Todo eso que tanto me gusta de Zarraluki
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- Categoría: Días de libros, música, cine y vino
- Publicado en Lunes, 07 Septiembre 2009 18:57
- Escrito por J.M. García Ferrer
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Este fin de semana, notando aproximarse un chaparrón, iba viendo a una sí y a la otra también cómo se cubrían las piernas, enfundándolas en un pantalón, o los brazos, con una chaquetilla. Piernas y brazos extremadamente morenos quedaban extrañamente cubiertos. Normalmente, apenas tapados por escuetas minifaldas y blusas muy escotadas, son el reclamo de las numerosas prostitutas que, sentadas en sillas de camping, van jalonando toda la carretera que une la autopista con L’Escala.
Están siempre a la vista de todo el mundo, y desde hará unos cinco años hasta puede decirse que forman parte del paisaje habitual. Pues bien, como otros muchos elementos habituales de ese entorno, aparecen, dando forma, en la novela de Zarraluki.
He puesto un título que podría dar a entender que conozco todo lo de Zarraluki al dedillo, y que voy a hacer mención de lo suyo que juzgo más destacable. En realidad, he hecho tan sólo un tonto jueguecillo de palabras con el título de su última novela, que acabo de leer. Y previamente sólo había leído de él alguna cosa por revistas o periódicos, sólo oído alguna entrevista, y sólo conocido algún cotilleo centrado en él, como ese de ser copropietario del Café Salambó de Barcelona.
Esta facilidad para introducir observaciones de la vida habitual en la novela es lo que más me ha atraído de la lectura de “Todo eso que tanto nos gusta” (Destino, 2008). Quizás deba explicar algo más la sensación obtenida. Llevaba mucho tiempo sin leer novela. Eso de entrar en una historia ajena, ideada por un escritor, me daba una pereza enorme. Con la de cosas reales que hay por leer para hacerse una idea cabal del mundo, ¿por qué perder el tiempo con una novela? Pensaba...
Quizás ese título y esa llamativa portada fueron la que me atrajeron desde que Paz regaló el libro a Teresa, a la que no le había llegado a interesar demasiado. Si ha sido eso último de la portada, ya puedo ir dejando de decir aquello de que, en la batalla entre la librería francesa (tomos con portadas austeras, sin imágenes, para los que lo importante es el contenido) y la tan claramente victoriosa librería anglosajona (tomos con portadas llamativas, a base de fotografías o reproducciones de pinturas), yo estaba por la francesa...
El caso es que inicié la novela de Zarraluki y me quedé atrapado por observaciones que normalmente no suelen recalcarse (la incomodidad de comer sólo en un restaurante, por ejemplo) y, en toda su parte inicial, por las expresiones y pequeños pensamientos, por las pequeñas manías e ideas (muchas con las que sentirse identificado) que, atribuidas a uno u otro personaje, en un plis plas te han dibujado a gente que te resulta bien próxima. Además, y sin que se traten de reflexiones grandilocuentes, la novela acaba montando una suerte de comunidad utópica, y lanzando una serie de propuestas realmente edificantes, lo que está tan bien como, en una escala ciertamente diferente, los finales de las películas de Clint Eastwood.
Total: que lanzado por la senda, tras esta novela de Zarraluki he empezado a leer a Bolaño, aunque en sus novelas no salgan Camallera, ni el hotel Ampurias, ni un personaje tan atractivo como la taxista María...








