Otro invierno a la vista

Otro invierno a la vista, y con lluvia o sin ella, pereza en el alma.

Me digo a mí mismo, consciente del despecho que me produce el optimismo de los demás, la contrariedad del desencuentro constante con los que me rodean, el esfuerzo que supone soportar cada uno de los personajes que interpretamos. La imposibilidad de compartir algo más que no sean las rutinas y costumbres, la cortesía de aquellos que el azar, el banal suceder de los acontecimientos ha puesto en tu camino, coincidencias todas ellas que se sustancian en el hecho pueril de haber coincidido en el parentesco, en el bachillerato, en la Universidad, en la actividad política, en el trabajo, en el tenis o el fútbol sala, en la formalidad inevitable del día a día.

Una vez más, la sensación imperecedera de que el tiempo es algo más (o algo menos pero, en todo, caso, no eso exactamente) que el sucederse de los días laborables y festivos en el calendario (cada día emite las mismas ondas, que diría Virginia Woolf) mientras, entre otras noticias de menor interés, voy siendo informado puntualmente de que el Universo se expande y se contrae al mismo tiempo, de que el infinito es finito, me arroja al foso marino de los peces muertos. Otra vez el tiempo girando sobre sí mismo, y con lluvia o sin ella, pereza en el alma.

Muy lejos ya de la inocencia que vi muchas veces reflejada en el espejo y en los rostros de los otros adolescentes, y que -desconocía entonces-, proveía de un poco de orden a este mundo imbécil, este caos de ideas que no avanzan… ¿será la vejez? Este recuerdo, que no nostalgia, que me ilumina cuando expresa atropelladamente su naturaleza trascendente (siempre con el contexto del universo, imposible sin su dispersión), en detalles nimios como el de una canción, en For Once In My Life, de Stevie Wonder, por ejemplo.

Muy lejos también del ansia de esa otra persona que, creciendo, empezó a morir por partes, como las máquinas, ahora el aire acondicionado, después la reluciente chapa, más tarde el refrigerador y por fin, el motor. Es decir, poco a poco, pero no tanto como para no darme cuenta. Y al tiempo fue creciendo la consciencia de mi ignorancia y, sobre todo, de mi error. Lo sé. Sé muy bien que la experiencia lo es casi todo (mienten los que callan al respecto), aunque se pague con la desilusión, con esta muerte lenta ya descrita y que, además, la mayoría de las veces te juega alguna trastada. Para empezar al cobarde le hace más cobarde. Al enfermo, moribundo. Al indignado, carne de cañón.

Y, por eso mismo, mi rechazo a la naturaleza en general y a la humana en particular, sea una consecuencia quizá de tanto error temprano, o al revés, al cobarde le asfixia su entorno y su dueño y señor, el ser humano, y sea por eso que prefiera escribir sobre ello que experimentarlo. Las distancias, ante todo, dada la alta toxicidad del Hombre. Sólo así se entiende que otros inadaptados prefieran dormir en un cajero automático que en casita, porque nuestra soledad puede que sea otra que la de Gary Cooper, un valiente, abandonado por sus conciudadanos, los mismos que le nombraron sheriff de Hadleyville. Y como ya no me quedan fuerzas suficientes para resistir tanto envite –como dijera Pedro Ugarte- el resentimiento es un gran recurso, quizás el único de que dispongo. Por eso mismo mi envidia no tiene nada de sana y mucho de hostil ante individuos como vosotros, tan contentos como estáis de estar vivos y deseándolo estar veinte o treinta años más, servidores del realismo mágico, pedigüeños de Gary Cooper, a quién no le importó poner en riesgo la vida de los habitantes de Hadleyville por una simple cuestión de prurito personal, en lugar de hacer lo que debía: tomar las de Villadiego, escapar, echar a correr sin esperar más, poner pies en polvorosa…
Ferran Jordà © Galería de Ferran

One way

Better on the photoblog Black or White or Color?: one way

http://www.flickr.com/photos/ferran-jorda/

Información Adicional