Un OVNI llamado Manuel Azaña
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- Categoría: Días de libros, música, cine y vino
- Publicado en Miércoles, 26 Agosto 2009 06:59
- Escrito por J.M. García Ferrer
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¡Qué placer salir del trabajo, acudir a un cine del centro de la ciudad y disponerse a ver una película! Era una cosa sencilla, habitual hará un tiempo, pero que últimamente va tomando cariz de extraordinaria, y no sólo por lo acaparador de los trabajos. La prensa llega a decir que en las sesiones de tarde de días laborales, no vísperas de festivos, si no media día del espectador, la asistencia es una rara avis, y que hay cines que se están planteando no proyectar la película si no hay un número mínimo de espectadores.
También es verdad que, decididos a ver películas, la oferta de las salas comerciales ya huye cada vez más del muestrario amplio, de esos del clásico viajante catalán, con lo que frecuentemente, si quieres ir a esos restaurantes, bajo la apariencia de carta amplia, te endilgan menú único, forzado.
Antes de que ya estemos instalados en esa normalidad, qué bueno aprovechar los resquicios que aún quedan. Uno, muy arriesgado, es el del verano en la gran ciudad. Siguiendo con el símil textil al que acercaba el viajante, en verano parece que se olvidan los colores y estilos de la temporada, y dentro del catálogo se cuelan restos de otras temporadas, o rarezas que no siguen la moda que toca. Pasa eso bastante con la oferta de películas en los cines comerciales que quedan. La gran mayoría resultan ser unos bodrios de cuidado. Pero se ven cosas que, aunque sólo sea por lo de su diferencia con las normas y tendencias imperantes, resultan de interés.
Una de esas cosas es ese OVNI, visible en Barcelona este verano en un cine de los de antes, si bien parcelado en salitas al uso. Porque la película es tan OVNI como resulta hoy en día de raro oír las frases, elaboradas, bien construidas y cargadas de sentido, de su protagonista. “Azaña” (Santiago San Miguel, 2008) no es, como debo reconocer que creía, un documental sobre el que fuera presidente de la República Española durante la Guerra Civil, sino una ficción de construcción muy elaborada, a partir de sus memorias. Ficción elaborada tanto por sus saltos cronológicos, picoteando escenas en pos de momentos importantes, como por esas otras escenas en las que los actores, charlando entre ellos en un café, discuten sobre el significado y motivaciones reales de los personajes a los que interpretan. Es divertido constatar, por cierto, que varios de los actores resultan mucho más convincentes cuando explican las características, temores y dificultades del personaje que les ha tocado en suerte que en la interpretación del mismo. También es interesante rescatar unas cuantas vías intentadas por el autor para canalizar el relato desde un punto de vista original y, entre ellas, la más evidente es la de cuestionarse el pensamiento de ese muchacho que fue solícito y silencioso ayudante de Manuel Azaña en momentos cruciales de su vida, para desaparecer después sin dejar rastro.
Santiago San Miguel (San Sebastián, 1939) es ya de por sí un cineasta especial dentro del panorama del cine español. Quien consulte su filmografía se llevará varias sorpresas tanto por la nacionalidad de parte de sus películas, como por el género al que se adscriben alguna de ellas. Ahora, con este “Azaña”, parece que oigamos y veamos la película de un resucitado. Se podrá estar de acuerdo, agradecido o no con la película, pero no se podrá negar de ninguna forma, porque se nota enseguida, que San Miguel ha echado el resto en ella, volcando cosas de una admiración antigua, acumuladas y reservadas con tiempo. En el viaje –lo que es doblemente de agradecer- le acompañan un actor que, no pareciéndose en nada, hace revivir el carácter de Azaña de forma muy adecuada y cautivadora (Jordi Dauder), dos directores de fotografía de campanillas (Alfredo Mayo y Jaume Peracaula) y – agarrarse - música -aunque es verdad que poco prodigada- de nada menos que Pascal Comelade.
Para el recuerdo destaco una escena: Azaña y su asesor para los asuntos militares, Saravia, se dan un paseo por las golfas del Palacio Nacional, donde descubren todo un mundo fantasioso, que hace recordar esa fatalidad de “los males de España” sobre la que tanto escribían los regeneracionistas. Todo, hay que decirlo, cosas olvidadas y enterradas, que hacen ver la película como un bienaventurado OVNI, que hace revivir todo un entramado nostálgico.








