El Señor Antonio o Charles Bronson en sus mejores momentos
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- Categoría: Crónicas
- Publicado en Sábado, 18 Febrero 2012 17:48
- Escrito por cronopio
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El señor Antonio era el amo de la pista. Seguro que tomaba Cola-Cao por las mañanas, mientras cantaba aquello de “yo soy aquel negrito del áfrica tropical que, cultivando, cantaba la canción del Cola-cao. Y como verán ustedes les voy a relatar las múltiples cualidades de este producto sin par. Es el Cola-cao desayuno y merienda. Es el Cola-Cao desayuno y merienda ideal, ¡Cola-Cao!, ¡Cola-Cao!”
“Lo toma el futbolista que entra goles, también lo toman los buenos nadadores. Si lo toma el ciclista, se hace el amo de la pista y si es el boxeador, golpea que es un primor ¡Uuuuuuuh!”
Claro que también teníamos al “pollo”, es decir, al que suscribe, el aprendiz. Digo lo de pollo porque para llamarme no utilizaban mi nombre, no tan fácil de pronunciar, he de reconocerlo si quiero ser honesto, sino el de “pollo”. Ven aquí, pollo. Vamos, andando, pollo, etcétera. Para acertar con alguna explicación plausible a personalidades, tan singulares, extravagantes y diferentes en su esencia como la de Antonio, tampoco resulta imprescindible remontarnos a la noche de los tiempos. Si nos esforzamos un poco, sumamos otro tanto de concentración y buena voluntad, podremos encontrar antecedentes mucho más cercanos y tangibles. No tendremos que ir muy lejos, no a las guerras púnicas, por supuesto. Apenas remontarnos a finales de los sesenta, cuando irrumpió el turismo en territorio ibérico y ellas, las suecas, eran todas altas…
(el españolito bajito y mala leche, roído por la rabia del racionamiento y la matraca del destino en lo universal hacía estragos, miren sino a Manolo Orantes, con pinta de Australopithecus afarensis ganando el torneo de Forest Hills por sus huevos)
… rubias despampanantes y bien dispuestas, y ellos, los suecos, lucían sus pintas de vikingos, gigantes de piel dura y bronceada, ofreciendo un pack muscular in & out sin rastro alguno de ese despreciable vello latino que a Antonio lo llevaba por el camino de la amargura.´Luego estaba “el pollo”, es decir, el que suscribe. El machaca. Entre otras muchas cosas imposibles de enumerar en una adolescencia tan larga (y, paradójicamente, tan denostada por los adultos), sin consolas de vídeo-juego, ni móviles, ni Tetris, ni Porno, ni Internet, aunque éstas dos últimas vienen a ser lo mismo. Sin bambas Adidas Original, ni NBA. Pero, sobre todo, sin tocadiscos, ni cedés, ni MP3, ni discman Sony. Es decir, sin MÚSICA. Sin música de ninguna clase. Sin otra música que la de las cañerías del lavabo, ni otra evasión, real o virtual más allá del furor masturbatorio, precario e insuficiente antídoto, todo sea dicho, ante la barbarie de una generación paterna que apestaba a derrota. Ese insufrible olor a capitulación, a entreguismo, se presentaba en forma de una apremiante humedad, terca y perseverante que acababa colándose hasta el mismísimo tuétano de los huesos, condenándonos al frío eterno de Radio Nacional de España y el canal único en blanco y negro de Televisión Española.
Incapaz de encontrar un argumento verosímil a las salidas campestres de mis padres, esos tediosos y aborígenes momentos Sant Miquel del Fai (cascadas, cuevas y bonitos itinerarios en un entorno natural milenario), momentos Monasterio de Montserrat o momentos la ruta de la carretera de la Garriga, acabé por conseguir escaquearme del muermo de las salidas domingueras, versión kitsch de Rock Hudson y Doris Day saliendo de picnic, quedándome los domingos en casa, contando musarañas y sin poder, siquiera, escuchar los mismos vinilos una y otra vez. Porque, sencillamente, no había vinilos, ni tocadiscos ni nada de nada la madre que los parió.
Lo peor estaba todavía por llegar… Nada más lejos de ser consciente de que lo sabía, aunque lo esperase. Lo peor, pues, fue cuando llegaba, oscurecido por tan temprana hora y por mis propios pensamientos y me encontraba con la triste y mortecina luz del portalón que daba entrada a la fábrica donde mis santos tutores, con toda su buena fe aunque sobrepasados por uno de los axiomas de la penuria (con sangre la letra entra) me habían encontrado mi primer empleo. Para acceder a la nave central había que atravesar un patio al descubierto situado justo después de la entrada. Allí estaba la cabina del Señor Antonio, una portería construida con carpintería metálica, el gran invento de la década. La aparición de la carpintería metálica fue groseramente silenciada por los historiadores, incluso los más costumbristas. Su modernidad y funcionalidad, basada en la flamante era del aluminio, con sus impecables cerraduras, goznes y tiradores (que sustituyeron para siempre a la madera podrida), sus impecables soldaduras, uniones fijas y desmontables y, en definitiva, el perfecto mecanizado y acabado de sus piezas, dignificó la España de finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta, aproximadamente cuando, primero Elvis Presley, Chuck Berry, Bill Haley y Little Richard, y después los Beatles dignificaron a los jóvenes de medio mundo.
Porque el portero de la fábrica donde comparecía el menda cada día a las seis en punto de la mañana, cómo no, se llamaba Antonio y era el perro guardián por antonomasia, el fiel reflejo. Jamás los porteros, bedeles y conserjes habían tenido tanto poder como con Paquito Bahamonde, sólo rebasados en la jerarquía por el mutilado excombatiente. Aunque no nos confundamos. El Señor Antonio no se correspondía exactamente con ese ejército de porteros, conserjes y bedeles que militarizaban nuestra vida civil, nuestras visitas obligadas a las dependencias de los ministerios y la Seguridad Social, y, también, como queda bien probado en estas líneas, nuestra pacífica y sumisa actividad laboral. El Señor Antonio tenía su propio estilo, que no admitía fáciles comparaciones con aquellos otros seres tremendamente serviles con la superioridad y un tanto brutales con la tropa. Fueron aquellos los que inventaron el término ¡A mandar! Antonio era mejor que todo eso. Andaluz, más bajo que alto, de piel cetrina y melancólica, cuyas duras facciones y mirada impenetrable le daban un aire a Charles Bronson en sus mejores momentos.
Escupía sobre el suelo con una displicencia digna de un cabo de la Guardia Civil y lucía una gorra a cuadros que le otorgaba esos centímetros de más, tan necesarios y eficaces para el ejercicio del mando. Antonio (”sarna con gusto no pica”), se bajó del tren una parada antes de llegar a la Estación de Francia, donde recogían a los inmigrantes incautos y los devolvían con lo puesto de vuelta hacia el sur. Él solito se montó una vivienda unifamiliar, con planchas de Uralita y trozos de maderas abandonadas, en la montaña de Montjuic. Luego, se montó un bareto de la esquina, donde mujer e hijos batallaban las veinticuatro horas del día sirviendo a los obreros de la construcción, y, cómo no, sucumbió en el intento. Pasó, no sin esfuerzo y con mucho ahínco, de la ruina a la pobreza, se hizo albañil y alquiló un pisito (“un nicho”) en la Meridiana.

Su mujer y sus dos hijos todavía se hartan de pan, secuela manifiesta de aquellos tiempos de hambruna en los que el pan era el segundo plato y el postre de cualquier comida, porque con algo había que llenar el estómago, y también el espíritu. Con tu pan te lo comas, era otra de sus frases ilustres.
Por todo ello, por ese arrojo frente a la miseria, se ganó con creces los galones de portero y su garito de carpintería de aluminio. Y yo pensaba, a pesar de mis pocas luces de aprendiz de tres al cuarto, que hay personas que se merecen un respeto. Por mucha mala leche que tengan, lo cierto es que se merecen todo el respeto y más. Y, cuando, cada mañana atravesaba el portalón no saludaba a Antonio (un saludo nada militar, se entiende) porque me daba corte y vergüenza, aunque –he de confesarlo- me quedaba con las ganas, porque ya hacía tiempo que había comprendido la bonanza de Charles Bronson tras su rostro marcado por unas arrugas que perfilaban la orografía de un largo y duro camino. Había comprendido, finalmente, por qué a Antonio todo el mundo le llamaba el Señor Antonio. ¡Qué menos!








