego). Uno de los protagonistas, dominador de varios idiomas (no gestuales) es un cultísimo, elegante y nada idiota crítico de cine. Se alaba a Francia, a la primera de cambio, como defensora del cine de autor. Leni Riefenstahl, Cecil C. De Mille, O’Selznick o Pabst salen citados como si fueran figuras famosas, del lenguaje común. Y, por encima de todo, aparece un cinema precioso, que puede coincidir a grandes rasgos con el tipo de local que cada amante del cine tiene en su mente y recuerdo como idea del edén cinematográfico.

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