El primer beso de verdad
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- Categoría: Crónicas
- Publicado en Lunes, 30 Enero 2012 18:59
- Escrito por cronopio
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Nuestro particular “Objetivo Birmania” fueron las chicas de Comercio. Las jóvenes promesas del secretariado español que realizaban sus prácticas nocturnas de mecanografía en una escuela del barrio del Clot de Barcelona, sin calefacción central, ni estufas, con paredes desconchadas y pálidos fluorescentes, ilustradas por la foto del Generalísimo y la cruz de Cristo Rey. Sus eternos perseguidores, nosotros: la infatigable turba del Bachillerato nocturno.
Poco importaba que los canallas del Bachillerato nocturno formáramos parte sustancial de los parias de los 25 años de paz de Franco, ni que nuestro futuro fuera la de fontanero, electricista, mozo de almacén o paragüero, en aquellos tiempos profesiones denostadas por las clases ascendentes pero no por los lumpenproletariat como mis padres que soñaban para el inútil de su hijo con un puesto de “Botones Sacarino” en un banco.
A pesar de la brevedad de lo dicho ya habrán adivinado que yo no era Errol Flynn e Indalecio ni siquiera me llamaba Mayor Nelson, ni capitaneábamos una expedición de marines lanzados en paracaídas sobre la jungla de Birmania para destruir una estación de radar tras las líneas enemigas. Al fin y al cabo, sólo éramos la escoria del cuarto curso del Bachillerato nocturno. Descendíamos un piso y aterrizábamos, sin paracaídas, en el aula de prácticas de las chicas de “Comercio”, dispuestos, eso sí, a competir con las negras y desgastadas cintas de las inefables Olivetti.
- ¡Hola! ¿Qué tal?
- Os vais a dejar la vista con esta luz tan mala.
Indalecio era un manazas. Tenía una especial disposición para meter la pata. No hacía falta ser Einstein para intuir que a Petri no le gustaba nada que la nombrasen Petra -su verdadero nombre, por otra parte-, puesto –además de otras consideraciones- que la identificación con la criada del TBO era evidente.
- Tú te llamas Petra, ¿no? -, le dijo.
¡Será burro!
Nos costó dios y ayuda enderezar el entuerto pero por fin conseguimos arrancarles la promesa de que acudirían a nuestra fiesta del próximo domingo. Le hicimos prometer a Indalecio que sería amable con las chicas, pero, sobre todo con Petri, porque si no se comportaba como lo que era, a pesar de todo, es decir, como un caballero, nos acabaríamos comiendo una rosca.
- Pero si a mí Petra me cae de maravilla -dijo. Y es que no tenía remedio.
Ellas, como nosotros, esperaban seguramente muchas cosas de la vida, aunque de momento se conformaran, o ya les pareciera bien de momento, aquel retrato “galante”: pícaros chavales, algo osados aunque inofensivos pimpollos ansiosos, en el fondo educados, limpios y con los faldones de las camisas asomando fuera del pantalón, porque la moda era la moda, es decir algo con lo que no valían bromas. Y un aspecto marca de la casa, nada más lejos de la sonrisa angelical y la camisa con horribles ribetes y festones de Cliff Richard, por ejemplo, que era el cantante con cara de bollo y una pluma que te cagas, probablemente el más cándido y seráfico de entre los cantantes melódicos de la época. Nosotros, en cambio, empuñábamos los vasos de plástico con naranjada o coca-cola mientras con la otra mano sosteníamos, pletóricos, un sándwich de mortadela. Y de vez en cuando nos perdíamos en el lavabo para revisar nuestro irresistible aspecto pero, sobre todo, para comprobar que el sudor no nos marcara para toda la noche.
Me acerqué a Petri y le dije ¿bailas? Pregunta retórica, claro está; estábamos allí para bailar y en este tipo de fiestas, llamadas privadas, las negativas a las primeras de cambio no eran de recibo.
Sentado en el muelle de la bahía
Mirando bajar la marea
Simplemente estoy sentado en el muelle de la bahía
Desperdiciando el tiempo (*)
Mi primer beso fue con Petri, aunque no en la fiesta privada en al que nos conocimos, sino, una semana más tarde, en una discoteca llamada “Dover”, de la calle Consejo de Ciento. Ese beso, esos besos duraron toda la tarde-noche y siempre durante las canciones que reverenciábamos por ser de las “lentas”. Entonces, cuando ocurrió, empezó a llover como en las películas románticas. Y poco importaba que la lluvia fuera imaginaria, porque nuestras lenguas ya estaban atrapadas por el deseo. Y salivas dulces como los sueños que se entremezclan unos con los otros. Y un placer de ojos cerrados y cuerpos licuados y, a la vez, fundidos uno con el otro que se estremecen y tiemblan como las hojas del otoño. Y Aquellos domingos por la tarde dejaron de ser la sarna de la semana para pasar a ser el Gloria Gloria Aleluia más impío y feliz de nuestra incipiente juventud.
Mi primer beso, de los de verdad, llegó así, el mismo año en que Otis Redding cantaba “Sentado en el muelle de la bahía” (*). Era el año de gracia de 1967 y mayo del 68 y el proceso de Burgos estaban lejos, más lejos de que el calendario pudiera indicar. También lo estaban el “Soul music” de Otis Redding y Aretha Franklin y la “Motown” de Stevie Wonder y Marvin Gaye. Nuestros hermanos mayores andaban todavía con la barrila de Georges Brassens y Jacques Brel. En la radio anunciaban el Bitter Cinzano Soda y en el cine acababan de estrenar “A quemarropa” con Lee Marvin y Angie Dickinson como estrellas principales. Aquella noche, la del beso, cuando volvía a casa, mi sorpresa fue mayúscula: todo permanecía igual que siempre, las mismas sombras por la calle, los mismos rostros grises en el televisor, los mismos comentarios indolentes de mis padres, los mismos objetos inanimados en mi cuarto, lo mismo que hacer mañana y pasado mañana. No me lo podía creer. Después de un cataclismo nada es igual. Mi estupefacción llegó al extremo de aborrecer la tele y sumergirme en el maravilloso ruido de las guitarras de los hermanos Ray y Dave Davies, de los Kinks, aunque debo confesar que el rechazo a la pequeña pantalla duró apenas una semana, aunque no así la insufrible y maldita oficina de seguros y reaseguros y su execrable normalidad.

Del calendario no. Del calendario no podía abominar por la sencilla razón de que sólo él me ayudaría a llegar al jueves, que era el día en que volvería a ver a Petri. Nos encontrábamos justo al salir de la academia y, entonces, yo le pasaba mi brazo por encima del hombro y le daba un beso en la mejilla. Justo entonces escuchaba una ovación, toda la jauría del cuarto de bachillerato nocturno aplaudiéndome a rabiar, incluso los profesores, el bedel y el capullo del director. Bueno, no fue así exactamente, pero así hubiera debido ser.








