Trenes

Hay trenes que llegan tarde,

que se paran en la entrada

de la estación destino,

a punto de llegar, a pocos metros,

quien sabe cuantos minutos,

cinco, quince, que más da,

resultan infinitos, resultan suficientes

para precipitar contra los raíles

todos los sueños perdidos, y a la vez

otros trenes pasan cerca, tanto

que nos hacen pensar que avanzamos,

olvidar que llegamos tarde,

el silbato, la cobertura del móvil,

34 grados de julio y no me has llamado.

De repente, abren sus puertas

en un toque y fugata de aire comprimido,

salen a presión las bolsas y mochilas, papel de plata,

turistas de verano, maletines de horas extras,

ausencias que se han roto como copas de cristal,

en volandas, contra el suelo...

Y algo nunca sale, queda abandonado,

queda en el asiento, si es que lo tuviste,

queda dormido profundamente,

en la primera hora del día,

hay algo que siempre se olvida,

junto a la rejilla de aire,

cerca de la manecilla de "y cuarto"

ahogado en el nudo de una corbata,

quien sabe cuanto tiempo,

en esa entrada, a puertas de la estación destino.

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