Relax: Uno de los nuestros
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- Categoría: Crónicas
- Publicado en Domingo, 01 Enero 2012 21:59
- Escrito por cronopio
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La pareja peor avenida del mundo, esa era la que formábamos la Física y Química y yo. Por no decir que éramos dos contra uno, algo inaceptable para los “Caballeros” de la etapa merovingia, muy anterior a la verdadera Edad Media, la de las Catedrales y demás, tan querida ahora por los lectores perezosos. Cuando estudiaba el bachillerato, la Física y la Química me resultaban una pareja detestable. Más todavía que la que formaban Indíbil y Mandonio, Roberto Alcázar y Pedrín o Juan & Junior. Quizás por eso mismo, porque aborrecía ciertos dúos pero especialmente éste de la F & Q, no puse demasiada buena cara cuando nos anunciaron la llegada del nuevo profesor de Física y Química. Por lo demás, ¿para qué negarlo?, la resistencia al cambio es de las primeras cosas que aprendemos.
Aunque el que se jubilaba, el profesor Relax, era otra cosa. ¿Cómo decirlo? Era uno de los nuestros. Relax fumaba Celtas cortos y casi siempre llegaba tarde y de muy mala uva. Sin duda, aquellas clases nocturnas mal pagadas eran un pírrico complemento tras la larga jornada en la fábrica. Y digo fábrica porque Relax era más químico que físico, al menos eso decían, que trabajaba en una empresa química. Mucho trabajo deberían tener ya que a menudo llegaba tarde y nos miraba torvamente, aunque la fatiga predominaba en su rostro más que cualquier otra cosa. Nos miraba por encima de su ancha y chata nariz y de su bigote a lo Clark Gable, mientras introducía atávicamente una de sus grandes y callosas manos en el bolsillo de su casi andrajosa chaqueta. Para acabar extrayendo un arrugado paquete de Celtas cortos.
- Relax es mi colchón.
Canalla que acababa con un capón en la coronilla o una mandala de hostias, ya que Relax era, efectivamente, mucho colchón (una buena persona en definitiva, más profesor que verdugo) pero cuando le atrapaba el “siroco” en pleno desierto de las ocho de la tarde en el sótano de aquella miserable academia donde Relax sucumbía cada noche para llegar a fin de mes, sencillamente perdía el control y su bonhomía natural se transformaba en una rabia apenas contenida, atormentado –como decía- por una economía de subsistencia y un director cabroncete, metomentodo, gordito y morcillón, que representaba él solito todos los tics de éste, nuestro triste y opaco país, tan lleno de mocos, donde estaba prohibido hasta escupir en los transportes públicos. Un director que arremetía contra el atribulado profesor cada vez que sus alumnos bastardos hacían de las suyas. Es decir, cada vez que acudíamos al recurso más asequible: alborotar en clase, cargarnos algún tubo fluorescente o el cristal del respiradero que daba al patio interior.
Relax (es mi colchón) se esforzaba en iluminar nuestras mentes empantanadas en la ley del péndulo o la fanática –más que fantástica- composición, estructura y reacciones de los elementos, también llamada química inorgánica. Y mejor no hablamos de la tabla de mendeleiev, peor que el infierno de Dante Alighieri. En este terreno, pantanoso donde los haya, cuando departía sobre la ciencia y sus misterios, el profesor Relax se transformaba, hacíendo surgir como de un sombrero de magia su indiscutible don de la seducción.
Impelido por ese don, y por la generosidad que tan mal ocultaba tras sus huraños modales, se empleaba a fondo, dejándose el resuello en una batalla imposible frente a nuestra ignorancia y desidia. Sus únicas armas, aparte del mencionado entusiasmo, eran unos trozos de tiza y una vieja pizarra emplastada en la fea y desconchada pared de aquella academia. Es cierto que, de vez en cuando, se tomaba un respiro y se nos quedaba mirando con ese aire inquisitivo que le caracterizaba (que a él le divertía y a nosotros inquietaba), pero también – lo recuerdo como si lo estuviera viendo ahora mismo - con una especie de oculta ternura que rallaba la compasión y que sólo algunos llegamos a comprender, cegados como estábamos por nuestra particular guerra con el mundo, ofuscados en ese malvado y sarnoso cruce entre la adolescencia y una incipiente juventud salpicada de acné y frustración.
No recuerdo en qué momento desapareció. La memoria es selectiva pero muchas veces también es negligente, cuando no injusta. En verdad, todavía no sé si tiene algún significado el hecho de que personas importantes en mi vida hayan desaparecido sin más. Incluso no comprendo algunas traiciones, que con el tiempo han ungido cierta amargura a mi visión de la vida y, en definitiva, a mi carácter, ya por lo natural melancólico y pesimista. Un personaje de una de mis series televisivas favoritas, “Mad Men”, afirma que “el duelo” es un recurso para los débiles. No seré yo quien diga que no. Tampoco es que ese fuera el caso del profesor Relax, por supuesto. Relax (es mi colchón) simplemente se jubiló. No recuerdo el día de su despedida y esa es otra herida, insignificante si se quiere, que se resiste a cicatrizar.








