Algo se muere y creo saber qué es
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- Categoría: Crónicas
- Publicado en Domingo, 22 Enero 2012 09:49
- Escrito por cronopio
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Si no fuera porque, de vez en cuando (aunque sería más correcto decir, con frecuencia), el oscuro pasajero hace su aparición y jode las ya maltrechas relaciones con mi entorno, conseguiría pasar por uno más de estos tipos educados y amables, e, incluso, simpáticos, que tan poco abundan en esta ciudad cosmopolita. Tan “cosmoleches” que a veces le dan ganas a uno de disfrazarse de turista y pasar, de tal guisa, inadvertido con mi máquina de retratar y mi cara sabrosona de estar de vacaciones y embobarme con las putas estatuas de las Ramblas o el “embrujo” del Parque Güell, olvidándome para siempre de que, de niño, recorría su placita, que entonces me parecía inmensa, con mi bicicleta alquilada de tres ruedas.
Pero eso no puede ser. Hay cosas que nunca podrán ser. Esa es una de las “lecciones” de la puñetera vida. “Lo importante es el punto de vista”, me decían los profesores de literatura en mis tiempos de estudiante. ¡Y qué razón tenían! De la noche al día la frontera de mis días se ensombrece produciendo una especie rara de perturbación, o sería mejor decir de nubosidad variable con riesgo de precipitaciones. Me digo, mientras mi cuerpo se queja, desde el dolor de la espalda a un molesto tembleque de las manos, que todo está bien. Y no lo está, por supuesto. El oscuro viajero ha triunfado. La lucha ha terminado. En realidad, siempre lo ha hecho –vencer-, aunque me tentara la fantasía del guerrero: por muchas batallas que perdieses, acabar ganando la guerra. Lo cierto es que sólo me queda acabar con él. No puedo esperar demasiado, esa es la verdad. Como en las películas de marcianos “ladrones” de cuerpos, o te espabilas o acabas convirtiéndote uno de ellos. El oscuro pasajero no tiene prisa. Algo se muere y creo saber qué es.
A estas alturas de la v
ida he confirmado la impresión –sentido común, dirán otros y no seré yo el que les lleve la contraria- de que puede más la estrategia de supervivencia que el espíritu crítico. Dice Mohamed Chukri que cuando la experiencia supera el arrepentimiento, desaparece la culpa. Confieso que mi “experiencia” me dice que mi sentimiento de culpabilidad supera la normal en un heredero de la cultura judeo-cristiana: culpa por la pérdida del Edén, por haber asesinado a Jesús de Nazaret, a los niños desnutridos de Biafra, al che Guevara, y todo ello por pertenecer a la especie victoriosa, o lo que es lo mismo, a dos mil años de mentalidad hegemónica en la que primero las tribus, luego las monarquías y finalmente las naciones acumularon más muertos que los astrónomos puedan contar galaxias en el Universo.
¿Arrepentimiento? No bromeemos, por favor, dejemos las cosas como están. El arrepentimiento es un signo de debilidad retrospectiva que afecta al presente y, por lo tanto a eso que tanto nos preocupa, a nuestra imagen… “Que no te vean sangrar”, dicen que dijo John Wayne. En esto nos hemos puesto todos de acuerdo sin excepción. Tiene razón Ramón Muñoz (La Vanguardia, un día de julio, “Optimistas a la fuerza, pase lo que pase”) cuando empieza su artículo con este párrafo irónico: “Ya, ya sabemos que está en paro, pero con esa actitud negativa no se llega a ninguna parte. Sonría, sonría”. “Sí, sí, puede que tenga cáncer pero no lo interiorice lo que le está pasando como una desgracia sino como un desafío”.

Esta coincidencia entre jóvenes y no tan jóvenes (¡Oh, perdón, iba a decir viejos!) en que hay que disfrutar el momento, porque son dos días y, además, caen en fin de semana, sonrojaría al Club de los Románticos, al Club de los Poetas Muertos (al que pertenezco), o a la Filarmónica de Mississippi, si existiera alguna cofradía que mereciera tal apelativo. Recuerdo a Linda Hamilton (Terminator) escribiendo con su afilado cuchillo, sobre una mesa probablemente texana la palabra, “No future”. Ella, incluso en la ficción, tenía sus motivos. “Las máquinas dominarán la tierra” se decía en plena efervescencia tecnológica, cuando al Apolo XI marchaba hacía la Luna y todo parecía al alcance de los homínidos… Pero, ¿qué se puede hacer con una población que mayoritariamente desconoce –o simplemente le importa una mierda- el hecho probado de que el Sol acabará apagándose y el llamado planeta Tierra terminará tan “frío” y pétreo como tantos otros astros?
Confieso que me siento incómodo entre tanta caricatura, tantos imitadores y timadores, tantos Leonardos, Maquiavelos y Marats, no enterados todavía de que ya hace su tiempo que han defenestrado ese humanismo liberador que surgió del renacimiento y el enciclopedismo (el siglo XX, un siglo especialmente cruel, les dio la última patada). Y lo ha hecho –morir- como lo hacen las máquinas y las parejas: por el desgaste (o la fatiga, como se quiera decir) de los materiales.

Hoy, con el capitalismo financiero campando a sus anchas, medio mundo muriéndose de hambre y las democracias desinflándose como una casa vacía no puedo menos que reírme por dentro cuando amigos y colegas, tenderos y conductores de autobús (que subliman su mala leche poniendo el aire acondicionado a criminales niveles polares), patéticos mamíferos todos ellos, que ya van por los sesenta, y por eso mismo no tienen puta excusa, me hablan de “su” futuro como si desconocieran que apenas les quedan dos días, por mucho que caigan en fin de semana. Si existiera un ser superior (¿quién no se ha hecho esta pregunta?) creo que ya no le insultaría ni apedrearía, cosa que en Sefarad se nos ha dado siempre tan bien. Creo que le prestaría mi pañuelo para que se secara esa mezcla pastosa de mocos y lágrimas y me lo llevaría de copas. ¡Qué diablos! Nadie es perfecto.








