La crisis alcanza a Hernández y Fernández
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- Categoría: Días de libros, música, cine y vino
- Publicado en Martes, 01 Septiembre 2009 18:46
- Escrito por J.M. García Ferrer
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Salir por la mañana de Barcelona en coche por la Diagonal hacia el trabajo, tiene pocas compensaciones. Yo prefiero ir en autobús, sentado, que te conduzcan como a un señor, e ir leyendo el periódico. Cuando has regresado a casa ya tienes una tarea hecha, y puedes dedicarte a otra cosa...
Una de las poquísimas compensaciones de ir conduciendo un coche es ir mirando el paisanaje en las repetidas paradas de los semáforos. Hace un tiempo, un momento álgido era cuando te encontrabas con una tropa –nunca mejor dicho- de gente vestida con una más que modesta y fea ropa de deporte de coloración variopinta (pero siempre de diversos grados de verde), corriendo por el paseo. Unos cuantos marcaban el rápido paso, un montón les seguía, y al final, al cabo de un tiempo, llegaban unos pocos descontrolados, acalorados, con la lengua fuera, que parecían irse diciendo que quién les había engañado para intentar hacer esa animalada. Porque parecía cosa voluntaria, de soldados del cuartel del Bruc entusiastas del deporte y del cuidado del propio cuerpo.
Últimamente el premio consistía en toparse con los que, faltos de imaginación, bautizamos como Hernández y Fernández. Eran unos gemelos de unos cincuenta años, rostro siempre serio, cariacontecido, que caminaban, poco antes de llegar a María Cristina, a idéntico ritmo, cada uno de ellos leyendo un periódico que –y ahí residía quizás lo más extraordinario- veía pasar sus páginas al mismo tiempo que las del vecino. Teresa, en cada ocasión del feliz encuentro, tras las exclamaciones de alegría por el hallazgo, decía siempre lo mismo: “¡Qué lástima no llevar la cámara para hacerles una foto!” Eso me habría permitido no acudir ahora, en busca de imagen para este escrito, a los personajes de Hergé, pero también es verdad que no sé si me habría atrevido a colgar la foto en cuestión. Están las leyes de protección de imagen al orden del día, e igual me podría caer un puro.
Está semana hemos vuelto a ver a la pareja, más o menos a la misma hora -sobre las ocho de la mañana-, en el mismo sitio, en un par de ocasiones. Un elemento ha cambiado. Siguen andando dando pasos al mismo ritmo uno al lado del otro, siguen con rostro de preocupación extrema, siguen –para nuestra alegría- igual. Pero mientras que uno continúa caminando leyendo el periódico, el de su derecha ya no lleva periódico. De vez en cuando alarga el cuello hacia su izquierda a ver si puede pescar algún titular que otro. El gesto le debe dejar mal físicamente, porque cuando no está mirando hacia su izquierda hace unos movimientos rarísimos, como para desentumecerse, alzando el cuello.
Rápidamente se deduce la causa origen de la triste novedad, que ha reventado tan costosa y perfecta simetría.
¡Estamos perdidos!








