Un mundo sin ventanas

Unos no saben lo que es tener complejos. Otros los van superando como el que tira el lastre por la borda, con perseverancia, y mejor no preguntar (a veces es mejor no ver las cicatrices de los demás, hay pistoleros que no perdonan). Finalmente estamos los acaparadores, los aprendices del Capitán Ahab, arrastramos nuestros complejos como las legiones romanos sus mulas, y así ellos también se hacen mayores y tienen sus achaques. Lo peor de los complejos es cuando envejecen contigo y se enquistan como la artrosis o la alopecia.

Mientras en la fábrica Manufacturas de Monturas, Paraguas y Similares, el menda colocaba remaches, pintaba paraguas y encolaba puños, en lo que fue mi primer empleo, y cuando se apagaba el día acudía diligente al turno de noche de la purria del bachillerato nocturno, Manolo Santana y José Luis Arillas derrotaban al equipo de los Estados Unidos. Ni más ni menos que a Dennis Ralston y Clark Graebner.

Los parias del bachillerato nocturno éramos los suplentes del mundo del conocimiento y la prosperidad, escuela de gamberros siempre dispuestos a hacerle la vida imposible a los bisoños profesores que “se estrenaban” en el nocturno como los recoge pelotas del tenis, todavía me avergüenzo de aquella ocasión en la que echamos uno, prácticamente a patadas, al que bombardeábamos sistemáticamente con bombas fétidas en la clase de latín. ¡Ay de los ofendidos y canallas! Qué poco se imaginaba mi padre lo que hacía cuando me echó al foso de los leones con la sana idea de hacer de mí un hombre de provecho buscándome un trabajo de aprendiz de electricista.

Se trataba del partido de dobles. Ganarlo suponía vencer también en la eliminatoria. Algo que para aquellos mamarrachos que vivíamos la adolescencia en el cuarto oscuro de un mundo sin ventanas y que, en el deporte, nuestra vía de escape, al fin y al cabo habíamos empezado a jugar al fútbol con un montón de papeles prensados con forma más o menos redonda y en plena acera de una calle que llamábamos “Patadín” fue el más memorable e interminable (todavía no existía el tae break) partido de dobles de la historia, y fue la Copa Davis la que nos devolvió la dignidad, aunque fuera por unos pocos días y en blanco y negro, en un país sin colores donde el coach, el entrenador era el generalísimo de los ejércitos; precisamente la dignidad que nos arrebató un tal Mister Marshall cuando pasó de largo por Villar del Río, dejando a Pepe Isbert y Manolo Morán con un palmo de narices.

El héroe no era otro que uno que empezó de recogepelotas, Manolo Santana, con una dentadura que daba miedo, fiel reflejo de la estética grounch del franquismo. Presumían de él los pregoneros del régimen, pero también algún periodista entrañable como Juan José Castillo, quien encumbró para siempre aquel “entró, entró,” que exclamaba cuando la bola, producto de un drive o de un passing shoot, tocaba la línea y entraba.

Eso es lo que deseábamos todos: entrar de una puta vez en la juerga de los sesenta y dejar de perseguir la bola, de izquierda a derecha, y viceversa, con esa cara de tontos que poníamos cuando el espectro del Caudillo aparecía cada noche vieja y nos machacaba con su proclama patriotera. Lo que demostraba entre otras cosas que Mao Tse Tung y Jesucristo no andaban tan desencaminados, que la fe mueve montañas. Por de pronto, se podía ganar al Nº 1 en USA, con insolación incluida, como hizo el gran Juan Gisbert, otro héroe -éste con sus grandes remontadas- del tenis español y al que ya nadie recuerda. Porque, a fin de cuentas, ya lo dijo Juan Marsé en una de sus estupendas novelas (El embrujo de Shangai): “el olvido es una estrategia para vivir."

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