Fotomatones
- Detalles
- Categoría: Cronopios y famas
- Publicado en Miércoles, 28 Octubre 2009 09:10
- Escrito por Administrador
- Impactos: 465

Con tanta muerte rondando por ahí corremos el peligro de olvidar algunas cosas imprescindibles para enfrentarnos a la vida. El jueves pasado, justo antes de la segunda cacerolada, se presentó en el CAT-Guinardó barcelonés una publicación digital de literatura llamada Literatuya (escribo porque escribo y porque tú) en la que se recupera el espíritu transgresor de Julio Cortázar. Sabedores de que lo esencial reside en los detalles, los artífices de esta revista virtual se presentaron con una foto tamaño carnet en la que se mostraban tal como lo harían ante su otorrinolaringólogo.
Tan desvergonzada actitud surge del capítulo "La embajada de los cronopios" de un libro inclasificable de Julio Cortázar: "La vuelta al día en ochenta mundos" (1967). En él se cuenta cómo a un cronopio viajero le solicitan que rellene cinco formularios y que adjunte cinco fotos de frente.
Tra
s describir el penoso proceso de copiar los errores del primer formulario en los otros cuatro, Cortázar prosigue: "Después este cronopio va a un Fotomatón y se hace retratar en la forma siguiente: las cinco primeras fotos muy serio, y la última sacando la lengua. Esta última el cronopio se la guarda para él y está contentísimo con esa foto." En su día, este párrafo causó sensación. "Rayuela" (1963) ya había internacionalizado la obra del argentino y los cronopios eran legión. Mucha gente seria andaba por ahí con una foto en la cartera sacando la lengua. En el mismo París de Cortázar el poeta Raymond Queneau había popularizado una secuencia de instantáneas de fotomatón en la que su rostro aparecía mutante, como en una película de Louis de Funes pasada por un zoótropo. Muchos fotógrafos se apuntaron a la fiesta. La novedad del aparato y su presencia callejera reforzaban el fenómeno social. ¿Quién no se ha hecho alguna foto inútil en un fotomatón? Especialmente una noche de juerga, claro, con mucha más gente pugnando por salir en el minúsculo encuadre de esa foto personal e intransferible, pero también para fijar una mueca repentina o, simplemente, porque tú.
Pues
resulta que hoy ya no es tan fácil ejercer de cronopio. Cada vez quedan menos fotomatones de los que permiten cambiar de cara para que cada instantánea sea distinta. Se imponen las nuevas máquinas que fotografían una sola vez y cuadriplican luego esa fotofija, como si nuestro yo fuera monolítico y admitiese una sola cara. Los fotomatones de hoy sirven para retratar al PP de Aznar pero no al Labour Party de Blair, plagado de deslenguados; sirven para los Estados Unidos del creyente Bush pero no para nuestra Desunión Europea, tan llena de euroescépticos; máquinas para ETA pero no para Egunkaria, para Saddam pero no para el pueblo iraquí. Son máquinas ideales para quienes, a uno y otro lado de la trinchera, buscan adhesiones inquebrantables en nombre de las ideas fuertes que aseguran representar. Fotomatones para amantes del conmigo o contra mí, que querrían tenernos a todos o bien serios o bien con la lengua fuera y resoplando. Por eso hoy, para decir no a la guerra, todo cronopio busca fotomatones de los antiguos donde hacerse las primeras fotos sacando la lengua y la última muy pero que muy serio. Esta última el cronopio se la guarda para él y está contentísimo con esa foto
MAL ASUNTO
cuando escasean los
fotomatones que
permiten cambiar de
cara a cada foto.
Artículo aparecido en "La Vanguardia", Barcelona, Martes 1de abril 2003.








